viernes, 11 de diciembre de 2009

Perfecta

«Era perfecta, no necesitaba ninguna cirugía», dijo Roberto Piazza, y los medios reprodujeron en sus títulos las declaraciones del diseñador y amigo de Solange Magnano, la modelo muerta como consecuencia de un tratamiento estético en los glúteos. Nadie –ni el propio Piazza ni quienes recogieron sus dichos– advirtió que la frase, de un modo involuntario, como un acto fallido, expresa el cruel principio de funcionamiento de la industria de la belleza.
Piazza no dice que no es necesario ser perfecta. Dice todo lo contrario: que Solange no necesitaba cirugías porque ya lo era. Si no hubiera sido perfecta, sí las habría necesitado. Por lo tanto, no está negando sino refrendando la idea de que la perfección es un imperativo al que deben someterse las mujeres y sus cuerpos si pretenden ser deseadas, amadas o aspirar a algo parecido a la felicidad. Los medios que reproducen sus comentarios y se indignan por la dictadura de belleza y la tiranía de la delgadez son los mismos que en sus producciones de moda recurren a modelos esqueléticas. Son los mismos que aplauden la última cirugía de Luciana Salazar o cualquier otra exponente de la telebasura de quirófano, mientras publican avisos de centros de estética que venden implantes de glúteos como quien vende chorizos.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Cacerolas sí, piquetes no

Esta vez no hubo caos vehicular. Es que los que protestaban eran gente de Barrio Norte. No eran muchos pero golpeaban cacerolas y eso, se sabe, da prestigio. La cámara se pone siempre del lado de los buenos. Y los buenos son, en este caso, los «vecinos porteños» que salieron a protestar contra el Gobierno. Una mirada respetuosa y hasta cómplice caracteriza a la cobertura del cacerolazo realizado el 21 de setiembre en Santa Fe y Callao, en contraste con el tono que La Nación suele utilizar para referirse a otro tipo de manifestaciones.
Los caceroleros no sólo tienen derecho a la foto sino también a la identidad. Allí está, por ejemplo, Miguel Jonte, «quien dijo que vive en Barrio Norte y es dueño de un campo». El cronista se acerca a su objeto, le habla y lo escucha. Un gesto del que prefiere abstenerse cuando su objeto porta bombos en lugar de cacerolas, vive en el conurbano y es aficionado al choripán.

lunes, 17 de agosto de 2009

Adjetivos y polémicas


Gracias al arzobispo Héctor Aguer, que calificó de «neomarxista» y «totalitario» al manual de educación sexual elaborado por el Ministerio de Educación, el texto logró ascender, en la consideración de los medios, a la categoría de «polémico». «El polémico manual llegó a 5.000 docentes», decía, por ejemplo, en su edición del viernes 31 de julio, el diario La Nación, y para que no quedaran dudas, agregaba el adjetivo «controvertido». Del mismo modo se refirieron a este documento otros medios.
Asegurar que el manual es polémico no es lo mismo que decir que la Iglesia lo objeta. En el primer caso, se sugiere que el problema está en el propio texto, que por sus características («autoritarismo», «feminismo», «marxismo») sería digno de recibir cuestionamientos o suscitar polémicas. La segunda formulación, en cambio, deja en claro que es la Iglesia la que tiene un problema con el documento, y que ha sido esta institución la que decidió entablar una polémica que algunos medios pretenden universalizar. Así, con el simple recurso a un adjetivo, se puede expresar toda una visión del mundo. Un lector atento podría preguntarse: ¿por qué habría que considerar polémico al manual y no a alguien que, como monseñor Aguer, considera que la educación sexual es «la reivindicación del derecho a fornicar lo más temprano posible y sin olvidar el condón»?.

Revista Acción Nº 1032, segunda quincena de julio de 2009

lunes, 13 de julio de 2009

Censura en Internet


El copyright es el argumento utilizado para borrar videos políticos publicados en Internet. Los grandes medios y la libertad de expresión.
Veánlo en YouTube», dijo la Presidenta. Hablaba frente a intendentes de Córdoba en la sede de la Universidad y se refirió, quizá por primera vez en la historia de los discursos oficiales, al popular sitio de videos. Aquello que la Presidenta quería que su auditorio buscara en YouTube era un fragmento del programa de Mariano Grondona en el que el conductor, en amable tertulia con Hugo Biolcatti, presidente de la Sociedad Rural, ponía en duda que el actual gobierno pudiera llegar a finalizar su mandato. Pero el contenido del video quizá fuera lo de menos. El hecho, el gran hecho, era el ingreso de la Web 2.0 a la vida política oficial de la Argentina.

jueves, 21 de mayo de 2009

Qué ignorantes son los pobres


Una difundida y prejuiciosa cadena de ideas vincula al segundo cordón del conurbano bonaerense con la pobreza, la ignorancia, la sinrazón, el mal votar. Ejemplos de esta concepción pueden encontrarse en discursos electoralistas pero también entre periodistas considerados probos e independientes.
Es el caso de Nelson Castro, quien, el 17 de mayo, en su columna del diario Perfil, se refiere a una «realidad social inquietante»: la del conurbano bonaerense. «Más allá de los números» de las encuestas, está «la realidad sociopolítica de lo que se vive sobre todo en el segundo cordón. Allí reina la confusión. Mucha gente no sabe qué se vota ni a quién se vota», asegura Castro, sin dar precisiones sobre las fuentes de las que extrae sus afirmaciones. Quienes viven en el segundo cordón, agrega, «no miran programas políticos ni leen diarios» y «su único contacto con la política, en estos días, es Gran Cuñado». Lo que demuestra no sólo un profundo desprecio por los bonaerenses, sino también una concepción de la política que la restringe a lo que sucede en la pantalla. Es que esa –los programas del periodismo considerado probo e independiente– es la única versión de la política que son capaces de concebir los ciudadanos ilustrados; los que votan a conciencia, saben lo que pasa y viven en la ciudad de Buenos Aires. El resto es ignorancia, confusión, Coca y choripán. O, como define un editorial de La Nación, puro «analfabetismo cívico».

sábado, 2 de mayo de 2009

Crímenes pasionales


Cuando el delito es «común», los movileros, nuevos directores del humor social, suelen ofrecer sus micrófonos a las víctimas. Hijos que acaban de perder a sus padres, conductoras enfurecidas por el asesinato de un colaborador, familias asaltadas, son interpelados, en medio de su dolor, sobre leyes, condenas y manos duras. Las preguntas nunca son neutrales: sugieren, incitan, apuestan a potenciar tanto el dolor como la violencia de las reacciones. Pero para otra clase de delitos –los denominados «crímenes pasionales»– el tratamiento es distinto. Con José Arce, detenido por el crimen de su esposa Rosana Galliano, los medios depusieron sus armas verbales y, en lugar de hacer hablar a la familia de la víctima, le dieron la palabra al acusado. A Arce lo entrevistaron y lo trataron como a un señor, lo acompañaron a su criadero de pollos y escucharon, respetuosos, los argumentos de su abogada, cosa que nadie hizo con los delincuentes jóvenes, anónimos y pobres que son linchados simbólicamente, todos los días, por las cámaras y eso que las cámaras llaman «la gente».

viernes, 27 de marzo de 2009

Giménez, los medios y los miedos

«Termínenla con los derechos humanos y esas estupideces», dijo la conductora en presunto estado de shock. «El que mata tiene que morir», agregó. Giménez –llamarla Susana es, de algún modo, quitarle responsabilidad, poder, que lo tiene, e intención política, de la que también, aunque sin demasiada conciencia ni inteligencia, dispone– habló, los micrófonos registraron sus palabras, los movileros asintieron y azuzaron aún más el desborde de la ex actriz y se disparó la reacción en cadena de la solidaridad linchadora. Palabras como pena de muerte, justicia, mano dura, volvieron a escucharse en las pantallas y en las calles. Igual que en otros tiempos y en otras campañas electorales pero, esta vez, pronunciadas por voces profesionales, amplificadas y multiplicadas por la magia de la televisión, investidas de un nuevo poder: el de la fama y el dinero juntos. Amigos, colegas, colaboradores, gente linda y, sobre todo –se recalcó–, «honesta», del ambiente –se dijo– «artístico». Gente, como se encargaron de aclarar varias de las figuras participantes, «que paga todos sus impuestos» (no es el caso, obviamente, de Giménez y su Mercedes Benz), como si la ciudadanía fuera un ticket que se adquiere en las boleterías de la AFIP.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Universidad pública: Crisis de identidad

¿Qué tienen en común la explosión en la Universidad de Río Cuarto donde, en diciembre de 2007, murieron seis estudiantes y docentes, con los episodios de violencia registrados tras el cierre de la sede del CBC de Merlo? ¿Qué hilo invisible une la caída de un techo sobre una alumna de Ciencias Sociales de la UBA y la firma de un convenio entre la Universidad Tecnológica Nacional y la empresa Volkswagen para la creación de una especialización en industria automotriz? ¿A qué misma lógica responde la inversión de empresas como Monsanto en sus programas de «cooperación académica» y los reiterados conflictos salariales docentes? ¿Qué relación hay entre el acortamiento de las carreras de grado y los ocho meses de conflicto que le llevó a la asamblea de la UBA elegir a su rector?
Las últimas décadas han sido escenario de grandes cambios en la educación superior, y esos cambios han afectado a todos los aspectos de la vida universitaria. Y hay causas comunes entre hechos y fenómenos aparentemente aislados, algunos trágicos, otros simplemente anecdóticos, otros profundamente arraigados en la estructura misma de la institución. El desfinanciamiento crónico, por ejemplo, ha provocado el deterioro material de muchas facultades y, al mismo tiempo, ha obligado a las universidades a buscar recursos «paraestatales». El laboratorio de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Río Cuarto que se incendió hace dos años trabajaba, precisamente, en el marco de un convenio con dos empresas multinacionales para realizar investigaciones sobre destilación de aceites para biodiesel.
Los cambios, aseguran los especialistas, son radicales. «La universidad pública a la que uno ha querido tanto, por la que tantos han luchado, se ha convertido en un lugar difícil de habitar», asegura Juana Pasquini, decana de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA entre 1986 y 1990. «La dictadura militar produjo un vaciamiento muy grande y la universidad todavía no se ha recuperado», agrega Luis Tiscornia, profesor de la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad del Comahue y dirigente de la Conadu Histórica. Pablo Imen, coordinador del departamento de Educación del Centro Cultural de la Cooperación, señala que con la represión del gobierno de Onganía a las universidades nacionales –cuyo mayor símbolo fue la Noche de los Bastones Largos– comenzó el fin de «un modelo universitario que dio tres premios Nobel, con una pasión por el conocimiento que nunca se pudo repetir».
«Crisis» es, sin dudas, la palabra que mejor describe la situación. Crisis presupuestaria, de legitimidad, institucional. Crisis edilicia, de representatividad, de sentido. Para Marcela Mollis, directora del Programa de Investigaciones en Educación Superior comparada de la UBA, la crisis es, sobre todo, de identidad. «Cuando digo identidad –explica– me refiero al modelo con el cual en América latina se fue configurando la universidad pública: el modelo reformista, cuyas raíces se remontan a la Reforma de 1918. Este modelo tuvo como principales reivindicaciones la autonomía, el gobierno tripartito a través de los representantes de los claustros de profesores, estudiantes y graduados; la libertad de cátedra y las cátedras paralelas; el régimen de concursos para la designación de profesores; el ingreso irrestricto y la gratuidad de la oferta educativa».Este modelo es el que comenzó a transformarse en la década del 80 y, con mayor y definitivo impulso, en los 90.
Soplaban, en palabras del mexicano Hugo Aboites, «vientos del norte», y esos vientos traían equívocos cantos de sirenas que hablaban de modernización, calidad, evaluación, equidad. Las nuevas teorías, que resultaron atractivas para muchos especialistas, prometían superar, con la calculadora en la mano y el Banco Mundial como guía, los vicios de la vieja educación pública. A partir de un diagnóstico demoledor del estado de las universidades, comenzó una verdadera «contrarreforma universitaria», como la define el politólogo Atilio Borón en su libro Consolidando la explotación.
La ley de Educación Superior, sancionada el 7 de agosto de 1995, con la oposición de parte del movimiento estudiantil, de rectores y docentes, fue sin dudas el punto culminante del proceso. Desde entonces, para la legislación argentina, la educación superior es un servicio y no un derecho. En ninguno de los 89 artículos de la ley se menciona la palabra «gratuidad». Además, se autoriza a que cada universidad establezca sus propios regímenes de acceso y permanencia. Hoy, señala Tiscornia, «en algunas hay cupos y examen de ingreso: el caso paradigmático son las de Medicina. La mayoría de los jóvenes, en particular de las clases trabajadoras, por dificultades económicas, no tienen acceso a la universidad». De todos modos, el ya consolidado arancelamiento de los posgrados, sumado al acortamiento de las carreras de grado y la consecuente desvalorización –académica, pero también económica, con relación a las oportunidades laborales– de los títulos, es una manera de arancelar al sistema en su conjunto.

Injerencias

La Universidad es hoy menos gratuita, menos pública y también menos autónoma. En parte, debido al control que ejercen organismos como la Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria (Coneau), creada por la ley de Educación superior y destinada a evaluar a las universidades y validar sus títulos. Para la socióloga María Pía López, se trata de «una de las instituciones con más responsabilidad en el vaciamiento de las posibilidades críticas y las obligaciones públicas de las universidades». Organismos como éste, agrega Borón, recurren a «criterios puramente mercantiles de la evaluación del trabajo académico, un esquema contable, cuantitativo».
En tanto, programas como los incentivos docentes trasladan la evaluación del ámbito de las instituciones al de las personas. Aplicados por primera vez en 1993, los incentivos son un plus salarial que se paga en cuotas, cuyo monto se establece según una categorización a la que son sometidos los docentes e investigadores. «La compulsión para que los investigadores y docentes se acrediten o participen de las instancias que permiten la acumulación de méritos acreditables –como congresos y revistas con referato– es una de las tendencias que hicieron el panorama desolador: los recursos intelectuales del país encerrados en un mutuo mutismo», agrega López.
Los criterios de evaluación, que no son, ni en este ni en ningún caso, neutrales, y la lógica burocrática que introducen estos mecanismos, suelen desalentar, cuando no proscribir, la creatividad y el pensamiento crítico. Borón lo explica en estos términos: «En sus esfuerzos por establecer una evaluación “objetiva” del desempeño de nuestros profesores, los comités y jurados otorgan a un artículo publicado en alguna revista académica norteamericana un puntaje muy superior al asignado a un libro publicado en nuestros países. El argumento asume que allá, en Estados Unidos, se hace una ciencia social de altísima calidad». Pero esto implica, sobre todo, definir desde otras latitudes cuáles serán «los temas a ser estudiados, las teorías a ser utilizadas, las hipótesis a ser trabajadas, las metodologías a ser implementadas e incluso hasta el estilo, el lenguaje, las palabras “políticamente correctas” que deben ser empleadas en los prolijos informes y resúmenes ejecutivos resultantes de la investigación».
Pero hay también otras injerencias en la vida cotidiana de las universidades. La figura del consultor, que permite a los investigadores realizar trabajos de asesoramiento rentado a empresas privadas, arrasó con viejas y prestigiosas identidades académicas, desde el intelectual comprometido con su realidad social hasta el científico en busca de soluciones a los problemas y dolores cotidianos de sus compatriotas. «Se ha puesto de moda, sobre todo desde los 90, la idea de que el investigador debe autofinanciarse –asegura Pasquini–. La gente busca un nicho para insertarse y ahí es donde el dinero, la empresa, cooptan al investigador y le quitan la libertad para trabajar. Pero la empresa privada entra a la Universidad de muchas maneras. En la Facultad de Farmacia de la UBA todo el sistema de señalización está hecho por Roemmers o algún otro laboratorio. Entonces, ¿cómo es posible que una empresa privada ponga carteles luminosos en el ámbito donde se enseña que el medicamento es un bien social al que tiene derecho todo el mundo?».
En el campo de las ciencias sociales fue muy común, antes de la crisis de 2001, que docentes e investigadores trabajaran como consultores para organismos internacionales como el Banco Mundial o la FAO. «La figura del consultor fue muy generalizada y llevó a que la gente trabajara más en consultoría que en investigación y después presentara a su trabajo de consultoría como resultado de la investigación –explica Norma Giarracca, socióloga, investigadora del Instituto Gino Germani, ex consejera superior de la UBA–. Eso llevó a una situación en la cual la agenda de la investigación, los problemas, los conceptos, los marcaron los organismos internacionales». Después de 2001 y el desprestigio de estos organismos, la posta la tomó la empresa privada. «Hoy ya no es más el Banco Mundial sino la minera Barrick Gold, Monsanto, las corporaciones. Los convenios con el sector privado se expandieron en pocos años de un modo acelerado. Aparecieron posgrados de “agronegocios” financiados por los beneficiarios de esta expansión; los grandes sojeros y Monsanto “invierten” grandes sumas en las facultades de agronomía», agrega Giarracca.

El nuevo mercado

Hay un nuevo mercado educativo, y es internacional. Las inversiones mundiales en este rubro ascienden a más del doble que el mercado mundial del automóvil, según el sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos. «Desde el inicio de la década de 1990 –agrega– los analistas financieros han llamado la atención sobre el potencial que tiene la educación para transformarse en uno de los vibrantes mercados del siglo XXI. El crecimiento del capital educativo ha sido vertiginoso y sus tasas de rentabilidad están entre las más altas. Entre 1996 y 2000, la valorización fue del 240%».
A ese mercado, cada vez más internacionalizado –se argumenta– debería integrarse la Argentina. Y en algunos aspectos ya lo ha hecho. Las reglas de la «libre competencia» reinan en el área de los posgrados, donde universidades públicas y privadas pelean por conseguir más clientes. Por otra parte, el gran crecimiento de la actividad universitaria privada –47% en los últimos diez años– ha cambiado el panorama también en las carreras de grado. «La mayoría de ellas –señala Borón– son empresas comerciales que se aprovecharon de la continua expansión de la demanda educativa y sacaron ventaja de las menguadas capacidades estatales para establecer y hacer cumplir estrictos estándares de control y regulación de la calidad de la enseñanza».
Pero, más allá de las cifras, públicas y privadas se parecen cada vez más, porque tienden a funcionar como una empresa. La Universidad, en Argentina y en toda América latina, está en camino a convertirse en «una entidad que produce no solamente para el mercado sino que produce en sí misma como mercado, como mercado de gestión universitaria, de planes de estudio, de diplomas, de formación de docentes, de evaluación de decentes y estudiantes», como explica Da Sousa Santos.
Mollis agrega que uno de los objetivos de la creación de nuevas universidades en el conurbano bonaerense en los años 90 fue, precisamente, «cambiar el modelo reformista de las universidades públicas tradicionales, transformando criterios clave de funcionamiento. Se reemplaza el tradicional gobierno universitario por un órgano de gestión, el ingreso irrestricto por uno selectivo, la gratuidad por el cobro de cuotas voluntarias. Pero también se debilita la idea de una Universidad al servicio de la construcción social y política o del entrenamiento de los líderes dirigentes para el destino nacional, que era una de las misiones de las universidades del modelo reformista. Los estudiantes quieren que les den clases, que las clases sean fáciles, y esta profesionalización, sumada a otras características, hace que el modelo reformista vaya perdiendo contenido». El perfil de egresados que forma la Universidad también ha cambiado. «No es lo mismo un arquitecto que construye barrios cerrados que uno que diseña viviendas populares, no es lo mismo que alguien estudie medicina para curar a los pobres o que lo haga con el único sueño de tener su consultorio privado. El perfil profesional en los 90 se orientó fuertemente a lo privado», señala Imen.
De la idea democrática de la Universidad como comunidad, que se gobierna, se pasa a la Universidad como empresa, que se gestiona. ¿Cómo se logró, en la práctica, esta transformación? Entre otras medidas, se fomentó, desde la Secretaría de Gestión Universitaria, la creación de posgrados para formar profesionales que compartieran esta orientación. Pero el cambio se montó, además, sobre el desprestigio y el deterioro de muchos de los mecanismos reformistas y democráticos previstos para el gobierno universitario.
En la abrumadora mayoría de las universidades nacionales –la del Comahue, observa Tiscornia, es la única excepción–, sólo votan, para elegir autoridades, los docentes concursados. El hecho de que en la UBA falte sustanciar entre un 30% y un 70% de los concursos es atribuido, por no pocos protagonistas, a mecanismos políticos clientelares, «con el fin de evitar que haya una mayor cantidad de votantes en la elección de autoridades», tal como explica Mollis. Y, en muchos casos, esta lógica se reproduce en los concursos. La elección de los jurados, señala Borón, «se realiza de manera bastante arbitraria por parte de los Consejos Directivos de las facultades involucradas; además, requiere la aprobación definitiva por parte del consejo Superior de la Universidad. Aunque ya hay una importante representación de los estudiantes en estos cuerpos de gobierno, el hecho es que en ellos el peso de los profesores establecidos (“titularizados”) y de las autoridades administrativas es abrumador. El problema es que estos profesores, oficialmente designados y con contratos formales, son una minoría en el claustro docente y no siempre están dispuestos a promover o defender las libertades académicas cuando lo que está en juego es su posición política, sus privilegios o sus pequeñas esferas de influencia». Si el objetivo del concurso es elegir al que más sabe y al que mejor puede enseñar, «hoy, la ciudadanía universitaria (esto es, el derecho a voto) y los concursos están interpelados por una lógica clientelar corporativa y en algunos casos partidaria ajena al espíritu de la reforma Universitaria, que habrá que volver a considerar», dice Mollis.
Para Giarracca, se trata de «un fenómeno propio de la UBA, pero también de otras universidades nacionales. En la UBA se dio fuertemente a partir de Shuberoff, (rector entre 1985 y 2002) y gran parte del movimiento estudiantil reprodujo estas prácticas. Tras la crisis de los partidos, los grupos dejan de ser partidarios y empiezan a girar alrededor de una o dos personas, lo que sociológicamente llamamos facciones. En ese escenario, las autoridades pierden totalmente legitimidad. Y ahí es cuando el rector de la UBA, que asume en medio de una batahola tremenda, debe recurrir a la policía para desalojar a los estudiantes que tomaron el rectorado. Un rector sin legitimidad que rompe la tradición de la autonomía universitaria de no dejar entrar a la policía».
De este modo, las políticas neoliberales no fueron las únicas responsables de la actual crisis de la universidad. «Yo no quisiera eximir de la responsabilidad a los propios actores universitarios que, en muchos casos, hicieron propias las reglas de competencia, de mercantilismo. Hoy hay una práctica de camarillas, de competencia salvaje, de canibalismo, muy típica del mercado, que se ha instalado en la institución universitaria», señala Imen.
En materia de políticas universitarias, no hubo, después de aquellas reformas, ningún cambio sustantivo que reorientara el sistema de educación superior hacia otros rumbos y objetivos. Aunque en el discurso de inauguración de las sesiones ordinarias del Congreso del año 2008, la presidenta Cristina Fernández aseguró que la sanción de una nueva ley de Educación Superior es «un viejo compromiso que tienen las instituciones en la Argentina», la ley (ver recuadro) aún no ha sido tratada y la herencia de los años neoliberales sigue casi intacta. Para López, «estas reformas, que fueron cuestionadas en los 90 y fueron objeto de resistencias diversas, hoy son festejadas y toleradas. En ese sentido, es grave que no esté en discusión ya el papel de la Coneau».
¿Son compatibles la tradición de una universidad reformista, comprometida con los problemas sociales, políticamente activa, sensible al sufrimiento de los otros, con las formas de gestión propias de una empresa privada? ¿Se puede producir conocimiento crítico en un ámbito regido por la burocracia de las planillas y los puntajes? ¿En posible gobernar democráticamente a instituciones en las que se impone la lógica de las facciones y las prebendas? Si la respuesta es no –y es muy probable que lo sea– en los claustros conviven hoy al menos dos proyectos antagónicos. Del resultado de esa contradicción dependerá que la Universidad no vuelva a ser, como advertían los estudiantes de 1918, «el refugio secular de los mediocres, la renta de los ignorantes, el lugar en donde todas las formas de tiranizar y de insensibilizar hallan la cátedra que las dicte».


Pablo Domenichini
La voz de la FUA



«Como representantes de los estudiantes, no vemos que haya una voluntad real de debatir una nueva Ley de Educación superior», asegura Pablo Domenichini, estudiante de Ingeniería Industrial en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, militante de Franja Morada y presidente de la Federación Universitaria Argentina. «La ley de Educación Superior, sancionada en 1995, ya lleva más de diez años de aplicación, y estamos pidiendo continuamente que se abra una discusión amplia y real sobre lo que debería ser el marco normativo de las universidades. Lo que no vemos es la voluntad real del Ejecutivo, desde su mayoría legislativa, de discutir esta normativa. Por un lado nos preocupa que todo el mundo diga que la actual Ley de Educación Superior debe ser derogada, pero en lo político real nadie lo trabaja ni lo concreta», agrega Domenichini.

Sobre la situación de las universidades, considera que «siguen faltando políticas estratégicas de mediano y largo plazo. No creemos que la situación haya cambiado demasiado; de hecho la muestra más clara es que después de todo el gobierno de Néstor Kichner y un año y medio del de Cristina, la Ley del menemismo sigue vigente. Y, por sobre todo, continúa como símbolo de la incursión neoliberal en las universidades argentinas. Sí reconocemos algunos avances; es verdad que el presupuesto destinado a las universidades nacionales ha crecido en estos últimos años, pero la mayoría de esos recursos fueron destinados al aumento de la masa salarial debido a la inflación y la necesidad de aumentar los sueldos».

Acción 1.022, segunda quincena de marzo de 2009.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Andrés Cascioli y el fin de la inteligencia

El primer número de Humor salió a la luz en tiempos de euforia y terror: junio de 1978, plena dictadura, comienzos del Mundial 78. La Junta Militar calificó a la revista como de «exhibición limitada» y su director, Andrés Cascioli, tuvo que comparecer ante la comisión de moralidad. Desde entonces, Humor fue, la mismo tiempo, objeto de persecuciones y amenazas y protagonista de un fenómeno de popularidad inesperado. A su redacción llegaban de todo el país más de cuarenta cartas por día, y el gran apoyo de los lectores fue, sin duda, un dato clave para entender cómo sobrevivió, con una postura cada vez más crítica hacia la dictadura, durante aquellos años. Las tapas de Humor, firmadas por Cascioli, soprenden por su audacia. Videla, Massera y Agosti reciben un tortazo. En plena guerra de Malvinas, el canciller argentino, Nicanor Costa Méndez, descubre en la cama al representante norteamericano (Alexander Haig) con Margaret Thatcher. Videla se hunde en el mar con una banda presidencial que dice «Industria Nacional». En un transatlántico llamado El proceso, naufragan Viola, Videla y Martínez de Hoz, mientras se aleja en un bote salvavidas Massera con Mirtha Legrand. Editoriales, pequeñas joyas artísticas, documentos históricos creados por el hombre que, además de Humor, fundó, junto con Oskar Blotta, la revista Satiricón, y hoy, escéptico, asegura que «se terminó el humor político en nuestro país».
-¿Qué cambió en las formas de hacer reír desde la época de Humor a la actualidad?
-A mí me parece que el humor venía muy pegado a la inteligencia, uno apostaba a que el lector iba a entender lo que estábamos sugiriendo. Ahora, en cambio, se lo explican todo, se ríen ellos antes que la gente, hablan todos juntos. Pero yo diría que la gran diferencia son los códigos. En la época de Humor o Satiricón, hacíamos humor riéndonos de los poderosos, enfrentándonos al poder. Tinelli, en cambio, hace humor con los débiles, con los que no pueden cantar, se ríe de la gente que no tiene capacidades para defenderse. Entonces, es el peso pesado que le pega al peso mosca. Me parece que es fácil, es tonto y es tan ridículo que la gente se ríe. Creo que con Tinelli se acabó la inteligencia. Además, no hay lugares donde hacer humor. Antes, habiendo revistas de humor, uno tenía grandes espacios donde desarrollar ideas. Ahora tiene un cuadradito en un diario y muchas veces tiene que responder a las inquietudes del diario.
-No hay espacios, pero, ¿hay público?
-No, creo que tampoco hay público. A mí me han preguntado por qué no volví con Humor, y yo creo que no está más la gente para comunicarse con eso, para entenderlo. Eso se acabó en los años 90, y eso tiene que ver con Menem y Menem tiene que ver con Tinelli, claro, y toda la banda de festejadores de esa porquería. Humor en la dictadura llegó a vender 330.000 ejemplares por semana. Caras en la época de Menem llegó a los 400.000. Quiero decir que la gente cambió. A la gente la convencieron de que estaba en el primer mundo.
-¿Te parece que es la misma gente que antes leía Humor y después leyó Caras?
-No toda, pero el 80%.
-¿Y se puede cambiar tanto?
-Y sí, la gente cambió mucho, desde el 89 la gente cambió mucho. Pero me parece que hay otro problema que tiene que ver con los editores, profesión que yo defiendo a muerte pese a que ahora renuncio a ser editor y estoy recuperando al dibujante. Creo que si no están los medios, no está la gente. Uno puede ser muy talentoso, pero si no tiene dónde publicar, la comunicación se agota..
-Si hubiera un editor audaz que se animara a hacerlo, ¿tendría hoy éxito una revista como Humor?
-Creo que no lo podría hacer, porque son revistas en las que el sponsor es la gente. No pueden tener publicidad.
-¿Te parece que antes la sociedad argentina tenía más capacidad para reírse de sí misma?
-Claro. Yo creo que ahora, por ejemplo, se podría hacer humor con la señora que sale en Barrio Norte a golpear al cacerola, pero esa señora seguramente no se bancaría ese humor. Además, estoy seguro de que algunos de los que salieron a golpear cacerolas fueron los que se quedaron con campos de las víctimas de la Esma, les hicieron firmar documentos, se quedaban con las tierras, y después salieron a golpear cacerolas.
-Decías que el público para hacer una revista como Humor hoy no está. ¿Sí están los humoristas, dibujantes y periodistas?
-Hay que volver a empezar, como antes. Debe haber gente que quizá está trabajando en otra cosa, pero que puede ser muy talentosa. Dolina, por ejemplo, no era un humorista ni nada por el estilo. Cuando empezó en Satiricón era un hombre que trabajaba en una radio y hacia publicidad. Se fue acostumbrando a ese estilo, después empezó con los cuentos y finalmente podía escribir cualquier cosa. Yo me acuerdo de que cuando empezamos con Satiricón, no había nada. Estaban los restos de Patoruzú y Tía Vicenta. Nosotros sabíamos qué revista queríamos hacer y fuimos a buscar a la gente. Grondona White nunca había publicado. Nosotros lo habíamos visto alguna vez en una revista que se llamaba Dibujantes porque había ganado un premio a los 14 años y dijimos, qué dibujante es este pibe, y lo fuimos a buscar. Trabajaba haciendo planos en Villa Constituición. Y así empezamos a rescatar gente y a armar la revista.
-¿Seguís en contacto con tus viejos lectores?
-Sí, hago muchas exposiciones con las tapas de Humor, he recorrido todo el país. Y ahí me reencuentro con toda la gente, la gente lo tiene muy presente. He estado con gente que se ha puesto a llorar porque ya no estaba la revista.
-Se extraña algo así...
-Si, se extraña, porque además ahora, en los medios, hay una concentración que hace que ya prácticamente no haya nada para leer. Acá ganaron los marketineros. Porque a ellos no les importa la gente. La gente es un gran mercado a la que hay que venderles cosas.
-El argumento sería que venden lo que quiere la gente.
-Sí, pero entre Bussi y Palito Ortega, ¿vos a quién preferís? No hay otras opciones. Los marketineros ganaron. Y mientras sigan ganando, es muy difícil que todo esto pueda cambiar.

martes, 10 de febrero de 2009

Humor argentino


En los medios argentinos todos ríen, pero muy pocos hacen reír. Ríen Tinelli y sus jurados, las chicas que bailan por un sueño, los enanos que juegan al fútbol resbalando una y otra vez sobre una pista de hielo, ríen Susana y sus furcios, los que resumen lo que pasa en los medios, los que aman a la TV, los que la bendicen, los que la registran, los conductores y locutores de las mañanas de la radio, los periodistas que monologan en el Maipo y hasta los conductores de los noticieros de la noche se hacen bromas más o menos sobrias, como si ellos o la televisión no terminaran de aceptar del todo su papel en un medio que no se toma nada demasiado en serio. También los diarios y revistas parecen haber acatado la consigna de no ser del todo serios. Se han alivianado de formalismos –y, en algunos casos, de la solemnidad de la gramática y la ortografía–, y cultivan un estilo distendido, hecho de abreviaturas simpáticas –compu, tele, peli, celu, finde, puede leerse en las páginas de más de un diario– y simpáticas frases cortas.


Pero, al mismo tiempo, es notoria la ausencia del humor tradicional, el de los viejos programas de sketchs, con guionistas, producción propia, libretos e ideas, con gente dedicada a pensar cómo disparar los mecanismos de la risa y, al mismo tiempo, contar lo que pasa en la sociedad. En los últimos años se ha ido extinguiendo este género que bien supo conocer nuestro país, con exponentes que eran una cita semanal obligada para cientos de miles de argentinos. «Con programas como Operación Ja Ja, se paralizaba el país. Era televisión en blanco y negro de pésima calidad, recibida por aire y sin embargo el país se paralizaba para ver eso. Pero hubo muchos otros programas, como Matrimonios y algo más, que tenían un público realmente masivo», recuerda Fernando Sendra, humorista, dibujante, autor de Yo Matías, la tira diaria de Clarín que ya se ha convertido en un clásico. Tomás Abraham, filósofo y escritor, quien hace unos meses se atrevió a disparar contra el sentido común televisivo al criticar al aire un informe del programa TVR, agrega otros hitos a la lista de la nostalgia. Para empezar, menciona revoluciones: «La revolución Chachachá, la revolución Juana Molina, Alfredo Casero, alguna cosa de cuando Sofovich no se dedicaba a los juegos sino a La peluquería de Don Mateo, y yendo más atrás, Verdaguer, que cuanto más tiempo pasa, más genial es. Olmedo, Polémica en el bar, que tuvo épocas gloriosas, cuando estaban Mario Sánchez, Minguito, Porcel, Portales, Julio de Grazia. En el humor político, Tato Bores y todos los que no recuerdo, y no vayamos a Niní Marshall y Pepe Arias porque estamos en el Paleolítico. Esa tradición, hoy día, no está». Eran otros tiempos y otros presupuestos: ya nadie está dispuesto a afrontar el costo que implica un programa de ese tipo. Hoy Juana Molina se dedica a la música, Sofovich juega al bowling con chicas siliconadas y Alfredo Casero cultiva –literalmente– alfalfa en San Luis.

Hay excepciones: el brillante Peter Capusotto y sus videos, que tiene a su favor, además de su talento, el hecho de trabajar en un canal estatal que lo libera de la presión constante por el rating. Pero, aunque se ha convertido en un programa de culto, con fanáticos que suben sus videos a Internet, y lleva ganados ya dos Martín Fierro, entre muchos otros premios, no deja de ser un fenómeno minoritario en materia de público, con apenas dos puntos y medio de rating. Más convencional y efímero, La risa es bella, producción de Freddy Villarreal, fue levantado antes de tiempo de la pantalla de Canal 13, aunque volvió como ciclo de verano. En el límite del género está el humor periodístico de CQC y, más allá, una serie interminable de versiones casi idénticas de una misma idea, que Abraham define como «televisión al cubo»: programas que se ríen de otros programas, largas cadenas que reproducen hasta el infinito el metalenguaje de una televisión que no puede encontrar otro objeto que sí misma. «No hay ninguna creatividad, todo es parasitario, todo el mundo vive del otro. Está lleno de tribunas, de pendejos por todas partes que gritan y de una televisión que sólo habla sobre la televisión», se lamenta Abraham.

La ley del archivo

Un título con siglas, un conductor más o menos carismático, larguísimas horas de archivo, mínimo presupuesto y casi nula producción: tal es la fórmula del seudo humor que reina hoy en la televisión argentina. Una vertiente que surgió en 1994, con Raúl Portal y su entonces novedoso Perdona Nuestros Pecados y terminó vaciada de contenido de tanto uso y abuso. RSM, TVR, Zapping, Yo amo a la TV, Duro de domar, El ojo cítrico, El podio de la TV, Ran15 son algunos de los ejemplos, actuales y pasados, de este recurso fácil y barato, que uniformiza la oferta televisiva de un modo tal que todo parece un único y extenso programa.

Mientras clásicos como La Tuerca, No toca botón, Hiperhumor u Operación Ja Ja o figuras como Tato Bores y Olmedo, convocaban a multitudes cada noche, la historia del humor gráfico argentino, que se remonta, con Caras y Caretas y El Mosquito, a fines del siglo XIX, registra hitos y popularidad similares. La revista Tía Vicenta, creada por Landrú en 1957, llegó a batir el récord de los 500.000 ejemplares en 1966. Satiricón, la publicación que en los 70 revolucionó las formas de hacer reír, pasó los 300.000 antes de ser clausurada por Onganía y Humor, una de las pocas voces críticas que se oyeron desde los medios contra la dictadura, llegó a los 330.000. «Hubo revistas, como Patoruzú y Rico Tipo, que vendían cientos de miles de ejemplares por semana en un país con 18 millones de habitantes. Hoy cualquier editorial estaría enloquecida con esos números», agrega Sendra. En la actualidad, en un país con más de cuarenta millones de personas, ninguna revista vende más de 100.000 ejemplares. 20.000 son, aproximadamente, los lectores que cada quince días compran Barcelona, la única publicación humorística que circula por fuera del circuito under. Sus responsables, sin embargo, se resisten a calificarla como una revista de humor. «Clarín me resulta muy divertido y los diarios en general me parecen muy graciosos», suele decir Pablo Marchetti, uno de los directores. Crítica, como la vieja revista Humor, del poder –un poder encarnado ahora, más que en los gobiernos, en los medios y los grandes grupos económicos–, incorrecta hasta el salvajismo, Barcelona es, quizá más que ningún otro producto cultural, un perfecto retrato de estos tiempos, pero su vocación por reírse, hasta las últimas consecuencias, de todo y de todos –empezando por sí misma, por el país, sus mitos y su «gente»–, marca el limite de su popularidad, ya que no todos están dispuestos a esa forma del humor radical que obliga a deponer lugares comunes, narcisismos y prejuicios.

La Asociación Argentina de Editores de Revistas no registra publicaciones en el rubro humor para adultos y, en cambio, consigna nueve títulos de la categoría historietas, la mayoría de las cuales son versiones de personajes importados, como Condorito o Power Rangers. Las excepciones made in Argentina son dos clásicos: Andanzas de Patoruzú, Correrías de Patoruzito y Locuras de Isidoro.

Es cierto que permanecen las páginas de humor de los diarios y que hay libros de humor –como los de Maitena, Liniers, Nik y su Gaturro– que son verdaderos best sellers. Pero son autores aislados, algo así como cuentapropistas del humor, que van armando su carrera en base a pequeños lugares conquistados en los grandes medios. Falta un proyecto común, lugares de encuentro, redacciones en las que, como sucedió con las de Humor y Satiricón en los 70 y 80, pueda confluir el talento y la pasión de gente que comparte no sólo el deseo de hacer reír sino también un interés por lo que pasa en la sociedad. «Se necesita un mundo común para ese humor, una complicidad, y eso parece haberse perdido –señala Abraham–. Y esta carencia implica que no hay una mirada sobre la costumbre, que es una fuente riquísima de la observación de la vida. Las costumbres, la vida, los detalles de la vida cotidiana. Todo esto te da una visión del mundo, y esta visión requiere una inteligencia del que trasmite y del que recibe».

«No sé dónde está el humor, creo que está en muy pocos lugares, casi nada en la gráfica. No hay lugares donde hacer humor, no hay lectores tampoco. Y aunque hay gente muy talentosa, muy buenos humoristas y dibujantes, casi todos están trabajando para afuera, porque no tienen el lugar. Acá no tienen medios para hacerlo», asegura por su parte Andrés Cascioli (ver recuadro), director y creador de la revista Humor, quien lamenta el rumbo que han tomado los productos gráficos y televisivos que, con cierta generosidad, se podrían denominar humorísticos: Tinelli y su galería de humillados, la costumbre de reírse del más débil que reemplazó a otra, más peligrosa, de reírse del poder. Cascioli arriesga una hipótesis: si Humor fue un emblema de los 70 y los 80, en los 90 la publicación paradgimática fue Caras. Eran, claro, los tiempos del menemismo más arrogante y, no casualmente, la edad de oro de programas como Videomatch, que inauguraron una escuela de humor cruel y algo cobarde. Así como Caras vendía un pasaje de ida al placer amargo de envidiar a los poderosos, el humor de las joditas y las cámaras ocultas ofrecía el antídoto contra los efectos no deseados de la contemplación de la prosperidad ajena: reírse de los aún menos favorecidos para estar, de un modo breve e ilusorio, del lado de los ganadores.

Si la revista Humor cuestionó al poder, una parte importante del humor de los 90 no sólo se alió con él sino que reprodujo algunos de sus mecanismos de exclusión y discriminación. «Es una forma de humor que se hace sobre alguien que no tiene poder, el humor como herramienta de humillación, ya sea con los extranjeros o los inmigrantes, agarrar de punto a alguno de la clase, la cámara oculta», señala Luis María Pescetti, humorista, músico, escritor, un fenómeno de ventas y popularidad entre los niños argentinos y sus padres. En esta clase de humor, Pescetti incluye también a los «talk shows de crítica a otros programas, televisión comiendo televisión. Una de las funciones que está cumpliendo el humor hoy sigue siendo esa: burlarse del otro para no ser el burlado. Sin embargo, a mí la que me parece más interesante es la del humor que sirve para reírnos de las taras, de las taras nuestras, propias». Reírse de sí mismo es, entre otras cosas, lo que hace Capusotto. Y con personajes como Micky Vainilla, un artista pop nazi que canta canciones racistas con melodías livianas, revela algunos de los aspectos más perversos de la ideología de cierta clase media individualista y reaccionaria. Si esta forma de humor escasea, quizá no sea tanto por falta de humoristas, sino de un público dispuesto a soportarlos.

El lugar que ha dejado vacante el humor de los viejos capocómicos ha sido ocupado por una serie de programas de género híbrido, entre el magazine y el mero archivo. El humor no desapareció, está disperso, fragmentado, mezclado con los programas pretendidamente serios: desde los noticieros hasta las telenovelas. «Yo tengo la sensación –señala Sendra– de que no hay humor libretado pero sí hay una situación mucho más distendida en la conducción de los programas de televisión y en la radio, que permiten meter el humor como una cosa natural de los conductores y de las personas que están acompañando al conductor. Todo lo que hace Tinelli tiene una cantidad de humor bastante importante, más allá de que a uno le guste o no le guste. Luego, en esta misma tónica, están todos estos programas que son repetidores de Tinelli, y que lógicamente tienen ese humor de Tinelli. Me parece que sí hay humor, pero es un humor diferente».

Pero, sobre todo, el humor está en la radio. «En los últimos años, a medida que la vida real se volvía más exasperada y amarga, la “vida radial” se llenaba de humor y de humoristas –dice en su libro Siempre los escucho el periodista Carlos Ulanovsky–. Pero con una diferencia importante en relación con los tiempos en que el humor lo hacían los capocómicos del teatro y del cine que también trabajaban en la radio, desde Niní Marshall a Los cinco Grandes del Buen Humor, desde Juan Carlos Mareco a El Relámpago y montones de personajes y ciclos exitosos. Ahora, además de los especialistas como chisteros, imitadores o cantantes, todos hacen humor. Por una curiosa y discutible exigencia de desacartonamiento e informalidad, cualquiera se le anima a la réplica intencionada, a la imitación, al canto festivo, al chascarrillo».

Risas de radio

«Eso no es humor», asegura el dibujante Rep sobre el elenco cómico estable de las emisoras radiales. «No son humoristas, son imitadores», agrega, pero rescata una excepción: Fernando Peña, cuyo programa, El parquímetro, se destaca desde el año 2000 por su originalidad algo brutal. Y, por las noches, felizmente ajeno a las nuevas tendencias, Alejandro Dolina continúa, como desde hace más de 20 años, con su humor elegante, respetuoso, culto hasta la erudición y al mismo tiempo popular, democrático, con mucho de calle y de barrio.

La mudanza del humor de la televisión a la radio tiene algunos célebres exponentes: Rolo Vilar, humorista estrella de Radio 10; Ariel Tarico, el joven imitador que comparte las mañanas de Mitre con Ernesto Tenenbaum y, hasta diciembre pasado, con Dady Brieva. Y, entre otras, una consecuencia: así como desaparecen los programas de humor puro, también desaparece la pura información. «¿Es el verdadero Luis D’Elía?», podría preguntarse, legítimamente, un oyente, ante algunas de las numerosas imitaciones de Tarico. No sólo se devalúa el humor: también pierden trascendencia las noticias. «La gravísima crisis de 2001 dejó una herencia polémica para la radio –subraya Ulanovsky–: la convicción de que lo que se haga en este medio deberá estar cruzado por el pasatismo y alivianado por el humor». Para el periodista, «el circuito del chacoteo se completa con las tandas publicitarias inundadas, en los últimos tiempos, de piezas de humor. Ahí el volumen de jarana alcanza su clímax porque, en un punto, programas y tandas se asemejan en concepto y estilo”. Algo similar ocurre en la televisión y en la gráfica: el humor se traslada a los avisos, donde es cada vez más frecuente la intención, más o menos lograda, de hacer reír.

El último gran refugio del humor es Internet. «El humor muta permanentemente –señala el periodista Diego Rotman, director del sitio Periodismo.com y autor del libro Ni yanquis ni marxistas… humoristas–. Y, en ese sentido, creo que en este momento, la nueva modalidad del humor la estamos viendo en Internet: videos en Youtube, blogs, sitios de humor. Es una nueva tendencia que podríamos definir como el actual under del humor, que está redefiniendo, sobre todo en las nuevas generaciones, el modo de reírse y de hacer reír». Abraham coincide con esta apreciación: «Las generaciones cambian pero el humor no se ha perdido, está en susurros, está entre líneas. Se puede ver en un caricaturista, en alguna cosa que uno lee, en lugares insospechados, por ejemplo en Internet. Pero no está ese humor masivo, que hace que uno al día siguiente le diga al otro: “¿viste lo que dijo tal en su programa? ¡Estuvo buenísimo!”. Ese humor que provoca una circulación entre la gente, no está. Se podrá vivir así, o habrá que reinventarlo».

El humor está en todas partes y, al mismo tiempo, en ninguna. Fragmentado y desperdigado entre varios géneros, escondido o camuflado, ha cambiado no sólo su forma sino también su función. Si en otros tiempos, con revistas como Humor como ejemplo paradigmático, fue el instrumento para decir lo que no se podía decir por otros medios, quizás hoy sirva, como en muchos programas de radio, para que no se note demasiado que nadie tiene nada para decir. Por eso, más que carcajadas, lo que se oye es una triste risa sin ganas.

Acción 1018, segunda quincena de enero de 2009

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