lunes, 1 de diciembre de 2008

Dónde está el lector

Nunca se ha escrito ni se ha leído tanto como en nuestros días: mensajes de texto, e-mails, mensajería instantánea, blogs, comentarios en páginas de Internet, opiniones de los lectores en sitios de diarios y revistas. Si existiera la manera de medir el tiempo que pasan los seres humanos en contacto con la palabra escrita, sin dudas las cifras serían hoy las más altas de la historia, desde que la imprenta de Gutenberg cambió para siempre no sólo los modos de leer sino también de pensar y percibir el mundo.
Hay textos por todas partes: en papel pero también, o sobre todo, en pantallas, en las calles, en estaciones de trenes y de subtes, en taxis y colectivos, en teléfonos celulares, computadoras y toda clase de dispositivos electrónicos. En tiempos inundados de textos, crece, sin embargo, en el sentido común y también entre algunos especialistas e investigadores, la sensación de que la lectura es una práctica en retroceso. Los diagnósticos más pesimistas anuncian el avance de una nueva forma de barbarie que, con el mouse y el control remoto como armas y símbolos, estaría arrasando con la vieja cultura letrada.
A medida en que en todo el mundo descienden los índices de analfabetismo, se consolida, paradójicamente, el fenómeno del iletrismo, es decir, la incapacidad para comprender o producir un texto. «El iletrismo es el nuevo nombre de una realidad muy simple: la escolaridad básica universal no asegura la práctica cotidiana de la lectura», afirma la reconocida pedagoga argentina Emilia Ferreiro. Los docentes conocen de cerca esta realidad: a pesar de que la escolaridad obligatoria se alarga, los resultados en materia de lectura y escritura siguen siendo insatisfactorios. «Quienes hemos participado durante años de reuniones de cátedra, encuentros de pasillo entre docentes, estamos aburridos de escuchar y escucharnos los comentarios sobre los déficit de comprensión y de escritura de los jóvenes. Para empezar, la queja: los alumnos no estudian, no entienden lo que leen, escriben cualquier cosa, no tienen interés en el conocimiento, no saben por qué han elegido la carrera que eligieron», señalaba en su libro Pedagogía del aburrido la semióloga y pedagoga Cristina Corea.

El aburrimiento
Los chicos, se dice, ya no leen. El nuevo templo del saber no es la escuela, sino el locutorio. «Vienen todos los días -cuenta Alejandro Valentino, joven empleado de un ciber del barrio porteño de Almagro-. Son chicos del Normal 7 pero también de escuelas privadas, entran a páginas como Rincón del vago para bajarse trabajos para la facultad». Como lo sabe cualquier adolescente, Rincón del vago es uno de los sitios en español más visitados de la web: ofrece resúmenes, monografías y trabajos para alumnos primarios, secundarios y universitarios. «Visitan la página www.rincondelvago.com o www.monografias.com porque quieren bajarse trabajos de La Celestina, Platero y yo, de España en el siglo XVIII o del Che -cuenta por su parte María José Gutiérrez, una licenciada en Geografía e Historia que además trabaja en un locutorio, en el libro Pedagogía del aburrido-. Yo les digo que seguramente todos los chicos de su clase van a bajar ese mismo trabajo o a veces incluso que ya he impreso ese trabajo para otro chico del mismo colegio una hora antes. Pero no les importa, dicen que total el profesor no los lee». Corea confirma esta observación: «El aburrimiento, el desinterés, la sensación de quedar por fuera de un texto opaco, es doble: se da tanto en los chicos como en los docentes».
Hace tiempo que en todo el mundo vienen oyéndose voces de alarma, más o menos estridentes, por la presunta desaparición de la estirpe de los lectores apasionados, aquellos para quienes el libro es un objeto familiar e imprescindible. «Ya no quedan buenos lectores», se lamentaba en El País de Madrid el escritor estadounidense Philip Roth. «Calculemos que cada año se mueren unos 72 buenos lectores y son reemplazados por dos -decía el mismo autor en el diario La Nación-. Gente joven que lea seriamente ficción, y que luego piense, casi no existe. A muchos les encantaría, pero no tienen tiempo. La mayor parte es seducida por la pantalla más que por la hoja impresa».
Pero no todos los diagnósticos son tan pesimistas. Por ejemplo, la secretaría de Medios de Comunicación celebra el hecho de que «la sociedad argentina de principios de siglo muestre una tendencia a mantener el placer de leer libros». Según el último relevamiento realizado por este organismo, la lectura de libros creció el 19% entre 2004 y 2006, mientras el promedio de libros leídos en un año ascendió el 18% (de 3,9 a 4,6). En tanto, más de la mitad de los lectores (56,2%) dicen que han comprado al menos un libro en el transcurso del último año.
¿Qué leen los argentinos? Según esta investigación, la Biblia en primer lugar. También El código Da Vinci, El alquimista y Harry Potter. Dan Brown, Paulo Coelho y J. K. Rowling son sus autores favoritos y en la lista de los más leídos hay dos jorges (Bucay, en primer lugar, Lanata, en tercero) y brilla por su ausencia Borges, quizás el único que no debería haber faltado. Además de Bucay, entre los 20 autores más mencionados por los lectores hay otros tres argentinos: José Hernández, Ernesto Sabato y Lanata, quienes conviven en la lista, sin demasiado conflicto, con Sigmund Freud, J.R.R. Tolkien, Isabel Allende y William Shakespeare, Deepak Chopra y Horacio Quiroga. El ganador es, sin embargo, «No sabe/no contesta», opción elegida por el 42%. Que cerca de la mitad de las personas que dicen haber leído un libro en el último año no sean capaces de mencionar el nombre del autor o el título de la obra quizá sea la más relevante de las respuestas. Si se enlaza este dato con el sexto lugar que ocupa la lectura en el ranking de actividades realizadas dentro del hogar -después de ver televisión, escuchar música, escuchar radio, realizar tareas domésticas y cocinar- no parece haber tantos motivos para festejar.

Todo tiempo pasado
Las contradicciones continúan: en la Argentina y en el mundo, se editan y se venden más libros que nunca. La industria parece haberse recuperado de la crisis de 2001. Según el Centro de Estudios para la Producción del Ministerio de Economía, la actividad editorial creció en forma considerable en los últimos cinco años. La cantidad de ejemplares publicados se incrementó un 174%: de 32,9 millones en 2003 pasó a 90 millones en 2007.
Dice el editor Daniel Divinsky, de Ediciones De la Flor: «Se lee muchísimo más que hace 20 o 30 años porque no se lee solamente sobre papel, se lee todo el tiempo, empezando por la ínfima lectura del mensaje de texto en los celulares. En pantalla, la gente se la pasa leyendo, aunque no siempre cosas dignas de ser leídas. Con respecto a la industria editorial, es cierto que las tiradas son de menos ejemplares -de 3.000 a comienzos de los 70 hemos pasado a 1.000-, pero la cantidad de títulos se ha multiplicado y, al mismo tiempo, han surgido nuevas editoriales, de las cuales no se ha fundido ninguna». Para Divisky, «este fenómeno estaría desmintiendo la idea de que no se lee».
Pero, ¿que se vendan y editen más libros significa que se lee más? Según la escritora Sylvia Iparraguirre (ver recuadro), «hay dos fenómenos muy distintos, uno es la venta de libros y otro la lectura. Muchísimas personas van a la Feria del Libro. Pero, lectores lectores, deben ser un porcentaje muy chico. Por eso la cola más larga es la del stand de Fernet». Con ella coincide Osvaldo Ripoll, secretario de la Asociación Argentina de Editores de Revistas. «La Feria del Libro representa la lectura como show, como una gran representación cultural». Y para contrarrestar la euforia que suele despertar este tipo de acontecimientos, ofrece algunos datos: «El consumo per cápita de libros de un estudiante secundario en los Estados Unidos es de 12,8 y el de la Argentina no llega a 1,5 ¿Quién va a descubrir nuevas medicinas? ¿Quién va a llegar a la Luna?». Ripoll insiste en asociar la lectura con el progreso, una relación que recorre la historia del libro desde sus orígenes y en la que se basó también la prensa escrita para construirse un linaje y definir su función en la sociedad.Figuras tan disímiles como Lenin, Bartolomé Mitre y Perón confiaron en el poder de la palabra impresa para esclarecer a las masas. Claro que el mundo era distinto. Además de muchas certezas, se han ido perdiendo las condiciones prácticas que permitían una lectura pausada y reflexiva: el tiempo y el silencio necesarios para poner entre paréntesis la realidad y entregarse, sin otra motivación que el placer, a mundos de la ficción y el pensamiento.
Los responsables de los grandes medios gráficos lo saben y han encarado procesos de modernización que tienden a adaptarse a los tiempos de la lectura contemporánea. Textos breves, más imágenes, ideas simples, para no abrumar la atención de un lector modelado por la lógica del zapping. Para Corea, leer un libro «con la disposición subjetiva de un espectador de videos tiene como resultado un trastorno serio en las operaciones más elementales de la comprensión: imposibilidad de poner en cadena el conocimiento; imposibilidad de “retener” el sentido de lo que se lee».
La lectura se acerca cada vez más a la televisión, no sólo por su forma, sino también por su contenido. La mayoría de las revistas más vendidas en la Argentina tienen alguna relación con los medios audiovisuales. La que encabeza el ranking es Pronto semanal, con 111.000 ejemplares, seguida por Paparazzi, que apenas sobrepasa los 60.000. Son revistas que, más que leerse, se miran: el texto es tan sólo un accesorio al que nadie -ni quien escribe ni quien lee- parece prestarle demasiada atención.
Al mismo tiempo, cada vez son más las figuras de los medios audiovisuales que deciden convertirse en escritores y lo hacen, gracias a la magia del marketing, en menos tiempo del que les llevó llegar a ser famosos. En la lista figuran Araceli González, Valeria Mazza y su obra ¿Qué me pongo?, Ileana Calabró, Eduardo de la Puente, Gabriel Schultz, Sebastián Wainraich, Ari Paluch y Roberto Pettinato.

El tiempo perdido
En el mundo audiovisual no hay demasiado lugar para la lectura: se trata, según sus críticos, de un mundo chato, afiebrado, veloz, de baja tolerancia a lo complejo y lo abstracto. Para las grandes masas, pero también para las personas más informadas, la palabra impresa ya no es la principal referencia. «En 1960, dos personas cultas que van a cenar hablan de lo que han leído; hoy, esas mismas personas hablan de lo que han visto. Nuestras cenas fuera de casa tienen como tema de conversación los programas televisivos de la víspera», decía hace ya veinte años el sociólogo francés Regis Debray.
Pero a ese mundo que miraba el mundo por televisión llegó Internet, y, con Internet, nuevas tecnologías que permitieron el retorno de los textos a la vida cotidiana de millones de personas. La nueva situación y sus múltiples paradojas pusieron en crisis el esquema que oponía, por un lado, las virtudes de la cultura letrada y, por otro, los vicios de los medios audiovisuales. ¿Dónde colocar el gigantesco caudal de mensajes de texto que leen los jóvenes? ¿Cómo entender los mails, los blogs, los e-books, las millones de palabras electrónicas que se leen y escriben a diario en Internet? ¿En el casillero de las malas prácticas audiovisuales o en el de las buenas costumbres que encarna y estimula la lectura? Hay quienes no tienen dudas, como el presidente de la Academia Argentina de Letras, Pedro Luis Barcia, quien considera que las nuevas formas de lenguaje que introduce la red se contraponen a las habilidades lingüísticas clásicas y terminan debilitándolas. «El chateo estimula un idioma cada vez más limitado y amputado, que se basa en no más de 200 palabras y es de una pobreza enorme -dice Barcia-. El privilegiar la rapidez por encima de cualquier otro valor produce un uso degenerativo de la lengua y por esta vía un joven que el día de mañana tenga que optar por un trabajo probablemente no lo conseguirá porque no es capaz de escribir correctamente».
Pero el declive de los viejos modos de leer no necesariamente significa un retroceso. «¿En qué medida la cultura del libro, algo ignorado por sus panegiristas más acríticos, fue elitista, egocéntrica, pasiva y estuvo orientada a valorar un pasado irrecuperable?¿Hasta qué punto la velocidad y la multiperspectiva propias de la escritura electrónica no nos hacen ganar mucho más que lo que los críticos inmersos en el espacio de la escritura creen que estamos condenados a perder?», se pregunta el sociólogo Alejandro Piscitelli, quien más ha analizado en nuestro país el impacto cultural de las nuevas tecnologías.
Sobre la supuesta muerte del libro se han escrito decenas de buenos libros. Y de un modo u otro, los libros, quizás los únicos objetos perfectos inventados por el hombre, siguen encontrando sus lectores y sus múltiples, renovadas lecturas.


Acción 1015, primera quincena de diciembre de 2008

sábado, 15 de noviembre de 2008

La fábrica de sentido común


«Pesimismo y rechazo de Chávez entre 164 líderes de opinión». El título de la noticia publicada por Clarín y otros diarios de circulación nacional es contundente: para los líderes argentinos, el presidente venezolano es «peor considerado incluso que el iraní Majmoud Ahjmadinejad», la situación del país es «regular» y «empeorará de acá a un año». Hasta aquí, una encuesta más de las muchas que aparecen en los medios y contribuyen a crear eso que los propios medios llaman opinión pública. Pero la noticia omite un dato crucial. Cuando se habla de líderes de opinión, ¿de qué se está hablando? ¿Quiénes son esos individuos, dónde han obtenido su título, a quiénes lideran, qué legitimidad los sostiene, cuándo vence su mandato? Nada de eso se consigna ni en la noticia ni en el informe de prensa elaborado por la consultora Poliarquía, encargada del estudio. Las condiciones de producción de la encuesta son un misterio. Pero el resultado es que los encuestados –«referentes de distintos sectores; dirigentes políticos, funcionarios públicos, empresarios, intelectuales, organizaciones de la sociedad civil, medios de comunicación y periodistas»– son investidos, por los propios autores de la encuesta y por quienes reproducen acríticamente sus resultados, de un poder nada desdeñable. Así, unos y otros, líderes de opinión y encargados oficiales de poner nombres a las cosas, se ocupan de alimentar el círculo –vicioso o virtuoso, según se mire– gracias al cual una opinión cualquiera se convierte en opinión pública, Hugo Chávez es «peor incluso que el presidente iraní Majmoud Ahjmadinejad» y, en definitiva, todas las cosas siguen siendo como son y como la gente, esa hipótesis tramposa de los grandes medios, piensa que deben ser.

martes, 1 de julio de 2008

Tribus urbanas

Como personajes escapados de El extraño mundo de Jack u otra película de Tim Burton, con el gesto melancólico de Johnny Depp en El joven manos de tijera, las ojeras destacadas con sombra gris y el largo flequillo como un velo que los protege del mundo y sus inclemencias, andan por la ciudad, cabizbajos, frágiles, algo andróginos. Se juntan frente al palacio Pizzurno, en la plaza que ellos llaman “la de la galería Bond Street”, en el barrio porteño de Recoleta, son muy jóvenes y se hacen llamar emos. Una abreviatura de emocional, surgida a fines de los 80 en Estados Unidos para aludir a un subgénero de la música hardcore. Los de ahora y los de acá son, dicen, chicos sensibles, no tristes sino sentimentales. Como las bandas a las que siguen con devoción –My chemical romance, Panic at the disco, entre otras-, que, aunque están muy lejos de los grupos pioneros del género, son hoy, con razón o sin ella, reconocidas como ejemplos paradigmáticos de la música emo.
Hay ya una mitología emo según la cual estos personajes son depresivos, recurren a distintas formas de autoflagelación y tienen tendencias suicidas. Cortarse el cuerpo es un modo de expresar el dolor que les produce la hostilidad del mundo o el mero hecho de estar vivos. Esta reputación, sin embargo, parece desmentida por las sonrisas y el tono despreocupado con que hablan de sí mismos los emos vernáculos, quienes aseguran que lo que se dice sobre ellos “es puro prejuicio”. Algunos, muy pocos, muestran en sus muñecas o en su pecho una leve cicatriz, casi un rasguño. Pero parece ser una cuestión estética la que los lleva a autoinfligirse estas marcas, como si las heridas cumplieran la misma función que un tatuaje. Todos visten de negro, algunos usan tachas o un toque de color –por lo general rosa–, pero lo que los distingue es el flequillo. Lacio, hacia el costado, es condición imprescindible que les tape un ojo. Algunos dicen que eligen ver la mitad del mundo porque el mundo no les gusta. Otros, que lo hacen porque sí.
Un adulto relativamente informado podría confundirlos con cualquiera de sus primos, hermanos o antecesores –darks, góticos, alternativos, glams, metaleros, punkies– con quienes comparten la plaza de la calle Rodríguez Peña. Alguien menos enterado podría pensar que todos ellos son invitados a una fiesta de disfraces. Maquillaje, ropa extraña, un aire de ser distintos y mochilas con parches que constituyen una declaración de principios: desde una imagen de Boris Karloff que complementa el look fúnebre de un chico dark hasta una bandera anarquista en la mochila verde oliva de una chica anarco-punk.
Allí están, todos los sábados. Empiezan a llegar alrededor de las tres de la tarde y se van agrupando según afinidades estéticas o lazos de vecindad o amistad. Los góticos, en sus varias versiones, despliegan su estética de cadáveres o vampiros: negro y rojo, corsets, lazos que comprimen los cuerpos. Algo apartados del resto, como si quisieran demostrar su originalidad y resaltar los colores que los diferencian del resto, están los visual kei, orgullosos de sus nombres japoneses y algo despectivos en su mirada hacia los demás. “El visual kei es un estilo muy novedoso acá”, dice el joven Neko (perro en japonés), casi dos metros de estatura enfundados en encaje negro y raso naranja, pollera tipo tutú, corset con cintas naranjas, cejas depiladas, boca negra con forma de corazón dibujada sobre sus labios verdaderos. Dentro del pretendidamente amplio universo del visual kei, Neko y sus dos amigas pertenecerían a la rama “gothic lolita”, que se diferencia en algo –sólo ellos saben en qué- de las otras ramas. Los chicos visual kei parecen chicas, y las chicas parecen niñas. Ambos sexos usan polleras con encajes y puntillas, miriñaques, prendas insipiradas en el barroco y el rococó, como se encarga de explicar el muy informado Neko. Desde la vereda de enfrente, Francisco, alternativo-industrial, todo de negro a excepción de los jeans gastados, prolijo y arduo peinado de su autoría, ojos bien delineados, los define de otro modo. “Son personajes de manga (historieta japonesa) hechos humanos. Hadas. Una cosa rara que anda dando vueltas”.

Todo un estilo
Cerca de ellos rondan los otros: glams, neogóticos, alternos, industriales, screamos, punkies, anarcos, algún que otro metalero, chicos enfundados en vinilo negro, chicas con medias de red agujereadas, chicas disfrazadas de novias o igualitas a la foto de la primera comunión, tachas y cadenas mezcladas con accesorios naif y ositos de peluche. El catálogo podría ocupar varios tomos de una hipotética enciclopedia de la sociabilidad adolescente. Y para distinguir cada una de las categorías hay que tener el ojo entrenado y, sobre todo, haber nacido después de 1990. “Tribus urbanas”, definen antropólogos, sociólogos de la cultura y, sobre todo, los medios, que registran con algo de recelo la incesante multiplicación de estilos y acuden veloces cuando alguna pelea, por menor que sea, altera la convivencia más o menos pacífica de estos grupos. Hay, sin embargo, quienes consideran que el rótulo tiene un fuerte contenido estigmatizante y simplifica demasiado un fenómeno complejo. Proponen hablar, en cambio, de culturas juveniles.
Sea cual fuere la denominación, se trataría, según el sociólogo Mario Margulis, uno de los pioneros en el estudio del fenómeno en nuestro país, de “organizaciones fugaces, inmediatas y calientes, en las que priman la proximidad y el contacto, la necesidad de juntarse por el solo hecho de estar, como si se tratara de un refugio antes que de una empresa, de una estación en la que se reposa antes que de un camino que conduce hacia una meta clara”. Si la adolescencia es una etapa de crisis, de cambios abruptos, de separaciones y duelos, la tribu, señala la psicóloga Marta Vega, titular de la cátedra de Psicología Evolutiva de la UBA, “funciona como un espacio intermedio entre la familia y la sociedad en general, les permite adquirir cierta autonomía y cumple la función de paliativo ante el dolor de tener que apartarse de su núcleo íntimo”.
En esa etapa de “moratoria social” en la que hay tiempo para el ocio y el estudio y las responsabilidades adultas se encuentran todavía lejos, algunos jóvenes seleccionan, como si armaran un collage, los materiales de su futura identidad. Según los análisis más optimistas, de este modo estarían construyendo no sólo su subjetividad, sino también nuevos valores y solidaridades. Hay quienes ven en las tribus una manifestación de disidencia cultural “ante una sociedad desencantada por la globalización del proceso de racionalización, la masificación y la inercia que caracteriza la vida en las ciudades”, en palabras del sociólogo chileno Raúl Zarzuri. A pesar de sus vínculos efímeros y de la primacía de la imagen, esos jóvenes encarnarían una forma de resistencia a los imperativos del mercado y, sobre todo, a la imagen del “joven legítimo”: ese retrato del ganador cachorro que exhiben la televisión, la publicidad y la moda. Aunque las tribus actuales no enarbolen, como sus predecesores punks, banderas anarquistas, ni propongan, como sus abuelos hippies, una nueva sociedad pacifista y sexualmente liberada, estarían, a su manera sutil, casi invisible y, sobre todo, inofensiva, cuestionando el orden establecido.
Claro que el mercado no deja de tomar nota de estas nuevas resistencias, reales o imaginarias, ni de crear espacios para adaptarlas a su lógica de intercambio. Si la moda pudo ser punk, neohippie y gótica, podrá, también, ser visual kei o emo. Las chicas de pasarela lucen desde hace años versiones glamorosas de estilos recolectados de barrios obreros británicos o suburbios neoyorkinos, mientras esperan que algún diseñador de vanguardia o un ignoto cazador de tendencias incluya en el manual del vestuario legítimo los estilos que, en los circuitos alternativos, crearon, como un modo de diferenciarse, algunas bandas de chicos más o menos malos.

Nosotros y ellos
Como si hubieran leído un manual de antropología básica, aquel que indica que toda idea del “nosotros” se define en oposición a un “ellos”, los miembros de las tribus van dibujando, en sus discursos, el mapa de sus afinidades y rechazos. Entre los que frecuentan la galería Bond Street, el primer gran enemigo son los “fachos”, término que engloba a todos aquellos “cuya principal misión en la vida es agredir y discriminar a los que no son como ellos”. En esa categoría incluyen a la mayoría de los skinheads, muy pocos punks, algunos desclasados. “No todos los skins son fachos”, explica, didáctico, Francisco, el alternativo industrial. Como en el resto del mundo, muchos jóvenes argentinos de cabezas rapadas se definen como antifascistas. Algunos pertenecen a la rama sharp (skinheads contra el perjuicio racial, según la sigla en inglés) o rash (skins rojos y anarquistas). La diferencia, ilustra Francisco, son los cordones de sus borcegos: “El blanco equivale a facho. El rojo, a anarquistas”.
También quedan excluidos de ese nosotros cambiante otros jóvenes, separados por diferencias de look pero sobre todo, de clase: los “cumbieros”, “negros cabeza” o “villeros”, categorías que, en la jerga de las diferentes tribus, se confunden y se superponen. Ellos los definen así: “Zapatillas Nike, siempre con resortes, gorra con visera a 45 grados, música tropical, pelo negro teñido de amarillo, largas bermudas, ropa deportiva, voz finita. “No soporto que hablen con esa voz finita”, señala un atildado joven gótico. E imita el grito de guerra de la tribu enemiga: “Rescatate, fiera”.
Más cerca en términos socioeconómicos, pero en otro territorio simbólico, los “caretas” se dejan tentar por el canto de sirenas de las marcas. A esta categoría pertenece el subgénero de los floggers. Un poco más adaptados a una sociedad para la que, sin embargo, no son otra cosa que consumidores, menos oscuros, ajustados en sus pantalones chupines de colores, fotogénicos y sonrientes, se juntan todos los domingos a la tarde en las escaleras del shopping Abasto y llegan a ser multitudes. Si los emos y los darks pretenden representar la imagen de todo lo oscuro que tiene el ser humano, los floggers podrían entonar, todos juntos, un himno a la alegría. Una oda elemental, de pocas palabras, al consumo, el intercambio de SMS, la fotografía digital y otras cosas simples de la vida. El shopping es su hábitat y su lugar de encuentro, pero el escenario donde se sienten más a gusto es Internet, en particular, los fotologs, sitios personales donde publican sus fotos y reciben comentarios y firmas de otros floggers. Las otras tribus los acusan de tontos. Los cumbieros les gritan “chetos” como si se tratara de un insulto.
“En realidad nos envidian”, dice desde su trono en las escaleras del Abasto Jimena, 15 años, mientras posa para la foto. “Los que nos critican son gente que no tiene vida. Nos envidian porque usamos cosas lindas y nos compramos ropa de marca”. “Es la bronca de todos los villeros, porque son distintos”, completa su amiga Camila, 14 años y negro flequillo lacio, como la mayoría de sus colegas, que cultivan y planchan “flequis” idénticos, algo más ligeros que los de los emos pero igualmente importantes a la hora de definir su pertenencia al grupo.
Chetu, disidente capilar, pionera del peinado cacahuate, muestra orgullosa sus zapatillas de 360 pesos. “Cuanto más caro es lo que te ponés, más popular sos”, aclara.
La mayoría de los floggers pasa no menos de seis horas por día frente a la pantalla de su computadora. Nunca salen sin su cámara, adoran su propia imagen, son adictas s las fotos que cuelgan en sus páginas personales para que otros miembros de las tribus las vean y comenten cosas como:
aiii hola gorrr!!!!
me pasee
linda pikk ..
efeamos??
arre tipo te dejo mi msn nuebo
Donde gorrr es gorda, un apelativo cariñoso, pikk es foto, pasar es visitar un fotolog, effear es incluir a determinado fotolog entre los favoritos del fotolog propio, la ortografía es lo de menos y arre es una muletilla de significado incierto que aparece en una de cada cuatro palabras de los floggers más fanáticos.
La mayoría de los integrantes de las nuevas culturas juveniles tienen entre 14 y 18 años y pertenecen a la clase media. Deben poseer cierta capacidad de consumo que les permita adquirir los bienes materiales y simbólicos que definen la identidad de la tribu, pero no tanta como para pertenecer al grupo de privilegiados –los hijos de los sectores dominantes– que ya tienen resuelta la cuestión de la identidad, por motivos de clase, mucho antes de elegir el color de sus chupines o el largo de su flequillo. Para los otros, los más pobres, la identidad tampoco es un problema, o al menos no de primer orden, porque tienen otros más concretos y urgentes: a edades muy tempranas han sido arrojados violentamente a responsabilidades de la vida adulta, como la maternidad y el trabajo. Son los jóvenes “no juvenilizados”: los que no han tenido ni tiempo ni recursos para hacer lo que se supone que hace un adolescente.
Pero también a ellos les llegan los retazos de los looks inventados por los más favorecidos. Compran versiones falsificadas de marcas prestigiosas y visten con los mismos colores que los chicos del Abasto. Mientras el tiempo, que es veloz, degrada la originalidad de los nuevos estilos, convirtiéndolos en productos de consumo masivo, surgen otros, más nuevos aún, que completan el círculo –virtuoso o vicioso, según se prefiera– de la lógica del mercado.

Revista Acción Nº 1007, Primera quincena de julio de 2.008

martes, 15 de abril de 2008

Mediatizados


Los medios no solo informan, también diseñan el mundo en el que vivimos. La lógica televisiva, su tendencia a banalizar el universo, se impone en la radio, en los diarios y en toda la sociedad. La eficaz ideología del mercado.

¿Qué ha cambiado más en las últimas cuatro décadas: el mundo o las maneras de mirarlo? La pregunta quizás encierre una trampa, porque en tiempos de hiperinformación, vidas mediáticas y televidentes compulsivos, no parece haber mucha diferencia entre una cosa y la otra. Para una gran mayoría de los habitantes de las grandes ciudades, no hay más mundo que el que registra la mirada, y no hay máquinas de mirar más poderosas y universales que los medios de comunicación. Hablar del modo en que los medios influyen en la sociedad se vuelve, así, casi una tautología, porque los medios, sin no son la sociedad, al menos representan y difunden, absorben y, en un perfecto proceso de retroalimentación, ponen en circulación, la versión de sociedad aceptada por las mayorías, la que vive y se reproduce en el llamado sentido común, la que comparten los millones de personas que todos los días, puntualmente, encienden el televisor para confirmar, en el noticiero de la noche, lo que ya sabían: que hace frío o calor, que hay crímenes y “caos vehicular”, que la calle es peligrosa, que así no se puede vivir.

Los medios, la comunicación, están en todas partes. Hay canales que transmiten noticias las 24 horas, sitios web de información y entretenimiento, flashes en las pantallas de las estaciones de subte y en los celulares. Si, en esta materia, algo cambió en las últimas décadas, es esa permanente presencia de los medios en la vida cotidiana. Cuando el primer número de Acción salía a la luz, a mediados de los 60, informarse era una acción más consciente, acotada en el tiempo, restringida a un lugar. Exigía cierto esfuerzo e implicaba un acto de voluntad: comprar el diario, sentarse a leer. Hoy, mil números después, los medios impregnan la vida de la gente por acción u omisión: está ahí, en el aire.
Como lo demuestra el descenso de la circulación de la prensa diaria en todo el mundo, cada vez se lee menos: durante la década del 60, en el mercado argentino aparecían cada año nuevos semanarios de actualidad política que vendían varios centenares de miles de ejemplares por semana -en 1966, la revista Así alcanzaba, en sus tres ediciones semanales, un millón y medio-. Hoy ninguna publicación del género sobrepasa los 60 mil.
“El estancamiento o descenso de la circulación de la prensa diaria, que en parte es atribuible a la competencia de los otros medios en el mercado informativo, da cuenta más bien de alteraciones en los viejos hábitos de lectura así como en las formas de organización, adquisición y circulación de la información y el conocimiento”, dicen los semiólogos Héctor Schmucler y Patricia Terrero, para quienes la llamada civilización de la imagen es, en gran parte, producto de “un mundo sin tiempo para el discurrir sorprendente, para el no-hacer”.
¿Quién tendría hoy tiempo para leer las páginas enteras de La Nación o La Razón que reproducían textualmente largos debates parlamentarios? Y, sobre todo, ¿quién tendría interés en hacerlo? Esas páginas son hoy piezas de museo, reliquias de un tiempo en que los ciudadanos se informaban fundamentalmente a través de los diarios y en el que los diarios, y la palabra impresa en general, se presentaban y eran percibidos como escenarios del debate y herramientas del ejercicio de la razón.
La aparición de la radio primero, y de la televisión después, representó sin dudas una competencia importante, pero aún así reinó entre los medios cierta pacífica “división del trabajo informativo”, además de una clara distinción de lenguajes, estilos y géneros. Cambios tecnológicos y sociales han ido diluyendo estas diferencias y terminaron consagrando a la televisión, por cobertura, influencia y negocios, como reina indiscutida del mapa de la comunicación.
“Cada año -señalan los especialistas Guillermo Mastrini y Martín Becerra- un ciudadano latinoamericano, en promedio, compra menos de un libro, asiste menos de una vez a una sala cinematográfica y compra un diario sólo en diez ocasiones. La conexión a Internet no alcanza al 10% de la población. En cambio, el ciudadano latinoamericano accede cotidianamente a los servicios de la televisión abierta y la radio”. Ver televisión es la actividad preferida por los argentinos en su tiempo libre: la elige un 87%, frente al 66% que dice leer y el 23% que navega por Internet, según un relevamiento de la secretaría de Medios de Comunicación. En tanto, cualquier noticiero de televisión congrega cada noche a mucha más gente que los lectores a los que llega el diario más vendido.

La patria meteorológica

Hoy los medios “están cerca” y ofrecen cada vez más recursos para solucionar problemas cotidianos. En la televisión, la radio y los diarios argentinos, por ejemplo, se habla cada vez más del tiempo. Los pormenores de una lluvia, los altibajos del termómetro, los infortunios del ciudadano acalorado se convierten en noticias dignas de ocupar la primera plana de los matutinos nacionales, mientras muchas radios, como ya lo han hecho los noticieros de televisión, han incorporado al “meteorólogo fijo”, que va relatando durante el transcurso del programa las variaciones de las condiciones climáticas.
Si los medios hablan cada vez más del tiempo no es solo porque intentan brindar servicios útiles. Es también debido a una “fuerza de banalización” –en palabras del sociólogo francés Pierre Bourdieu- que tiende a despolitizar y simplificar el mundo, no con el objetivo -al menos, no deliberado- de idiotizar a las masas, de manipular a los individuos para obligarlos a aceptar tales o cuales posiciones o ideologías, sino con el simple propósito que guía a todo negocio: vender más. “Es una ley que se conoce a la perfección –asegura Bourdieu en su libro Sobre la televisión-: cuanto más amplio es el público que un medio de comunicación pretende alcanzar, más ha de limar sus asperezas, más ha de evitar todo lo que pueda dividir, excluir, más ha de intentar no “escandalizar a nadie”, como se suele decir, no plantear jamás problemas o plantear sólo problemas sin trascendencia. En la vida cotidiana se habla mucho del sol y de la lluvia porque se trata de un problema respecto al cual se tiene la seguridad de que no va a originar roces. Cuanto más extiende su difusión un periódico -o, podría agregarse, cualquier otro medio de comunicación-, más se orienta hacia los temas para todos los gustos que no plantean problemas”. Sus conductores se han convertido, sin tener que esforzarse demasiado, en “solapados directores espirituales, portavoces de una moral típicamente pequeñoburguesa, que dicen 'lo que hay que pensar' de lo que ellos llaman 'los problemas de la sociedad', la delincuencia en los barrios periféricos o la violencia en la escuela”.
El noticiero o telediario, modelo universal que se repite, con ligeras variaciones, en todos los países del mundo, es el mejor ejemplo de esta tendencia. Reducir la información a la anécdota, dramatizar y musicalizar las noticias, como si se tratara de relatos de ficción o fábulas con moraleja, convertir los conflictos sociales en historias individuales, desgajadas del contexto y de la historia, reemplazar los argumentos por eslóganes y el análisis por el estereotipo son algunas de las operaciones típicas de este formato, que se convierte así, según Bourdieu, en “un extraño producto que conviene a todo el mundo, que confirma cosas ya sabidas y, sobre todo, que deja intactas las estructuras mentales”. La retórica de las noticias apela a la indignación y a los sentimientos más que a la razón y postula el “qué barbaridad” como único juicio y comentario posible, como punto de partida y, al mismo tiempo, límite de todo pensamiento crítico.
“Es el rating, estúpido”, podría plantearle cualquier gerente de programación a quien pretendiera cuestionar estas prácticas televisivas. Y lo mismo les podría responder a quienes suelen acusar a lo medios de “manipular” a sus audiencias con mentiras, conspiraciones y entretenimiento pasatista. Es cierto que a veces los medios mienten, que omiten información o a la tergiversan, en función de sus intereses o los de sus socios, auspiciantes y aliados. Pero quizás su mayor poder resida en las verdades no dichas, en los supuestos que subyacen al discurso televisivo, en todo lo que se da por sentado, que se sabe sin saber. Los medios le ofrecen a la audiencia un mapa para moverse en el mundo cotidiano, que indica cuáles son las zonas peligrosas y cuáles las confiables, quiénes son los amigos y quiénes los enemigos. Trazan, en la sociedad, sus propias fronteras: los buenos y los malos, los delincuentes y la policía, lo lindo y lo feo, lo blanco y lo negro, la “gente” y los piqueteros. Pero junto con el mapa, venden el mundo mismo. Así, la realidad en la que creen las audiencias siempre termina coincidiendo con el mapa que les proporcionan los medios, porque el mapa y el mundo son la misma cosa, están hechos con el mismo molde, responden a una misma matriz.

Convergencias

Que la radio es la hermana menor del gran negocio mediático lo demuestran las cifras de facturación y el avance de la lógica televisiva en los espacios radiofónicos. Del mismo modo que la llamada “convergencia tecnológica” ha borrado las diferencias materiales entre los distintos sistemas de signos, traduciendo la voz, la palabra escrita y la imagen al lenguaje común de los bytes, la convergencia cultural en torno al mercado va borrando también las diferencias de lenguaje, estilo y temáticas. El periodista Carlos Ulanovsky, en su libro Siempre los escucho, habla de “radio televisión-dependiente” para describir este proceso. “Ahora, en la radio, no basta con los chismes del ambiente televisivo o con exponer los ratings del día anterior. También se reproducen generosamente audios con los grandes momentos de cada jornada televisiva, un recurso antirradial por excelencia”.
Por las AM y FM de cada conglomerado multimedia que es también propietario de un canal de aire se difunden las promociones de los programas de TV del grupo. Y en los estudios, los monitores sintonizados en los canales de noticias distribuyen su “agenda” a los programas periodísticos de la radio.
El colonialismo televisivo impone no solo determinados temas sino también un lenguaje, un ritmo, unos formatos y una visión de lo que es la información. Los tiempos breves, la primacía de la imagen, el desprecio por lo complejo, van ganando terreno también en la prensa gráfica. Los diarios se “modernizan”, resignan texto, agrandan fotos, simplifican y homogeneizan su lenguaje. Cada vez más atentos a los consejos de consultoras y asesores de marketing, reemplazan la idea de lector por la de cliente y hacen de los hipotéticos deseos del supuesto cliente, un nuevo dogma. Pero en los márgenes de las tendencias dominantes, a pesar de los imperativos mercantiles y de las recetas de los predicadores del marketing, resisten y florecen otras opciones. “En la actualidad –señala Bourdieu-, los periodistas de la prensa escrita se encuentran ante la siguiente alternativa: ¿hay que seguir la dirección del modelo dominante y hacer unos periódicos que sean casi como periódicos de televisión, o hay que optar por una estrategia de diferenciación? ¿Hay que entrar en la competencia, con el consiguiente peligro de perder en ambos frentes, o acentuar la diferencia?”. Las respuestas no dependen sólo de cuestiones económicas, sino también éticas y, sobre todo, políticas.
Acción 1.000, Segunda quincena de abril de 2008.

viernes, 15 de febrero de 2008

El imperio de la lengua


Desde hace algunos años y por diversos motivos, la lengua española –a la que convendría, según la opinión de muchos, seguir denominando castellana– es noticia. Su enorme riqueza, su valor económico, sus 400 millones de hablantes, su incesante crecimiento y su venturoso futuro son temas de frecuentes artículos periodísticos, y también de congresos que convocan a personalidades del mundo cultural y político –congresos financiados, invariablemente, por grandes empresas de capital español–, mientras nuevos eslóganes, logotipos y avisos publicitarios la promocionan como si se tratara de un producto más del mercado. 
En los medios de comunicación, en ministerios, empresas y universidades de uno y otro –pero sobre todo del otro– lado del Atlántico, se repite que el español está en expansión, que es la lengua del futuro, que se impone en Internet, que conquista día a día nuevos territorios. Claro que –esta vez– lo hace sin violencia. Basta con hojear las páginas de cualquier diario de España o América latina para comprobar que la lengua es el epicentro de un fenómeno a cuya trascendencia, sin dudas, han contribuido el Estado español y sus agencias lingüísticas: la Real Academia Española y el Instituto Cervantes, con la ayuda de los medios de comunicación.
“Estamos viviendo –señalaba un editorial de El país de Madrid en marzo de 2007– un momento de plenitud en las previsiones sobre la pujanza del español; las estadísticas conceden a este idioma el mayor crecimiento entre los globales, que podría tener una difusión equiparable a la del inglés hacia mediados del siglo actual”.
La mayoría de los discursos políticos y periodísticos que se ocupan del tema suelen describir a la lengua como un fenómeno natural que se expande y reproduce por sus propios medios, en función de sus leyes internas. O que crece, en cambio, gracias a la elección, libre y democrática, de los hablantes. Esta última perspectiva fue expresada con claridad por el rey Juan Carlos cuando, en marzo de 2001, le entregó el premio Cervantes al escritor Francisco Umbral, con un discurso que despertó tanta polémica como su célebre “Por qué no te callas”: “Nunca fue la nuestra –aseguró el rey–, lengua de imposición, sino de encuentro; a nadie se le obligó nunca a hablar en castellano: fueron los pueblos más diversos quienes hicieron suyo, por voluntad libérrima, el idioma de Cervantes”.
Las de vascos, gallegos y catalanes, a quienes el franquismo intentó “castellanizar” compulsivamente, prohibiendo la enseñanza de sus lenguas nacionales y relegándolas a los espacios domésticos, fueron las voces que más airadamente se alzaron contra las palabras de Juan Carlos. No hay dudas de que, a lo largo de la historia, tanto en España como en el continente americano, el avance del español se produjo a costa de otras lenguas y gracias a formas, más o menos explícitas, de violencia. Esta circunstancia fue remarcada hasta por reconocidos intelectuales de derecha, como el escritor peruano-español Mario Vargas Llosa, quien aseguró, a raíz del discurso del rey, que las lenguas “han sido siempre el corolario de las colonizaciones, invasiones, conquistas, guerras”, que dejaron “un reguero de tragedias y traumas”. De hecho, no es necesario más que un poco de sentido común para advertir que la desaparición de las incontables lenguas que se hablaban en América “fue consecuencia de la acción de los conquistadores, de la evangelización forzosa o del etnocidio desembozado”, como señala la lingüista Leila Albarracín, de la Asociación de Investigadores en Lengua Quechua.
La expansión actual del español, está, sin dudas, lejos de la violencia conquistadora de otros siglos, pero también de las imágenes algo ingenuas según las cuales este crecimiento obedecería a la fuerza del “espíritu” o del “genio” de la lengua, o sería pura obra del azar. Detrás, o antes, del tan promocionado boom del español, hay muy precisas estrategias de política cultural emprendidas por España, país que ha convertido a la lengua en una cuestión de Estado. La creación del Instituto Cervantes en 1991 y la multiplicación de sus sedes (ya suman 68) en todo el mundo, los Congresos Internacionales de la Lengua (Zacatecas, México, 1997; Valladolid, España, 2001; Rosario, Argentina, 2004 y Medellín, Colombia, 2007) son algunos de los hitos de las políticas de promoción del idioma.
Tanto la Real Academia Española como el Instituto Cervantes han recibido gran impulso en los últimos años, y en alianza con empresas y medios de comunicación, han conformado un verdadero holding lingüístico. “La RAE declara tener como misión pricincipal la preservación de la unidad del idioma, y el Instituto Cervantes, su promoción internacional como lengua extranjera –señala el lingüista gallego José del Valle, catedrático de lingüística hispánica en la Universidad de Nueva York–. Sin embargo, detrás de estos obvios objetivos hay proyectos más ambiciosos. La renovación de la RAE y la creación del Cervantes coincidieron con la expansión de empresas de capital predominantemente español, muchas de las cuales escogieron América latina como destino. En un contexto de expansión comercial como el que se iniciaba a fines de los 80, los sucesivos gobiernos españoles, socialistas y populares, en colaboración con el empresariado y con importantes sectores del mundo de la cultura, movilizaron una serie de agencias para que le ofrecieran cobertura cultural al proyecto de expansión económica: es decir, para que produjeran una visión del español al servicio de un proyecto: la comunidad panhispánica como hermandad-mercado y el español como producto comercial en tornoal cual se debe organizar y controlar una industria”.Mientras crecían la participación de España en los principales foros de la política internacional (la Otan, la Unión Europea) y el poder económico de sus multinacionales, empresas como el BBVA, el Banco Santander, Telefónica y, más tarde, Repsol empezaron a interesarse por cuestiones vinculadas con la lengua. Es que, en términos de rentabilidad, la existencia de un idioma común era percibida como una ventaja por parte de los ejecutivos de las empresas inversoras.Se calcula que el castellano representa para España más del 15% del Producto Nacional Bruto. Gran parte de su potencial está vinculado al mercado de su enseñanza como lengua extranjera, sobre todo en países como Brasil y Estados Unidos. Se estima que los estudiantes de español ya son 14 millones en todo el mundo y también la Argentina ha empezado a participar, en los últimos años, de en este mercado floreciente. Está claro, sin embargo, que la porción más grande de la torta se la lleva España. “Las políticas lingüísticas respecto del español –señala Elvira Narvaja de Arnoux, directora del Instituto de Lingüística de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA– no son encaradas por los países hispanoamericanos, sino por España, que lo hace, obviamente, en función de sus intereses nacionales y los de la integración de la que forma parte”. Un incidente ocurrido hace poco más de un año en Brasil, donde en función de los acuerdos del Mercosur, que Argentina no respeta, la enseñanza del español es obligatoria en las escuelas primarias, sirve para ilustrar el modo algo prepotente en que España lleva a cabo sus políticas lingüísticas (prepotencia que triunfa, además, gracias a la indiferencia de nuestro país en la materia). A fines de 2006, profesores y estudiantes de la Universidad de San Pablo se movilizaron contra un proyecto del Banco Santander y el Instituto Cervantes para formar 45.000 profesores de español mediante un curso de 600 horas a través de Internet, al que consideraban “un golpe a la educación nacional” y a las universidades que vienen formando docentes desde hace más de cincuenta años, en carreras que requieren al menos 2.800 horas. Para la argentina Maite Celada, investigadora de la Universidad de San Pablo, “tratar a la lengua española como un 'tesoro' y tratar a Brasil y a sus 170 millones de habitantes como un mercado promisorio a consolidar es algo que nos pega fuerte a muchos latinoamericanos”. En este contexto se inscribe también la preocupación que viene manifestando desde hace años el Instituto Cervantes por establecer un sistema unificado de certificación del español como lengua extranjera –a la manera del First Certificate o el TOEFL para el inglés–, que finalmente fue aprobado en marzo de 2007 en Medellín.En la Argentina y otros países hispanoamericanos se están oyendo cada vez más voces críticas hacia la pretensión española de hegemonizar el mercado de la enseñanza del idioma. Se advierte, además, el peligro de que un sistema internacional de certificación termine imponiendo un modelo ajeno, que atente contra la diversidad del castellano americano y contra la supervivencia de las lenguas vernáculas. El español, asegura Leonor Acuña, investigadora del Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano de la UBA, “no es solamente un recurso económico y no tiene por qué ser la lengua que triunfe sobre todas las demás: indígenas, de inmigración, extranjeras, cooficiales, minoritarias, ágrafas. No necesita ser defendida de nadie y no tiene por qué ser promocionada”.

Cuestión de imagen
Como los candidatos presidenciales, las modelos o las marcas de cigarrillos, las lenguas pueden cambiar de imagen gracias a operaciones de publicidad y prensa. La expansión mundial de español ha sido acompañada, según el especialista del Valle, por nuevas ideologías lingüísticas. “Desde el gobierno de Madrid y desde las instituciones investidas de poder lingüístico se iba sintiendo la necesidad de proyectar una imagen del español –de su relación con la propia España, con los países hispánicos y con el resto del mundo– que complementara los esfuerzos de construcción nacional y los planes de modernización, crecimiento económico y ampliación de la presencia política y económica del país en el mercado global”. La nueva imagen del español prescinde de cualquier connotación nacionalista y aspira, en cambio, a presentarlo como una lengua global, moderna y democrática, que acoge formas locales, gracias a los aportes realizados por las Academias Nacionales de todos los países hispanohablantes, y se expande gracias a la libre elección de los hablantes. Una lengua, en palabras de Gregorio Salvador, vicedirector de la RAE, “sólida, hablada por cuanta más gente mejor”. Se la presenta “como lengua global en el contexto, por un lado, de su promoción como producto de mercado y, por otro, de la pugna simbólica que sostiene con el catalán, el euskera y el gallego”, agrega del Valle.

Mayúsculas y minúsculas
El académico Gregorio Salvador encarna una de las posiciones más extremas de esta concepción universalista, que desprecia tanto las lenguas que él denomina “minúsculas” (entre las que se cuentan las lenguas vernáculas americanas) como los planteos que vinculan el idioma con la identidad de un pueblo o una nación. Así lo expresó él mismo cuando en el III Congreso de la Lengua de Rosario respondió a una intervención del poeta Ernesto Cardenal en defensa de las lenguas en peligro de extinción. Salvador aseguró que es cierto que muchas de esas lenguas “minúsculas” se van extinguiendo, pero “no hay que lamentarse, porque eso quiere decir que sus posibles hablantes, los que las han ido abandonando, se han integrado en una lengua de intercambio, en una lengua más extensa y más poblada que les ha permitido ensanchar su mundo y sus perspectivas de futuro”. Unos meses después, en el diario ABC, el vicedirector de la Real Academia reafirmaba su postura: “Una lengua desaparece cuando muere la última persona que la hablaba y lo único triste de ese suceso es la muerte de esa persona. En América y en África quedan bastantes de esas lenguas minúsculas y todo esfuerzo por mantenerlas no es más que una aberración reaccionaria. Esas pobres gentes tuvieron que padecer, históricamente, a conquistadores, encomenderos, exploradores y colonos. Y, por si no hubieran tenido bastante, hay quien pretende mantenerlas, desvalidas, en su exigua prisión lingüística, ajenas e ignorantes del mundo que con nosotros habitan, con todo lo bueno o lo malo que este les pueda ofrecer, para regalo acaso de obstinados antropólogos, entretenimiento de gramáticos imaginativos y orgullosa satisfacción de políticos desnortados y pusilánimes”.La argentina Leila Albarracín, autora de numerosos trabajos sobre las lenguas vernáculas de la Argentina y América y sobre las distintas formas de discriminación de la que son objeto los 300 mil ciudadanos de nuestro país que tienen como lengua materna el quichua, podría, a pesar de ser lingüista, integrar el equipo de los “obstinados antropólogos” que denuesta Salvador. “A nivel internacional –señala Albarracín– la protección de los derechos lingüísticos de las minorías ha adquirido las características de una problemática de tanta importancia como la conservación del medio ambiente. Esta preocupación contrasta con la marcada indiferencia en la Argentina por esta temática. Así como el inglés ejerce una suerte de imperialismo lingüístico, consecuencia de la globalización, que amenaza a otras lenguas, hacia el interior de nuestro país es la imposición del español como lengua nacional lo que amenaza a nuestras lenguas vernáculas”.En 1996, representantes de ONGs de todo el mundo, con el apoyo de la Unesco, suscribieron en Barcelona la Declaración Universal de los Derechos Lingüísticos, con la finalidad de “propiciar un marco de organización política de la diversidad lingüística basado en el respeto, la convivencia y el beneficio recíprocos”. “Todas las lenguas son la expresión de una identidad colectiva –se asegura en la declaración– y de una manera distinta de percibir y de describir la realidad, por tanto tienen que poder gozar de las condiciones necesarias para su desarrollo en todas las funciones”.Un punto de partida y unos propósitos similares son los que dieron origen, en nuestro país, al Congreso de LaS LenguaS, cuya primera edición se desarrolló en Rosario, en forma paralela al Congreso oficial de la Real Academia Española. “Sin dinero, lejos del poder del Estado pero muy cerca del de la gente”, aseguran los organizadores, entre quienes se encuentra el Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, el Congreso de LaS LenguaS pretende “dar cuenta de la pluralidad y rescatar las voces y reclamos de los pueblos y las culturas minorizadas. Porque creemos que un auténtico diálogo intercultural y multilingüe no se genera subordinando el discurso propio a la voz hegemónica pretendemos interpelar el discurso oficial para ser protagonista reales de nuestras vidas”.No es ninguna novedad que las lenguas son, además de vehículos de comunicación, objetos de lucha e instrumentos de poder. Los “obstinados antropólogos” y los “gramáticos imaginativos” de los que el vicedirector de la Real Academia preferería prescindir, pero sobre todo los hablantes, los hablantes de lenguas grandes o pequeñas, perseguidas, ignoradas, relegadas u olvidadas, lo saben, y quizás por eso siguen hablando, empeñados en que, al menos en esta materia, la única ley que rija no sea la del más fuerte.
Acción 996, segunda quincena de febrero de 2008.

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