miércoles, 24 de julio de 2013

Emiliano Galende: Políticas del amor y del miedo

En un tiempo en el que el encuentro con el otro es cada vez más difícil, surgen, según el médico y psicoanalista Emiliano Galende, nuevas formas del lazo social. La angustia y otros males contemporáneos.

 La sociedad no es un escenario neutro en el que las personas viven sus vidas privadas al margen de influencias externas. Por el contrario, los sentimientos, los modos de amar y de odiar, de encontrarse o desencontrarse con los otros, de desear y de temer, están profundamente atravesados por la cultura e, incluso, por la forma en que cada sociedad organiza su economía y su gobierno, reparte sus recursos, regula –o no– la voracidad del mercado.

En esas relaciones entre los cambios sociales y la subjetividad viene indagando el médico y psicoanalista Emiliano Galende desde los inicios de su carrera, con su trabajo en el campo de la salud mental y también a través de su producción teórica. Es autor, entre otros libros, de De un horizonte incierto, donde anticipa muchas de las transformaciones que traería aparejado el neoliberalismo; Sexo y amor. Anhelos e incertidumbres de la intimidad actual, donde analiza las formas que asumen las relaciones de pareja cuando los viejos tabúes sobre la sexualidad dejan lugar a nuevos temores. Su último trabajo, Psicofármacos y salud mental. La ilusión de no ser, aporta una mirada crítica a una cultura que fomenta el consumo de drogas lícitas como un camino para «ser otros de lo que somos». Galende, que nació en España, cursó sus estudios de medicina en la Universidad Nacional de Rosario y vive en Buenos Aires, dirige el doctorado internacional en Salud Mental Comunitaria que la Universidad Nacional de Lanús dicta en conjunto con otras siete universidades de Inglaterra, España, Brasil y Portugal.

 –¿Cuáles son los rasgos de la cultura que más fuertemente impactan hoy en la subjetividad?
–Hay dos rasgos culturales muy dominantes que han sido percibidos por numerosos teóricos. En primer lugar, estamos en una época en la que los países centrales imaginan una cultura «60-40», es decir, sociedades en las que sólo un 40% de la población esté integrada. Esta es la gente que tiene altos consumos, altos ingresos, son los que ocupan los nuevos cargos, que ya no son los cargos de trabajo industrial, sino los CEO que manejan servicios. El otro 60% es la gente que está afuera, que va a seguir estando afuera, son marginales, un grupo que está creciendo en todo el mundo. Y esta cuestión se relaciona a su vez con otro rasgo cultural nuevo, que es el tema del miedo, la inseguridad, que se da en todos los países, centrales y periféricos, y que consiste, para decirlo a grandes rasgos, en hacer sentir a la gente que está en condiciones muy inestables, que uno tiene que estar muy atento a la supervivencia personal, que además del delito están los problemas del medio ambiente, de la economía, y muchos más. La idea que se quiere transmitir es que la vida es muy frágil y que uno está constantemente en riesgo. Esa política del miedo provocó un aumento del consumo de los ansiolíticos y los antidepresivos enorme. Hay cifras que indican que entre la población europea hay un 27% que padece depresión, y las cifras de los llamados trastornos de ansiedad se supone que están alrededor del 40%. Es gente que está angustiada, que tiene miedo de qué va a pasar con su vida, con su pareja, con sus hijos, con su empleo.
–¿Podría hablarse también de una menor tolerancia al malestar?
 –Frente a las situaciones que nos provocan angustia, incertidumbre, temor, miedo, el recurso que tenemos las personas es la capacidad reflexiva de comprender la situación en la que estamos y poder de algún modo operar sobre ella. La capacidad reflexiva de comprender y de actuar es lo que nos protege y nos hace más activos frente a los malestares. Lo que ocurre es que toda esta política del miedo se acompaña de un bombardeo permanente para suprimir la capacidad reflexiva de la gente. Todos estamos atados a mensajes publicitarios, a mensajes televisivos, pensá que la mayor parte de la gente conforma su modo de significar la vida, lo que le está pasando, a través de la televisión. Esta cultura privó a muchas personas, a sectores muy grandes de la población, de la capacidad de ver, de comprender qué es lo que causa el malestar, y por lo tanto los privó de actuar sobre eso. –¿En otros momentos históricos esa capacidad fue mayor? ¿No hay cierta idealización del pasado? –Sí, por supuesto que existió esa capacidad, no hay más que leer a Maquiavelo. Él decía que la utilización del miedo por la política y por el príncipe como modo de sujeción de las masas tiene un límite, y ese límite es la posibilidad de que las personas vivan en comunidad. Por lo tanto, había que controlar eso, porque si las personas se juntaban y hablaban empezaban a pensar, y si pensaban, encontraban formas de resistir la situación del miedo. Era una de las cosas que decía Maquiavelo, que la política del miedo sólo se hace eficaz si al mismo tiempo controla que la gente no se encuentre, que se recluya en sus vidas privadas, en sus casas.
–¿Eso es lo que está pasando ahora?
–Sí, forma parte de la misma historia.
 –Sin embargo, la apariencia es que hay una mayor vida social, mayores posibilidades de encuentro, en parte gracias a las redes sociales.
 –En las redes sociales, las comunicaciones son virtuales, no es la gente que se encuentra en la plaza, en los barrios o en los bares discutiendo qué está pasando. Y no es lo mismo la comunicación mediada por un dispositivo electrónico. Ni siquiera son las viejas cartas escritas, que requerían un tiempo y una espera entre escrito y escrito. Esto es algo demasiado rápido e inmediato y lo que pasa es que la gente cree que está comunicada con todo el mundo cuando en realidad está muy sola porque no tiene un otro con el cual confrontar lo que piensa, lo que siente, la relación entre lo que se siente, lo que piensa y lo que dice. Esa es una cadena que está rota. –Pero la gente sigue hablando y sigue encontrándose. ¿Qué pasa en esos encuentros ? ¿No hay comunicación? –Si pensamos en lo que son los encuentros de pareja hoy, sobre todo en los jóvenes, vemos que esas personas buscan el encuentro con otros pero bajo una sensación de desconfianza, de temor, de miedo a la desilusión, miedo al fracaso. Esas personas se vinculan rápidamente a través del sexo como forma de encuentro. Pero cuando tienen que pasar a un nivel de conocimiento del otro, a construir una intimidad con el otro, eso los obliga a pensar, y a vincular lo que se siente con lo que se piensa, y ahí fracasan. Esos son los momentos en los que por lo general las personas huyen del vínculo, cuando tienen que pensar en eso que sienten, en eso que los puede juntar o unir al otro, empieza el temor a esa sensación de compromiso, de quedar dependiendo del otro.
 –En un libro tuyo anterior decís que la autonomía es una ilusión tonta de esta cultura.
 –Sí, la autonomía pensada como la posibilidad de que cada uno se baste a sí mismo.
–Mientras hay una reivindicación de la autonomía, también hay gente que sufre la soledad y una gran oferta de espacios para el encuentro entre varones y mujeres.
 –Es curioso porque van apareciendo estos espacios sociales nuevos, un poco artificiales, lugares prefabricados para el encuentro, y la gente va con la expectativa de encontrar al otro. Pero en cuanto la expectativa se convierte en expectativa de una relación más sensible, vinculada con el afecto, tienen que pasar un momento crítico, es el momento que en otra época, para mi generación, se llamaba declaración, cuando uno tenía que declararse. ¿Qué hacía uno cuando se declaraba? Decía: esto es lo que siento por vos, esto es lo que me está pasando con vos, esto es lo que me compromete con vos, y ahora todo depende de lo que vos me respondas. Hoy, la sensación que tienen las personas es que detrás del reconocimiento del afecto, de la sensibilidad que los va a vincular y a hacer depender del otro, viene el compromiso, y ahí es cuando viene la desconfianza, el temor, la duda. De hecho, la declaración ha desaparecido como forma de encuentro.
 –Entre los más jóvenes, ¿cómo se da ese momento que antes se resolvía a través de la declaración?
 –Es muy curioso, porque hasta bastante avanzada la segunda mitad del siglo pasado, había una secuencia de actos. Las personas solían encontrarse por la mirada, se reconocían, de alguna manera en ese reconocimiento se generaba una sintonía con el otro. Luego había que acercarse, había que hablar, y la palabra aparecía ya como forma de un primer compromiso. Luego, recién ahí se podía tocar el cuerpo del otro, había una proximidad corporal, y muy tardíamente y muy cargado de dificultades, de represión, de censura, venía el sexo. El encuentro de jóvenes y no tan jóvenes actuales es al revés. Se encuentran y tienen sexo sin intercambiar, sin conocerse demasiado, y a veces eso les permite quizás después hablar, pero hacen el camino inverso. Muchos autores han trabajado sobre la idea del dominio de la imagen en la cultura actual. Todos estamos todo el tiempo bombardeados por imágenes. Trasladado a las relaciones personales, muchos encuentros se dan más por el lado de la imagen. Es la imagen del cuerpo del otro, no es el otro como persona.
 –¿Cuál sería la diferencia entre ese primer contacto a través de la mirada del que hablabas antes, como parte de una cultura amorosa ya desaparecida, y el actual predominio de la imagen?
 –Antes el contacto era a través de la mirada, dirigir una mirada y esperar una respuesta a esa mirada, en los antiguos salones de baile los varones miraban a las mujeres y las mujeres devolvían o no la mirada. Y eso era una contraseña. Pero la mirada no es la imagen. Ahora se mira, y es como si el otro quedara expuesto en un lugar de objeto, al cual me puedo acercar o no, puedo ver qué quiero hacer con él, pero no está ese código, esa contraseña de ver qué me responde. La generación de los cuarenta y pico, cincuenta años, que anda en esos espacios sociales prefabricados para el encuentro, o en las redes sociales, lo que hace es objetivar al otro, es la idea del «me gusta» del Facebook. La sensación que tienen es que están tomados de un objeto, que buscan la satisfacción a través de un objeto. Eso que la gente percibe como que se perdió el respeto, es porque de verdad nos tratamos más como objetos, somos objetos de intercambios, de necesidades, cumplimos cierta utilidad en la vida del otro. A mí me sorprende siempre, en mujeres y en hombres, que las decisiones acerca de la pareja pasen por la utilidad que les provee el otro.
 –Esa dificultad para el encuentro con el otro, ¿también se da a nivel social?
 –Si uno imagina la plaza de un pueblo, una fábrica, las personas también tenían sensaciones de vulnerabilidad, miedos, incertidumbre, pero ¿cómo lo resolvían? Construían sentido para eso. Intentaban reflexionar apoyándose en los otros. Los intercambios simbólicos que se daban en una comunidad, en un pueblo o en un barrio permitían que se potenciaran las capacidades reflexivas de cada uno. Ese encuentro, que se podía hacer en un bar con el amigo que estaba divorciándose o con el que había sido traicionado, es lo que se pierde. En este momento gran parte de los pensamientos, y con pensamientos me refiero a aquello con lo cual significamos las cosas que pasan y les damos sentido, no se construyen en el diálogo entre las personas, sino con los medios: la televisión, los informativos, los discursos políticos. Con lo cual la capacidad reflexiva de las personas es una capacidad más mimética, se reproduce lo que se escucha, no hay intercambio.
 –¿Y de qué manera afecta esto a la cultura política?
 –En Argentina, y en general en América Latina, está pasando algo muy interesante. Los que formaban parte de 60% de excluidos empezaron, sobre todo en las décadas del 80 y 90, a generar resistencia, empezaron a reagruparse. Cuando los grupos piqueteros van y cortan la ruta, lo primero que hacen es juntarse, y surge la idea de interrumpir lo público, la circulación de los otros. Esas son las primeras formas de reacción, que es lo que los hace fuertes, juntarse y afectar al otro, a ese otro indiferente al que lo obligan a tomar contacto con lo que les pasa a ellos. Es una forma curiosa, porque no lo hacen con amor, lo hacen con cierta violencia. A mí me da la impresión de que esto fue creciendo en la Argentina de los últimos años y se ve en Bolivia, se ve en Brasil, esto que se ha llamado un retorno de la política, del debate, de la discusión, generó en muchos sectores un cierto amor por el encuentro, por los otros. Hace tres años los jóvenes aparecían en los diarios por noticias policiales. En los últimos 3 o 4 años aparecen por La Cámpora, por la toma de los colegios, aparecen los jóvenes metiéndose en temas políticos. Hoy en los colegios se discute, en las universidades se discute, ha mermado la cultura del boliche, que es una cultura del silencio, porque son luces, ruidos y pocas palabras, y en cambio estos jóvenes tienen que hablar, gritan, construyen discursos. Y lo violento no es eso, si hay algo violento y autoritario es la reacción que siguió a la politización de los jóvenes. En toda América Latina aparecieron líderes más naturales, como el caso de Evo Morales o el propio Chávez en Venezuela, líderes que tienen una relación mucho más directa con el pueblo, no es casual que todos estos líderes de América Latina convoquen permanentemente masas de gente, a la reunión, al encuentro.
–También estos líderes generan reacciones violentas.
 –Claro, Evo Morales diciendo que es un indio más, o Chávez que decía «todos ustedes son Chávez, yo estoy acá pero soy parte de ustedes», eso ha generado reacciones. Como en toda relación, cuando se definen intereses opuestos, se pasa rápidamente del amor al odio. Hay sectores que han tomado rápidamente la posición del odio feroz, la impotencia de estar frente a una situación que ya no dominan. Parece un reduccionismo, pero en una pareja pasa lo mismo, cuando un día la mujer se empieza a valorar y quiere salir sola o con sus amigas y quiere no dar cuenta de sus gastos al marido, el tipo empieza a sentir que pierde dominio. ¿Quién se pone violento de los dos? El que pierde poder. ¿Qué dice la mujer? Yo también tengo derecho a decidir sobre mi vida. Cuando pasa eso, el otro, el que pierde poder, reacciona con violencia. Y eso está pasando como reacción a todos estos movimientos. En toda América Latina, la violencia con que han reaccionado los sectores que han perdido poder es muy fuerte. Hay una necesidad de aniquilar al otro, porque el otro es aquel que me ha hecho sentir que yo ya no domino, que no puedo decidir sobre la vida del otro, que no tengo el poder sobre él. Acción 1119, 1a. quincena, abril de 2013

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