viernes, 30 de julio de 2010

Libertad, igualdad, diversidad

Revista Acción Nº1055, primera quincena de agosto de 2010.
Hace mucho tiempo que un hecho político no se festeja con lágrimas. Hay que buscar y rebuscar en los archivos y en la memoria para recordar un acontecimiento que haya sido deseado con tanta pasión y celebrado con tanta alegría como la modificación al Código Civil que universalizó en la Argentina el derecho al matrimonio. Fue una fiesta lo que ocurrió dentro y fuera del Congreso en la fría madrugada del 15 de julio, pero lo que se celebraba no era el matrimonio, sino la igualdad. . «Se cumplió un sueño –dice María Rachid– presidenta de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans–. Hoy todos somos más felices». Su lucha y la de muchos otros hombres y mujeres no sólo consiguió un notable avance en materia de derechos e igualdad jurídica. Logró, además, poner un nexo en palabras e ideas que no suelen estar juntas: política y felicidad, leyes y sueños, derechos y sexualidad.

En la carpa que la Comunidad Homosexual Argentina montó frente al Congreso, en el escenario que compartieron militantes, artistas y funcionarios, en los bares, en las calles, en la plaza sembrada de banderas de colores, miles de personas siguieron el debate que se desarrollaba en la Cámara de Senadores. Acompañaron con gritos y comentarios los discursos más conservadores y aplaudieron las intervenciones de quienes votaron a favor. «Ese es uno de los nuestros», gritaron los de la CHA cuando escucharon una alusión a Aristóteles mencionada por el senador salteño Pérez Alsina, quien recurrió a Kant, a Lenin y hasta a Oscar Wilde para justificar su voto negativo. «Este es un gobierno revolucionario», opinó un chico de peinado moderno mientras hablaba el senador porteño Daniel Filmus.
«Si Dios odia a los gays, ¿por qué los hizo tan lindos?», «Satanás, Satanás, sacate la sotana», «El mismo amor, los mismos derechos», «Ni machos ni fachos», decían los carteles de los militantes por la diversidad sexual, mientras la agrupación Putos Peronistas mostraba orgullosa su bandera celeste –«Tortas, travestis trans y putos del pueblo»– y entonaba su estrofa preferida de la marcha: «para que reine en el pueblo el amor y la igualdad». Por allí andaban también José María Di Bello y Axel Freire, los primeros gays que lograron casarse gracias a un recurso judicial; funcionarios como el ministro de Economía, Amado Bodou; el titular del Inadi, Claudio Morgado; artistas, madres de Plaza de Mayo, militantes de partidos políticos y organizaciones sociales.
Ya habían pasado, con sus rosarios, los rezadores y su interminable repetición del Ave María para exorcizar ese edificio de cúpula verde que estaba siendo escenario –según la versión del cardenal Jorge Bergoglio– de una venganza del demonio. «No se trata de una simple lucha política; es la pretensión destructiva al plan de Dios. No se trata de un mero proyecto legislativo (éste es sólo el instrumento) sino de una movida del padre de la mentira que pretende confundir y engañar a los hijos de Dios», había señalado el arzobispo de Buenos Aires en un carta a las carmelitas descalzas.
Bergoglio fue una de las caras más visibles de los cruzados de la heteronormatividad, tal la palabra que habrá que ir aprendiendo para describir sociedades en las que la heterosexualidad es considerada la única forma legítima de sexualidad, amor y familia. Así como los movimientos de mujeres denunciaron y denuncian las inequidades de la sociedad patriarcal, gays, lesbianas, bisexuales, transexuales e intersexuales hacen visibles otras injusticias. Y alimentan con sus luchas el impulso igualitario que dio origen a las primeras revoluciones democráticas.
Fue el senador Miguen Angel Pichetto quien recordó la importancia simbólica de la fecha en que se llevó a cabo el debate. El 14 de julio, señaló, fue «la primera revolución laica en el mundo; que plantea el principio de igualdad, libertad, fraternidad. El 14 de julio se tomó la Bastilla y la gente, con las manos, la destruyó piedra por piedra, ladrillo por ladrillo. El rey, que estaba dedicado a la caza, le pregunta a un ayuda de cámara: “¿Es una rebelión?” Y el ayuda de cámara le dice: “Me parece que ha empezado una revolución”».

Mamá y papá

«Que hagan lo que quieran con sus vidas, pero que no se casen», se oyó repetir, una y otra vez, en boca de curas, senadores, diputados y señoras y señores bien que, con banderas color naranja, se manifestaron frente al Congreso en nombre –dijeron– de los niños y en defensa de la familia «con mamá y papá». Organizada por el departamento de Laicos de la Conferencia Episcopal, la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas y la Federación Confraternidad Evangélica Pentecostal, la marcha convocó sobre todo a gente de clase media y grupos de alumnos de colegios religiosos a quienes no se les computaron las faltas del día de la movilización y el siguiente. «Ni unión ni adopción: varón y mujer»¸ «salvemos a la familia», «queremos mamá y papá», fueron algunas de las consignas de una convocatoria que no logró oponer más que prejuicios y dogmas a los argumentos de quienes defendían la igualdad de los homosexuales.
En el escenario que se instaló frente al Congreso, Rubén Proietti, presidente de ACIERA, demostraba que, como el ayuda de cámara del rey de Francia, había entendido bastante bien lo que estaba pasando. «Se está escribiendo la historia y no podemos pasar por alto un cambio social y cultural tan agresivo como el que una minoría preten de imponer», señaló el pastor. Y es probable que sus adversarios, los militantes por la diversidad sexual, suscribieran la mayoría de sus palabras. Se estaba escribiendo la historia, se estaba gestando un profundo cambio social y cultural. Y ese cambio, como muchos otros, estaba siendo impulsado por una minoría. Pero en unos despertaba esperanza y en otros, miedo.
En efecto, el miedo fue, o intentó ser, el gran argumento contra la igualdad. Y, dentro y fuera del recinto, se impuso entre los opositores de la ley un tono decididamente apocalíptico. Se avecinaba, al parecer, el fin de todo: de la familia, de la moral, del amor filial, de las tradiciones y de la especie humana en su conjunto. Pero no era la primera vez que la Argentina estaba en las vísperas del fin del mundo. Predicciones como éstas fueron realizadas en muchas otras ocasiones históricas, ante avances semejantes en materia de derechos civiles. A fines del siglo XIX, por ejemplo, el diputado Francisco Uriburu aseguraba que el sufragio femenino iba a fomentar la disolución de la familia. Leopoldo Lugones decía en 1937, sobre el mismo tema, que el voto de las mujeres, «como toda violencia arbitraria en las costumbres, resultaría un elemento de corrupción». Del mismo modo, la ley del matrimonio civil traería la sustitución del amor conyugal por el interés y la desaparición del cariño filial y la dignidad de la mujer. «La familia deja de existir», vaticinaba al respecto, en 1888 el senador Manuel Pizarro. Casi un siglo después, el diputado bonaerense Alberto Medina alertaba sobre el peligro de aprobar el proyecto de ley de divorcio: «Existe un auge de elementos sociales negativos que atacan y vapulean las células básicas de la sociedad, como la familia», decía.
En esa misma línea se inscriben los argumentos de quienes, desde ámbitos políticos y religiosos, lucharon contra la universalización del derecho al matrimonio: «Están en juego la identidad y la supervivencia de la familia: papá, mamá e hijos», dijo Bergoglio, y sus aliados en el Congreso le dieron la razón al votar contra «un texto legislativo nocivo del bien común, de la sociedad y de la familia», como lo calificó el diputado bonaerense Julio Ledesma
Pero la biotecnología y las técnicas de reproducción asistida sumaron nuevos temas al viejo repertorio de miedos conservadores. Para la senadora Liliana Teresita Negre de Alonso, el proyecto generará «vacíos legales» que podrían «abrir la puerta al comercio ilegal de óvulos, espermas y de vientres».
Defensora de Cecilia Pando, integrante del Opus Dei, enemiga de la educación sexual y titular de la comisión de Legislación General gracias a las maniobras del llamado grupo A contra el oficialismo, Negre de Alonso fue una de las estrellas de la sesión del Senado. Lloró, lució un llamativo trajecito fucsia, intentó victimizarse y confesó, en un discurso cargado de prejuicios, que su principal preocupación consistía en «qué va a ser la educación sexual a partir de ahora. Porque ahora no hay una sola sexualidad. Ahora vamos a tener que enseñarles también a nuestros niños qué es el lesbianismo, qué es gay, qué es bisexual, qué es transexual». La representante de San Luis también se mostró preocupada por un manual del Ministerio de Educación donde «figuran un niño y una niña desnudos y cositos para ir aplicándoles en cada uno, depende de cómo uno quiere construir el sexo, la construcción sexual».
Pero si los cositos son malos, peor es el tráfico de niños: «Van a venir a llevarse a nuestros chicos», advirtió la senadora Hilda González de Duhalde, tras argumentar –por así decirlo–, que «los países que se toman la libertad de declarar el matrimonio homosexual no tienen chicos para adoptar; nosotros sí». En sentido similar se expresó el misionero Luis Alberto Viana, preocupado por los niños de su provincia, «lindos y rubios». Según el senador, existe el riesgo de que «esto» se transforme «en un comercio de chicos, como ocurre lamentablemente en Misiones, donde van a comprar chicos porque les salen entre 20.000 y 50.000 pesos». Lo que no aclaró el senador, ni la señora Duhalde ni nadie, es cuál sería el nexo entre la ley de matrimonio para todos y el tráfico de niños.
Entre otras ignorancias, algunos senadores demostraron desconocer la legislación vigente, ya que ninguna ley prohíbe que los homosexuales adopten niños o procreen y, de hecho, son muchas las parejas de lesbianas que han tenido hijos por fertilización asistida. «No estamos discutiendo el tema de la adopción –dijo al respecto el senador Filmus–. De hecho, ya pueden adoptar. Si se aprueba el proyecto de unión civil, se estaría impidiendo que esos chicos tengan la protección de los dos padres o de las dos madres». Por eso, intervenciones como la del senador chaqueño Darío Biancalani carecieron no sólo de fundamento científico, sino también de pertinencia. El senador instó a tener en cuenta «los derechos del niño (adoptado) a tener un papá y una mamá. Ese chico ya tiene una carga psicológica grande al no tener papá ni mamá, y ahora –además– se va a encontrar, al ser adoptado, con dos papás o dos mamás».
Al respecto, un grupo de 500 científicos del Conicet dio a conocer, poco antes del tratamiento del proyecto de ley, un documento en el que aseguran que, según los estudios realizados en las últimas décadas, el hecho de crecer en familias homoparentales no tiene consecuencias nocivas para los niños. «Los hallazgos demuestran que las variables fundamentales del desarrollo de la personalidad pasan por otro lado: por la contención y el afecto, por el ambiente en el hogar, por el respeto y la responsabilidad», señala el informe.
Y eso es lo que demuestran también día a día, en su vida cotidiana, las familias, que, cada vez más, se caracterizan, en la Argentina y en el mundo, por la diversidad. Familias monoparentales, homoparentales, ampliadas, ensambladas, transnacionales, familias con hijos que son producto de técnicas de reproducción asistida, con hijos adoptados, con padres divorciados y vueltos a casar. Tal como señaló el senador Eric Calcagno y Maillman, «las nociones de familia, desde la publicación de Las estructuras elementales del parentesco, de Levi Strauss –hay, por lo menos, 156−, son variadas y diversas según los tiempos, las culturas y los espacios. A veces, incluso en un mismo espacio, cuando pasa el tiempo, cambian esas formas».
Por su parte, la fueguina Rosa Díaz apuntó, con lucidez, a las verdaderas raíces del miedo y de los discursos apocalípticos. Para quienes se oponen a la ley, dijo, el verdadero peligro es «el deseo ajeno». «Se oponen al placer, a la anticoncepción, al aborto, al lesbianismo, a la homosexualidad, al travestismo, a transgeneridad, a la autonomía personal, a la diversidad humana, a la libertad de expresión. Fomentan la discriminación, la agresión que pesa sobre lesbianas, travestis, transgéneros, transexuales, gays y que muchas veces nos cuesta la vida. No hay libertad posible cuando el Estado y los sectores de poder controlan aspectos tan elementales de las personas». Y su colega neuquino Marcelo Fuentes pidió lo imposible: «Simplemente tengamos el coraje de despojarnos de las hipocresías que básicamente encierran nuestros propios temores sobre esa elección sexual».
Al día siguiente de la aprobación de la ley, la jueza de paz de General Pico, Marta Covella, aseguró que no estaba dispuesta a casar a parejas homosexuales . «Dios no aprueba las cosas malas», aseguró. En el mismo sentido se pronunció Alberto Arias, jefe del Registro Civil de Concordia, Entre Ríos, quien realizó una presentación de objeción de conciencia para que se lo excuse de intervenir en estos matrimonios.
Que el amor, cuando no acata determinados mandatos, es una «cosa mala» no es novedad para la jerarquía eclesiástica y sus adeptos. La Congregación para la Doctrina de la Fe, órgano encargado de custodiar la doctrina de la Iglesia, lo ha explicado en más de una oportunidad. La homosexualidad, dice en la Carta a los obispos sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, es «una tendencia hacia un comportamiento intrínsecamente malo desde el punto de vista moral. Por este motivo la inclinación misma debe ser considerada como objetivamente desordenada».

Porque sí

«Es así porque es así». Esa fue la respuesta que dio la mayoría de los asistentes a la marcha contra la igualdad a los que Acción les preguntó por qué el matrimonio sólo puede estar constituido por un varón y una mujer. «Porque lo dice Dios», se arriesgó un muchacho de Pergamino. Exactamente lo mismo que le había respondido el diputado Olmedo cuando, en el canal C5N, María Rachid le preguntó: «¿quién define lo que es natural?».
–¿Y qué pasa con quienes no creen en Dios? –insiste Acción en la Plaza Congreso.
–Y, no sé –responde el joven de Pergamino–; es problema de ellos.
«Ellos»: el pronombre de tercera persona del plural sobrevoló toda la discusión sobre el matrimonio igualitario con un claro tono discriminatorio. Ellos, los que pecan, los que no pueden procrear, los que no podrán realizarse ni ser felices, los que desafían a Dios, al derecho natural, a la ley y a las probabilidades estadísticas. Mientras los sectores conservadores de la sociedad se afanan por marcar con un trazo cada vez más grueso la línea que separa su «nosotros» de su «ellos», los movimientos lgBT han comenzado a hacerla estallar en pedazos.
La plaza de los cruzados naranjas fue una plaza pequeña, excluyente. Basta un breve diálogo con las señoras abrigadas con tapados de piel, con los elegantes señores, con las chicas de cortísima pollera tableada de colegio confesional subsidiado con dineros públicos, para advertir que, para la gran mayoría de ellos, el mundo termina donde terminan sus narices. No es nada nuevo ni son los únicos; es algo que suele suceder. Mientras gran parte de la humanidad se dedica a mirarse el ombligo, hay minorías que, al luchar por sus derechos, se encargan de mostrarles que hay otras cosas más allá. A esas minorías, las mayorías deberían agradecerles. Porque las ayudan a ver mejor y a ampliar los límites de lo posible.



MARÍA RACHID

«Va a cambiar la vida cotidiana»

Cansada, feliz, emocionada, María Rachid, presidenta de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transexuales (LGBT) y una de las principales referentes de la lucha del movimiento por la diversidad sexual, dice que la sanción de la ley fue «como un sueño que se hace realidad. Por más que supiéramos que se iba a convertir en ley, el momento de escuchar “33 a 27”, fue una gran emoción».
–¿Te imaginabas que el tema iba a tener tanta repercusión?
–Sí, de lo que no estábamos seguros era de que realmente se iba a aprobar. En realidad, el tema del matrimonio ya era una realidad en la Argentina. De los siete jueces de la Corte Suprema, seis ya habían firmado a favor del matrimonio para todos y para todas y había ya nueve matrimonios logrados. Por lo tanto, ya sabíamos que esto era una realidad dentro de la sociedad argentina. Pensábamos que era muy posible que se aprobara la ley, pero no estábamos convencidos de que así iba a ser. De hecho, hasta las tres y pico de la mañana hubo marchas y contramarchas, propuestas de modificaciones, etcétera. que nos mantuvieron hasta el último momento con cierta incertidumbre. Cuando nos enteramos de la aprobación, lloramos todo. Primero, por el alivio que traía ese reconocimiento de la igualdad y segundo, por lo que va a implicar para tantas familias y para tantas personas.
–¿De qué manera esta igualdad jurídica se traduce en igualdad social?
–Después de la sanción de la ley, nosotros teníamos el Congreso Nacional de la Federación y el Encuentro Nacional de la Juventud. Y fue muy emocionante, porque había un montón de jóvenes que relataban cómo en esos días habían llamado sus padres –padres con los que quizá no habían hablado o que habían reaccionado mal cuando se enteraron de que sus hijos eran gays o lesbianas– para felicitarlos y para decirles que estaban muy contentos con la ley. Por lo tanto, en la vida de esas familias, la ley ayudó mucho, ayudó a esos padres a comprender mejor a sus hijos. Y creo que, del mismo modo, va a ayudar a un montón de personas a entender y a celebrar las diferencias. Va a cambiar la vida cotidiana de muchos y va a hacer que mucha gente pueda acceder a la felicidad.
–¿Sufriste algún tipo de agresión por parte de quienes se oponían a la ley?
–En las audiencias públicas, que estaban organizadas por el Opus Dei, la Asociación de Iglesias Católicas y por la senadora Negre de Alonso, se presentaban grupos de gente a decirnos barbaridades. Nos han dicho que somos una porquería, lacras, delincuentes, personas con tendencia al suicidio, al incesto. Esas fueron las palabras textuales y literales. Y están las versiones taquigráficas para comprobarlo. Ahora bien, respecto de la gente en la calle, en el supermercado o en cualquier lado donde vamos, no hacen más que felicitarnos y darnos su apoyo.
–¿Cuáles son los reclamos y las luchas que vienen ahora?
–Tenemos una urgencia y una prioridad muy importante respecto de las personas trans. Estas personas tienen un promedio de vida, en Argentina, de 35 años, producto de la discriminación, de la extrema marginación y de la exclusión en la que viven. Las personas trans deben ser una prioridad en lo que tiene que ver con las políticas públicas y con leyes que sirvan de herramienta para revertir esta situación. Por ejemplo, la ley de Identidad de Género. Por medio de esta ley, ellos van a poder cambiar sus datos registrales, esto es, sus documentos, sus partidas de nacimiento, los padrones electorales, porque el reconocimiento de su identidad va a ayudar a luchar contra la discriminación.


Juan Marco Vaggione*

Toda sexualidad es política

–¿Qué representa para la sociedad argentina la sanción de la llamada ley de matrimonio igualitario?
–Por un lado, genera una serie de derechos para personas que estaban desprotegidas por el sistema legal vigente, tanto en sus roles de parejas como en el de padres y madres. En este sentido, es un paso más en la democratización de las relaciones interpersonales, otorgando derechos a un sector de la población que estaba en los márgenes de la legalidad. Por otro lado, la ley también debe ser pensada como una etapa más en la construcción de sexualidades más libres y diversas. El significado de la sexualidad ha ido cambiando a través del tiempo y si en algún momento sólo se legitimaba las relaciones sexuales con potencialidad reproductiva dentro del matrimonio (posición que aun defiende la jerarquía católica), en la actualidad se van reconociendo cada vez más otras dimensiones importantes como el placer, la autonomía, la voluntad, la comunicación, etcétera.
–¿Por qué la Iglesia y los sectores conservadores están tan preocupados por la sexualidad de las personas?
–Frente a un mundo más diverso y plural, algunas tradiciones religiosas han tomado una postura más rígida, defendiendo una moral sexual conservadora. La jerarquía del Vaticano, encabezada por los dos últimos Papas, es un claro ejemplo. Frente al creciente rol del feminismo y del movimiento por la diversidad sexual, la jerarquía católica ha dogmatizado aún más su postura, transformando la defensa de una concepción tradicional de la sexualidad en una prioridad política. La jerarquía de la iglesia y los sectores conservadores tienen claro que el control de la sexualidad, así como la definición de que se entiende por familia, es una forma importante de ejercicio de poder social y esto es precisamente lo que sienten amenazado cuando se discuten leyes como ésta.
–¿Cree que la mayoría de los católicos argentinos comparte la visión tradicional de la Iglesia católica sobre la familia, el amor, la sexualidad?
–Uno de los cambios culturales más importantes ha sido, precisamente, la forma en que los y las católicas han modificado su forma de creer. Si uno se fija en encuestas de distintos países de Latinoamérica, puede observar cómo los y las creyentes articulan su identidad religiosa con una postura favorable hacia los derechos sexuales y reproductivos en general, como los anticonceptivos, la educación sexual, la despenalización del aborto o el reconocimiento de derechos a las parejas del mismo sexo. Esto también pasa a nivel de los líderes religiosos y se hizo evidente en las declaraciones de algunos sacerdotes apoyando la reforma legal. No son manifestaciones aisladas y excepcionales, sino que son la parte más visible de un movimiento que recorre el interior de la comunidad católica.
–¿En qué medida la sanción de esta ley ha sido fruto de la lucha del movimiento LGBT y cuánto ha influido el presunto enfrentamiento entre el Gobierno Nacional y la jerarquía eclesiástica?
–No tengo dudas de que cambios legales como éstos son principalmente resultado del esfuerzo sistemático, continuo, valiente, del movimiento LGBT y su más de cuatro décadas, con discontinuidades, de politizar la sexualidad. Por supuesto que los distintos momentos históricos presentan diferentes oportunidades políticas. Los 90 fueron un momento de cierre, de clausura para los derechos sexuales y reproductivos en general. Durante los últimos años, sin embargo, se han abierto nuevas posibilidades. Y, más allá de las especificidades y de los intereses particulares, la democratización de la sexualidad implica enfrentamientos y oposiciones del poder político con el poder religioso. Para que una ley como la de matrimonio para personas del mismo sexo sea aprobada se requiere, además de una sociedad civil que empuje la agenda, de líderes políticos que estén dispuestos a confrontar con una jerarquía católica que, sin dudas, intentará de diversas formas, como lo vimos en Argentina, evitarla.

*Profesor adjunto de Sociología en la Universidad Nacional de Córdoba e investigador del CONICET.


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