jueves, 15 de noviembre de 2007

Los amores difíciles

Criticar la liviandad del amor contemporáneo es ya casi un lugar común de las conversaciones cotidianas, los análisis filosóficos y las historias de ficción. Debilitado el matrimonio tradicional, las relaciones actuales –menos rígidas y más equitativas, pero también más frágiles– privilegian, ante todo, la libertad individual. Aproximación al mundo de la intimidad en un tiempo de transición entre los viejos mandatos y los nuevos vínculos.

Como el petróleo, como los mercados, como River, como las hipotecas y la economía global, el amor está en crisis. No hay encuestas que lo demuestren ni censos que lo atestigüen, pero se percibe en ciertas cifras –el aumento incesante de la cantidad de personas que viven solas, en nuestro país y en el mundo– y se adivina también en las charlas de café, en los relatos de los que aman o intentan amar y en la angustia casi eterna de los solos y solas que cuentan sus historias en programas radiales de trasnoche y en la proliferación de empresas dedicadas a ayudar a personas insatisfechas por motivos amorosos (líneas telefónicas de encuentros, nuevas versiones televisivas del clásico Yo me quiero casar, fiestas para solos y solas, servicios de “citas express”). Pero también en la euforia de los “neosolteros”, que hacen de su estado civil un motivo de orgullo y reniegan de aquel viejo postulado según el cual la felicidad, necesariamente, debe conjugarse en plural.
Porque falta, porque sobra, porque se escabulle, porque es demasiado ligero o demasiado pesado, el amor, “la más maravillosa técnica de la felicidad”, en palabras de Freud, es hoy, con demasiada frecuencia, más fuente de insatisfacciones que de contentos. Y esto ocurre, paradójicamente, cuando las relaciones amorosas parecían haberse despojado de las pesadas cadenas que las oprimían en otros tiempos: los tabúes sexuales, la moral tradicional, las viejas identidades de género.

Amores eran los de antes
“En cierto modo somos más libres, pero también estamos más solos”, asegura en su libro Sexo y amor el psicoanalista Emiliano Galende. El sujeto de su afirmación, ese “nosotros”, son los hombres y mujeres de comienzos del siglo XXI, heterosexuales u homosexuales, jóvenes o maduros, casados o solteros que, al haberse liberado, al menos parcialmente, de los mandatos que constreñían a sus padres y abuelos, se han librado también de las certidumbres y la comodidad que esos mandatos ofrecían. “El amor no es más fácil de vivir en la libertad que en la coerción”, asegura la escritora francesa Dominique Simonnet. Por su parte, el filósofo polaco Zygmunt Bauman acuñó la expresión “amores líquidos”, que da título a uno de sus últimos libros, para referirse a esa empecinada tendencia del amor contemporáneo a perder solidez y presencia, a despojarse de compromisos y promesas, a derivar en relaciones livianas, efímeras, inofensivas. Según Bauman, el capitalismo triunfante ha colonizado, con su lógica de costo-beneficio, la totalidad de la vida social, incluido, claro está, el territorio de la intimidad. Desde esta perspectiva, el otro es una mercancía; las relaciones, una transacción y el amor, un mal negocio, ya que encierra, siempre, el riesgo de perder, de depender, de tener que resignar libertad o proyectos a cambio del equívoco beneficio de compartir la vida con alguien. "La moderna razón líquida ve opresión en los compromisos duraderos –señala Bauman–; los vínculos durables despiertan su sospecha de una dependencia paralizante. Esa razón les niega sus derechos a las ataduras y los lazos”.
Frente a las potenciales pérdidas y ganancias, la ecuación suele resolverse a favor de la propiedad privada del alma, y la soltería se convierte en la opción más rentable a la hora de conservar el dominio de sí mismo y de otros bienes, materiales y simbólicos: desde el dinero hasta la independencia de horarios o la potestad para elegir el color de las cortinas y el sabor del dentífrico. Además, según indica la ley de la reproducción de las especies, el dos suele terminar por convertirse en tres, y en más también.
En nuestro país, la cantidad de solteros viene creciendo sin pausa desde la década del 80. Según el último censo nacional, el 24% de los hombres y mujeres de entre 30 y 60 años no tiene pareja. Las personas que viven solas, que en 1960 eran el 7% del total de los hogares del país y en 1980, el 10%, hoy llegan al 17%. En Buenos Aires, representan el 26% de los habitantes.
La idea de que formar una familia no es el destino obligado de todo ser humano tiene su manifestación más radical en el llamado movimiento single o impar, neologismos para nombrar a los que antes se denominaban simplemente solteros. Más que un estado civil, aseguran los cazadores de tendencias, ser single es una definición de identidad. Aunque en la Argentina el fenómeno es aún incipiente, los impares del Primer Mundo reivindican la independencia que les otorga su condición y pueden dedicarse sin ataduras a su formación profesional, al diseño minimalista de sus lofts, a comprar alimentos y bebidas premium en almacenes gourmet y desplegar otros hábitos de consumo que los especialistas en marketing, que ven en este segmento a un nuevo modelo de consumidor ideal, han registrado en detalle. En tanto, el repertorio de verdades que da cuerpo al llamado sentido común acepta cada vez más la idea de que la felicidad no es incompatible con la soledad. “La sociedad en general es consciente de que lo que lleva a la imparidad no es el egoísmo, sino la búsqueda de la felicidad y de uno mismo. Que queremos compartir por devoción y no por obligación. En ese sentido, ahora somos incluso envidiados”, asegura la editora española Conchín Para, directora de la revista Impar, fundada hace seis años en Madrid y orientada a uno de los nichos de mercado más prometedores de estos tiempos.
“Hasta hace poco tiempo –señala por su parte Irene Meler, coordinadora del Foro de Psicoanálisis y Género de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires–, la soledad fue considerada una condición desfavorable y dolorosa, y los sujetos que vivían solos sufrían algún tipo de estigma social, especialmente si se trataba de mujeres. Esta concepción colectiva reforzaba la presión hacia la constitución de parejas, expresada en forma directa en muchos casos por parientes y amigos”. La presión y la discriminación han disminuido y hoy “es posible advertir una tendencia, incipiente aún en nuestro medio y más evidente en los países desarrollados, a considerar que la soledad entendida como falta de pareja es un estado posible y no fatalmente desdoroso o desventajoso, que puede darse de forma permanente o durante ciertos períodos de la vida adulta”.
Aunque desde revistas y sitios web especializados, los singles aseguran que “la soltería es un estado en el que el hombre o la mujer han ganado independencia”, la imagen despreocupada de los neosolteros contrasta con la intensa necesidad de encuentro con el otro que parece expresar la proliferación de nuevas opciones para unir a corazones solitarios. Chats, líneas telefónicas, bares, tours, cruceros, grupos de reflexión, entre otros emprendimientos que basan sus beneficios económicos en las dificultades que parecen expermientar hoy los varones y las mujeres para encontrarse –y eventualmente amarse– por sus propios medios. La novedad en este rubro son las llamadas citas exprés, multicitas o speed dating, promocionadas por la empresa 10en8 como una manera “novedosa, rápida y divertida de conocer gente para ampliar tu círculo social y encontrar pareja con efectividad comprobada”. El sistema, creado en 1998 en Los Angeles como estrategia de la comunidad judía para evitar los matrimonios mixtos, consiste en encuentros entre varones y mujeres de edades similares que se van turnando para conversar durante ocho minutos con cada uno de los participantes del otro sexo, como si jugaran partidas simultáneas de ajedrez. Cada participante tiene la posibilidad de conocer desde 8 hasta 25 personas en una sola noche y si alguna le interesa, y el interés es mutuo, iniciar una relación. El costo de las citas, que incluye copa de bienvenida y sorteos, es de 50 pesos.

Solos o mal acompañados
Algo, evidentemente, está cambiando: podría decirse que de la dictadura del amor obligatorio se está pasando a cierta desvalorización del amor, que está siendo considerado, cada vez más, como un enemigo de la libertad personal. Para Galende, la autonomía “es una de las alegrías tontas de la cultura superficial e ingenua que estamos viviendo. No existe la vida absolutamente autónoma, y una de las alegrías tontas de esta cultura es imaginar que somos más independientes por tener menos compromisos con los otros, como si fuera posible encontrar alguna felicidad en uno mismo”. Y el amor, agrega el psicoanalista, “es incompatible con el discurso de la autonomía”.
Que estos sean tiempos de amores ligeros, que escaseen la estabilidad y el compromiso no significa, sin embargo, que todo tiempo pasado haya sido mejor. La nostalgia de los viejos amores sólidos es engañosa, porque es, al mismo tiempo, nostalgia de todo lo que aquellos amores impicaban: los viejos roles de género, la vieja y asimétrica distribución del poder entre varones y mujeres, la vieja –pero no extinta– sociedad patriarcal. Se podría decir, como lo hace el sociólogo mexicano Alberto Matamoros, que los varones siempre amaron líquido (es decir, gozaron, aún en el marco del matrimonio tradicional, de cierto grado de libertad sexual abierta o encubierta) y las mujeres, en cambio, se vieron obligadas a amar sólido, a profesar fidelidad, a ser buenas madres y esposas, a reprimir sus deseos. Quizá la crisis del amor no sea otra cosa que la crisis del modelo de pareja que reinó durante siglos: el matrimonio formal heterosexual, sostén, con todo su cortejo jurídico y económico, del patriarcado. El modelo, tal como explica Galende, implicaba, para el varón, la distinción entre la mujer pura y la de la calle, entre la sexualidad controlada de la esposa y la sexualidad libre de la amante. El amor era una cosa y el deseo, otra, y las reglas, muy distintas para varones y mujeres. “La monogamia y la exclusividad sexual –aclara el psicoanalista–, tanto en el matrimonio como en las parejas formales, fue sin duda una creación de los hombres, responde a sus necesidades subjetivas y ha estado destinada a controlar la sexualidad de las mujeres, ya que, evidentemente, esta exigencia no rigió nunca para ellos mismos”. Frente a los cambios que han impulsado mujeres cada vez más dispuestas a asumirse como sujetos iguales tanto en el mundo público como en la intimidad, los varones se preguntan: “¿cómo asumir el compromiso y la pasión con alguien que no renuncia a su libertad y que puede comportarse como él mismo, es decir, desear sexualmente a otro, engañar y ser infiel? ¿Por qué proteger, cuidar, mantener, dar seguridad, prometer continuidad y estabilidad a alguien que no está dispuesta a entregar a cambio la fidelidad, la excluisividad, el sometimiento al matrimonio y la maternidad?”.
Las mujeres se encuentran mejor posicionadas para el cambio, porque son sus protagonistas, pero a pesar de los avances, experimentan, según Meler, “deseos contradictorios. Por una parte anhelan la protección masculina y el homenaje narcisista característico del galanteo tradicional. Pero no quieren pagar el precio que oblaron sus madres y abuelas: infidelidad, dependencia económica, amenaza de desamparo si se pierde el favor del amo, violencia”.
Quizá en esa tensión entre los viejos mandatos y las nuevas libertades puedan entenderse los vaivenes que en las sociedades contemporáneas parece sufrir el amor, y la ambivalencia que consistuye uno de sus atributos más notorios. “Si bien se dice conscientemente estar de acuerdo con los nuevos pactos de pareja –asegura Galende–, las significaciones y demandas inconscientes siguen siendo las de siempre, tanto en hombres como en mujeres”.

Cuestión de poder
Los viejos modelos de pareja, ya superados en la práctica y en el discurso, siguen viviendo, fragmentarios y encubiertos, en la subjetividad de quienes encaran cada día la aventura de compartir la vida con otra persona. Es probable que los malentendidos sean la lógica consecuencia de un mayor grado de libertad, síntomas de cambio, efectos no deseados de la gradual reducción de las asimetrías de poder entre varones y mujeres.
Claro que, además, el amor no está solo. Allí está, por ejemplo, el mercado, imponiendo a las relaciones amorosas su inflexible lógica de costo-beneficio e instalando nuevos criterios que amenazan con excluir de los intercambios amorosos a quienes no se adaptan a ellos (viejos, gordos, pobres, feos). También están el mundo exterior y sus problemas: el desempleo, la pobreza y otras variantes de la crisis. Y la interminable serie de discursos que han logrado traspasar las puertas antes infranqueables de la intimidad: el discurso jurídico de la igualdad, el discurso médico de la normalidad, el discurso del rendimiento sexual, de la realización personal, del éxito laboral. Y, en el medio, están ellos, hombres y mujeres que, a pesar de todo, siguen buscando en ese laberinto alguna forma de encuentro.
Acción 990, segunda quincena de noviembre de 2007

domingo, 15 de julio de 2007

Enfermedades a medida


Una pastilla para cada enfermedad y una enfermedad para cada persona: tal podría el lema del floreciente “mercado del malestar”, que amenaza con convertir a las sociedades más o menos desarrolladas en una especie de paraíso del hipocondríaco, donde cualquier estado o proceso –desde la calvicie hasta la ansiedad, pasando por el embarazo, la tristeza, la menopausia, la vejez o la baja estatura– es susceptible de ser tratado como un problema médico. Intereses económicos en juego en la invención de nuevas dolencias.


Woody Allen puede estar contento: las sociedades de principios del siglo XXI se encaminan, según numerosos indicios y opiniones, a una especie de paraíso del hipocondríaco, donde cualquier ser humano puede encontrar, en el extenso catálogo de patologías disponibles, el cuadro que se ajuste a su personalidad o a su síntomas. Día a día surgen nuevos nombres para enfermedades que antes no lo eran, y viejos dolores humanos se convierten en síndromes, déficits y trastornos gracias a una nueva –¿más científica?– manera de mirarlos.
Una persona triste no es más una persona triste sino alguien que presenta un déficit en los niveles de serotonina. En tanto, quienes necesitan mover sus extremidades con frecuencia pertenecen al grupo de aquejados por el “síndrome de piernas inquietas”. Señoras y señoritas particularmente susceptibles a los cambios hormonales de su ciclo ya no necesitan recurrir a eufemismos para explicar que están en “esos días”: hoy pueden esgrimir un convincente “trastorno disfórico premenstrual”, recientemente incluido en los manuales diagnósticos. Muchos de los que antes eran simplemente tímidos hoy son fóbicos sociales y los niños aburridos o demasiado inquietos sufren del trastorno por déficit de atención. Según la nueva nomenclatura de los estados patológicos, todos podríamos llegar a estar enfermos: de tristeza o de soledad, de ansiedad o de vejez, de aburrimiento o de embarazo, de infelicidad o de calvicie. Y la vida entera de un individuo puede ser considerada a partir del multipropósito par de opuestos salud-enfermedad: desde el íntimo territorio de la sexualidad hasta fenómenos sociales como el delito o la violencia.
La revista British Medical Journal habla de “no-enfermedades” para referirse a las cuestiones (problemas, procesos, condiciones) que suelen ser definidas desde criterios médicos, pero que podrían ser mejor entendidos y solucionados si fueran abordados de otra manera. Entre los ejemplos de “no enfermedades” que surgen de una encuesta realizada en abril de 2002 entre los lectores de la publicación británica figuran el envejecimiento, el aburrimiento, las bolsas bajo los ojos, la calvicie, las canas, la celulitis, la fealdad, el nacimiento, la resaca, la preocupación por el tamaño del pene, el embarazo y la soledad.

Santo remedio
“Mi sueño es hacer medicamentos para la gente sana”. La frase, profética, clara y quizás algo cándida, fue pronunciada en 1978 a la revista Fortune por Henry Gadsden, entonces director de la compañía farmacéutica Merck, A punto de jubilarse, Gadsden lamentaba que el mercado potencial de la empresa estuviera limitado a las personas enfermas, y soñaba con que su compañía fuera similar a la fábrica de chicles Wrigley's: que pudiera venderle a todo el mundo. Citadas profusamente por periodistas y militantes antimercado, las declaraciones de Gadsden se convirtieron en una especie de confesión de parte. “Treinta años después –señalan los investigadores Ray Moynihan (australiano) y Alan Cassels (canadiense)– el sueño se hizo realidad”. En un libro de título más que elocuente –Selling sickness, traducido al español como Medicamentos que nos enferman– dicen que este sueño, además, se convirtió en el motor de una imparable maquinaria comercial manejada por las industrias más rentables del planeta”.
En el prólogo, Moynihan y Cassels aseguran que la idea de que las compañías farmacéuticas, junto con otros actores del mercado de la salud, ayudan a crear nuevas enfermedades, puede sonar extraño para la gente común , pero resulta algo absolutamente familiar para quienes trabajan en el sector. Y citan un informe de la consultora Reuters Business Insight diseñado para ejecutivos de la industria, donde se asegura que la habilidad para crear nuevos mercados de la enfermedad está generando ganancias multimillonarias. Una de las principales estrategias, dice el informe, es intervenir sobre el sentido común, convirtiendo a “procesos naturales” en condiciones médicas. Hay que convencer a las personas de que “problemas que previamente habían aceptado como un mero inconveniente, son merecedoras de intervención medica”.
Según Moynihan, el ejemplo más reciente en materia de invención de enfermedades es la llamada “disfunción sexual femenina”. En un artículo publicado en el British Medical Journal de enero de 2003, señala que, tentadas por la posibilidad de obtener ganancias similares a que les prodigó la comercialización del Viagra, los gigantes de los medicamentos apuntan ahora a un nuevo blanco: “las mujeres descontentas con su vida sexual”. El mecanismo es más o menos el mismo en todos los casos: en congresos que cuentan con amplio financiamiento de compañías farmacéuticas, profesionales que también mantienen estrechos lazos con la industria presentan una nueva definición de enfermedad a sus colegas, a la comunidad en general y, sobre todo, a los medios de comunicación (que se encargarán de difundirla entre los potenciales nuevos “enfermos”).
En Estados Unidos fue notable el éxito que logró la promoción del llamado “síndrome de ansiedad social”, del que se empezó a hablar a fines de la década del 90. Se trata, según el folleto de un laboratorio, de “una enfermedad real y muy frecuente, que puede tener serias consecuencias en quien la padece. El elemento clave del TAS es la ansiedad y temor extremos, causados por la posibilidad de ser juzgado por los demás o comportarse en una forma que podría ser vergonzante o ridícula”. La campaña de marketing comenzó en 1999: durante ese año, hubo más de mil millones de menciones a la nueva enfermedad en los medios de comunicación estadounidenses. Expertos y asociaciones de pacientes daban a conocer los síntomas de esta verdadera epidemia (se aseguraba que afectaba a 33 millones de personas) cuyas causas consistirían en “una combinación de factores biológicos y circunstancias de la vida”. Afortunadamente, justo a tiempo apareció el antidepresivo Paxil (cuyo principio activo es la paroxetina), “el único medicamento aprobado por la FDA para el tratamiento de la ansiedad social”, según se promocionaba.

La era del soma
Seguramente, Aldous Huxley, uno de los autores más citados a la hora de imaginar futuros –o describir presentes– oscuros, en los que la medicina y la biología funcionan como instrumentos de control social, podría sonreír frente al notable incremento del uso de psicofármacos para aliviar síntomas leves o tratar estados que, aunque implican cierto grado de sufrimiento, forman parte de los altibajos emocionales propios de la vida. En nuestro país, según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, la venta de ansiolíticos y antidepresivos sigue siendo la de mayor facturación. Una investigación publicada el año pasado en la Revista Argentina de Psiquiatría revela que el 15 por ciento de los porteños consume psicofármacos, cifra que supera el 3,5 por ciento del Reino Unido, el 5,5 por ciento de Estados Unidos, el 6,4 por ciento de Europa o el 7,2 por ciento de Canadá.
Las pastillas se han convertido en un recurso para lidiar con problemas cuya solución o tratamiento resulta doloroso, difícil o exige tiempo, en una sociedad acostumbrada a la satisfacción inmediata y el fast-food. Ha descendido el umbral de tolerancia de las personas comunes –señala la psicoanalista francesa Elizabeth Roudinesco– a “los sufrimientos inevitables habituales, a las dificultades y pruebas de la existencia”. En este contexto, los medicamentos ya no se usan solo para curar enfermedades. Hoy, advierte el filósofo y bioeticista Carl Elliott, “se recurre a ellos para lograr la felicidad”. Sin dudas, el Prozac, conocido, precisamente, como “la píldora de la felicidad”, inauguró en los años 80 una línea en la que se inscribirían después el Viagra y la paroxetina –rebautizada por las mentes brillantes del marketing como “píldora de la timidez”–, entre otros fármacos. La –hasta ahora– última etapa de esta carrera por disponer de un cuerpo y un alma a medida es la llamada “píldora antimenstruación”, aprobada el 22 de mayo de este año. Se trata del anticonceptivo Lybrel, que, mediante su administración durante los 365 días del año, sirve para eliminar completamente el período menstrual
El argumento central de quienes defienden el uso de medicamentos (sobre todo psicofármacos) entre gente sana es que evitan el sufrimiento y ayudan a superar dificultades. Entre ellos está el psiquiatra Peter Kramer, autor del libro Escuchando al Prozac. “¿Cuál es la verdadera personalidad de un individuo –se pregunta Kramer–, la que tiene cuando no está medicado o la que logra cuando, con pastillas, su neurotransmisión mejora? ¿Por qué es éticamente tolerable la cirugía plástica para los que no están contentos con su cuerpo y no va ser comprensible el que alguien consiga, con un fármaco, adaptarse mejor a la vida diaria y ser, por tanto, más feliz?”.
Quizás no haya tanta distancia como parece entre la utilización light de estos fármacos para “adaptarse mejor a la vida diaria” y su uso para acallar un malestar que es consecuencia directa de causas sociales: situaciones de subordinación, violencia familiar, distintas versiones de la injusticia. Uso o prescripción que han criticado autoras feministas como Mabel Burín, especialista en género y salud mental, quien asegura que “los síntomas de ansiedad, tristeza, tensión, enojo, que expresan mujeres hacia sus condiciones de vida se han vuelto cada vez más medicalizados en nuestra cultura: han obtenido el status de ‘enfermedad’. Lo que resulta llamativo es cómo las mujeres mismas han internalizado el estereotipo de su fragilidad y vulnerabilidad, de su inadecuación, y de la idea de que deberían acudir al médico en busca de ayuda cuando esto sucede. Y aunque oscuramente perciben que los psicofármacos no constituyen ninguna solución a sus problemas, parecería que no pueden más que someterse a esa prescripción”.
También los niños están siendo cada vez más medicados con psicofármacos debido al sobrediagnóstico de una patología relativamente nueva –y sumamente cuestionada–: el trastorno por déficit de atención, un rótulo con el cual, según señala el pediatra Mario Brotsky, “se han empaquetado y se está medicando indiscriminadamente con un psicofármaco peligroso a muchos chicos que no prestan atención y son inquietos en clase”.
Mujeres angustiadas por su situación, chicos destatentos y desatendidos; trabajadores estresados por exigencia desmedidas; gente deprimida por la falta de trabajo: en ese territorio de frontera entre lo subjetivo y lo social, el intento por reducir el sufrimiento humano a categorías médico-biológicas puede servir, entre otras cosas, para silenciar los gritos con que algunos individuos denuncian, a veces sin saberlo, y a costa de mucho sufrimiento, que algo anda mal cerca de ellos.


Luis Hornstein
Pastillas para no pensar

–¿Podría decirse que hay en nuestras sociedades una tendencia a considerar al ser humano como un ser exclusivamente biológico?
–Hay una tendencia reduccionista que puede provenir tanto de la biología como de la psicología o la sociología. El verdadero problema no es tanto el biologicismo en sí sino el reduccionismo. Entonces, efectivamente, hay una tendencia a pensar en términos reduccionistas en lugar de pensar en términos de complejidad, y esto vale por supuesto para la psiquiatría y para el psicoanálisis como para aquellos que estén en el campo de la investigación biológica o genética. El verdadero desafío actual es poder pensar en términos complejos, y lo psíquico en particular implica un nivel enorme de complejidad.
–¿Cómo juega en este contexto la industria farmacéutica?
–Hay una investigadora que compara a la industria farmacéutica con un gorila de 350 kilos, que hace lo que se le da la gana. Hoy la industria está determinando una visión reducida de la subjetividad, según la cual se supone que lo único que tiene que hacer alguien que tiene que lidiar con el sufrimiento es saber qué pastillas tomar.
–¿La industria está generando este proceso o se suma a una tendencia ya existente e intenta sacar ventaja de eso?
–Muchas veces las investigaciones científicas están muy determinados por ciertos intereses, por ciertos fondos que estimulan cierto tipo de estudios y desestimulan otros. Siempre se dice que cada vez que los estudios bajan el índice de colesterol deseable en un miligramo, esto equivale a mil millones de dólares de mayor venta de medicamentos contra el colesterol..
–¿Como influyen los laboratorios en las formas de entender la enfermedad por parte de los médicos?
–Uno de los debates pendientes es que los laboratorios prácticamente financian la educación médica. Y lo que los laboratorios intentan no es solamente que los médicos receten medicamentos sino que receten nuevos medicamentos y desacreditan los medicamentos que ya no pagan licencia. En la Argentina los laboratorios saben, a través de las farmacias, qué recetó cada médico, y los grandes recetadores qe reciben grandes obsequios de los laboratorios. Pero además están los formadores de opinión, que también reciben viáticos, viajes, invitaciones a congresos…
–¿Hoy la gente es menos tolerante al malestar?
–Sí, hay una idealización de la falta de conflictos, como si lo propio del ser humano no fuera procesar conflictos. Hay sufrimientos que son necesarios para la elaboración de los conflictos y hay sufrimientos excesivos. La medicación está indicada cuando el nivel de sufrimiento es tal que no le permite a esa persona procesar su conflicto de ninguna manera. Si una persona tiene una depresión severa, es inhumano no medicarlo. Pero si tiene una depresión llamada reactiva, relacionada con una pérdida laboral, con una separación, etc., medicarlo equivale a no dejar que recupere recursos para procesar ese sufrimiento. Así como se existe la cirugía plástica, hay una psiquiatría cosmética que supone que se podría resolver todo y ahorrar sufrimientos propios de la vida a través de la medicación. El antidepresivo, por ejemplo, no está indicado para un proceso de duelo, el antidepresivo está indicado en algunas depresiones, ni siquiera en todas las depresiones. Pero el antidepresivo es dado en algunas situaciones para no tener que dialogar con el paciente, porque dialogar con el paciente, para cualquier sistema de salud, es caro. Y exige un esfuerzo distinto por parte del profesional, pero también un esfuerzo distinto por parte del paciente,
–Más allá de los médicos y la industria, ¿hay también por parte de los pacientes una demanda de solución inmediata?
–Sí, para no asumir que hay ciertas situaciones que implican un procesamiento. Además, la medicación puede funcionar como un modo de solucionar, entre comillas, problemas que tienen que ver con lo social, con lo familiar. Si hoy viéramos lo que le puede pasar a un adolescente que no tiene un proyecto vital claro, que no consigue trabajo, y empieza a tener síntomas y simplemente se lo medica, esa medicación tiende a achatar la magnitud de ciertas problemáticas que requerirían otro tipo de planteamientos y otro tipo de soluciones. En este caso, soluciones sociales, políticas o económicas.

Revista Acción Nº 982, segunda quincena de julio de 2007

jueves, 15 de marzo de 2007

La vida breve


En la Argentina mueren jóvenes: más jóvenes que los que deberían morir, más de lo que indica el sentido común y las leyes de la vida. Periódicamente, alguna tragedia en la que pierden la vida adolescentes conmueve a la sociedad, y esa sensación difusa de vivir en un país que no cuida a sus hijos se encarna en rostros y nombres concretos. El incendio de Cromañón o de la discoteca Kheyvis, accidentes de tránsito como el que terminó con la vida de nueve estudiantes de la escuela Ecos, entre muchos otros, son solo la punta del iceberg de una realidad dolorosa y no del todo conocida. En efecto, las tasas de mortalidad juvenil por suicidios, accidentes y homicidios (lo que en términos estadísticos se denomina "muertes violentas") vienen aumentando históricamente, en una tendencia iniciada en los años 90 que, con algunos altibajos, parece mantenerse.

"Mientras cae la mortalidad infantil y aumenta la expectativa de vida –aseguró el ministro de Salud bonaerense, Claudio Mate, el año pasado, al dar a conocer las cifras de la provincia– la tasa de mortalidad de los adolescentes se duplicó en diez años. No ocurría algo así desde la Guerra del Paraguay, en 1865".
80 de cada 100.000 jóvenes de entre 15 y 24 años murieron durante el año 2003, según los últimos datos disponibles en el ministerio de Salud. Durante ese período, las llamadas "muertes violentas" fueron 3593: 611 de ellas correspondieron a accidentes de tránsito, 781 a otra clase de accidentes, 818 a suicidios y 832 a agresiones. Cuando se den a conocer las cifras de 2004, allí estarán incluidas las 194 víctimas de Cromañón y, como ocurre año a año, las incontables víctimas jóvenes del gatillo fácil, que representan, según un informe de la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional, el 70% del total. Por eso, y pese al tratamiento equívoco que a menudo le dan los medios a la también algo equívoca denominación de "muertes violentas", el término no alude a descontroladas bandas de delincuentes juveniles, ni siquiera se vincula en forma directa con la evolución de las tasas de delitos. Por el contrario, cuando se habla de violencia, los jóvenes son, sobre todo, víctimas.
El sociólogo Pablo Bonaldi, docente de la UBA e investigador del Instituto Gino Germani, analizó el fenómeno partiendo de la hipótesis de que la disolución de los lazos sociales en el mundo del trabajo, la familia, la política y la educación, debería tener algún correlato en las tasas de mortalidad. "Un dato sorprendente que encontré es el aumento, muy claro, de las muertes violentas en la población de los más jóvenes, sobre todo de los varones de 15 a 25 años, que es el grupo que experimenta el crecimiento más importante. Mientras para los otros grupos de edad, las tasas bajaban, y el promedio para la población general se mantenía estable, en el caso de los jóvenes aumentaba en forma considerable. El crecimiento fundamental –agrega– se da en la década del 90". Entre 1980 y 1999, mientras el grupo de 0 a 14 años y los mayores de 65 años experimentaron una reducción de más del 15% en las tasas de muertes por accidentes, homicidios y suicidios, entre los jóvenes de 15 a 24 años se produjo un aumento del 28%: se pasó de 46 por cada 100.000 habitantes en 1980 a 59 en 1999. Entre los varones, la tasa, que a principios de los 80 era de 70 por cada 100.000 habitantes, pasó a 96 muertes en 1999, lo que representa un crecimiento del 37%.

Cómo, cuándo, por qué

Padres que lloran a sus hijos; padres que piden justicia; madres del dolor, familiares de víctimas de la tragedia de Santa Fe, familiares de víctimas de Cromañón, Comisión de Familiares de Víctimas Indefensas de la Violencia Social-Policial-Judicial-Institucional, Organización por la vida... Que los padres vean morir a sus hijos no es, en la Argentina de hoy, un hecho excepcional, y si en otros tiempos fue el terrorismo de Estado, y en otras sociedades las guerras, los que operar una dolorosa inversión de las llamadas "leyes de la vida", hoy otros factores, más difíciles de identificar, han hecho de la muerte joven un hecho casi cotidiano. Los nombres de las víctimas y sus historias, que los medios difunden con criterios no exentos de prejuicios de clase (comparar, por ejemplo, las páginas dedicadas al asesinato de Axel Blumberg con el espacio que reciben las víctimas pobres del gatillo fácil), suelen ser rápidamente olvidados. Allí están, por ejemplo, Marcela Brenda Iglesias, la niña de 6 años que murió aplastada por una escultura en el Paseo de la Infanta en 1996. Juan Seoane, Matías Albani, Cristian Tissi y Juan Janón, los adolescentes muertos al derrumbarse el balcón del departamento en el que veraneaban en Pinamar en 1992; Camila Arjona, la adolescente de 14 años y embarazada de casi cinco meses, asesinada en abril de 2005 por un agente de la Policía Federal en la villa 20. Celia Carman y su hija Vanina, atropelladas en 1999 por Sebastián Cabello, un joven de 19 años que corría una picada por la Avenida Cantilo; Ariel Malvino, muerto en Ferrugem, Brasil, y Matías Bragagnolo, muerto en Recoleta, Buenos Aires, tras sendas peleas con otros jóvenes; Judith Calibar, de 10 años, muerta en 1996 al tocar la cerca electrificada de un vecino; Julio César Salinas, de 12 años, asesinado a puñaladas por un vecino por haber agujereado el vidrio de su casa de un piedrazo en Palermo, cerca de las vías del ferrocarril San Martín. Ezequiel Demonty, muerto en el Riachuelo en setiembre de 2002, luego de ser obligado a arrojarse al agua por efectivos de la Policía Federal. Sandra Mónica Banegas, una de los 22 adolescentes que se suicidaron en la localidad santacruceña de General Las Heras entre 1997 y 2000. Lorena Martínez (13), muerta tras ser alcanzada en el cuello por una bengala en el complejo Mundo Marino en 1992.
¿Tienen algo en común estas muertes? ¿Es lícito agrupar en una misma categoría hechos aparentemente tan disímiles como un caso de gatillo fácil, un suicidio y un accidente de tránsito? Para Bonaldi, "la categoría de muerte violenta es bastante heterogénea, pero es posible pensar a estas muertes, más allá de sus diferencias, como un efecto del proceso de desintegración social que ha vivido la Argentina. Más allá de las diferencias, estas formas de violencia son parte de un mismo fenómeno". El sentido común –agrega Bonaldi– "lleva a percibir a los accidentes como hechos fortuitos, que ocurren en forma imprevisible y sin responder a la voluntad de nadie, lo que obstruye la posibilidad de interrogarse seriamente por sus causas sociales". Y aunque suele pensarse que "este tipo de hechos existieron siempre, lo cierto es que en los últimos años los accidentes que podríamos tildar de "absurdos" han dejado de ser unos pocos casos aislados para convertirse en episodios cada vez más frecuentes y que adquieren mayor repercusión pública. Estas muertes y lesiones accidentales ocurridas como consecuencia de la desaprensión, la imprevisibilidad y la ausencia de controles efectivos, constituyen un elemento central para pensar la forma de violencia característica de nuestra época".

Peligros privados

El proceso de desmantelamiento del Estado llevado a cabo en los años 90 ha dejado extensos territorios sociales a merced del capital privado, que no tiene otro imperativo que el lucro. En esas zonas liberadas proliferan locales bailables sin salidas de emergencia, patovicas violentos, carne contaminada con bacterias letales, ómnibus y ascensores poco seguros, entre otros riesgos. Pero además, el neoliberalismo y otras versiones del "sálvese quien pueda" han hecho del desprecio por el otro una más de las costumbres argentinas, incluso entre los más perjudicados por las políticas de los 90. "Si quienes tienen el poder, las clases dominantes, han desmantelado las formas de regulación de las relaciones laborales, sociales y cotidianas –dice la socióloga Ana Wortman en un análisis sobre la tragedia de Cromañón publicado en la revista Argumentos, del Instituto Gino Germani– también las clases subordinadas interiorizan y reproducen ese modelo de desprecio de la vida humana, dando cuenta a través de la pérdida de nociones mínimas de convivencia social, de los derechos que los sujetos deberían tener presentes". Quebrada tanto la idea de futuro como los lazos que vinculan entre sí a las personas, el espacio social parece habitado por pequeños universos autónomos que giran sobre su propias posesiones o sus propias carencias, sobre sus necesidades o sus interminables apetencias de consumo. "Nuestros tiempos nos inundan con mandatos en los que el otro es prescindible. Para satisfacer el ‘deseo’ de consumo necesito del objeto y no del sujeto, para trabajar necesito que el azar recaiga en mí y no sobre el otro, porque no hay lugar para todos", aseguran las investigadoras Silvia Duschatzky y Cristina Correa en el libro Chicos en banda. El otro no solo no cuenta: molesta, es obstáculo y rémora. En este contexto, señala el psicoanalista Juan Carlos Volnovich (ver recuadro), se va borrando la diferencia entre quienes ejercen y quienes padecen la violencia. "La situación de extremo desamparo social, la experiencia de inermidad por la que transitan niñas, niños y adolescentes captura cualquier posibilidad de identificarse con algo más que con un deseo mortífero. En una sociedad que solo desea la desaparición de los marginales, de los que sobran, el deseo de muerte se inscribe en el inconsciente como discurso del Otro y se expresa a través de pasajes al acto destructivos hacia los demás y hacia si mismos. Violencia ejercida, violencia padecida, da lo mismo porque en esas pibas y en esos pibes se borra el límite entre víctimas y victimarios".
Si el Estado ha caído como instancia reguladora, también la autoridad escolar se ha devaluado y, en las familias, como señalan algunos especialistas, se ha producido una especie de renuncia a la función de padres de los padres, que ocupan cada vez menos el lugar de la ley y del saber y se parecen cada vez más, como observa el psiquiatra Juan Vasen, a Homero Simpson. Pero, al mismo tiempo, la sensación de vivir en una sociedad donde el peligro asoma en cualquier esquina propicia actitudes sobreprotectoras. "Tradicionalmente –aseguran Duschatzky y Correa– la familia era la encargada de instalar al niño en el mundo mediante una serie de prácticas de socialización que atendían a su autonomización progresiva. El mundo era apetecible en tanto prometedor de nuevas posibilidades". Hoy, en cambio, "la calle es peligrosa, amenazante, y en consecuencia el cuidado familiar no es aquel que fortalece al hijo para salir al mundo sino el que lo preserva de los riesgos".

Otras violencias

Hay quienes ubican acontecimientos como el de Cromañón en una serie que incluye otras tragedias y abarca distintos períodos históricos. "Hace décadas que vivimos en una sociedad filicida y amnésica", señaló la filósofa Diana Maffia a raíz del incendio en la discoteca de Once. Del mismo modo, la escritora Aída Bortnik establecía una línea común entre los desaparecidos, las víctimas de Malvinas, la represión policial y el incendio de Cromañón. Para Wortman, "acontecimientos terribles, horribles y trágicos, atravesados por el sinsentido vienen ocurriendo hace mucho tiempo en nuestro país, donde la mayoría de las veces los protagonistas son jóvenes (Trelew, última dictadura militar, muertes, exilios, desapariciones de jóvenes, y niños, guerra de Malvinas, persecución policial, secuestros, violencia entre jóvenes, atentado a la AMIA, a la Embajada de Israel, etc).
Pero los jóvenes de hoy mueren de una forma muy distinta. Para Bonaldi, a diferencia de la violencia política de los 70, organizada y ejercida con un fin determinado, "la violencia con la que convivimos actualmente, que emerge en la década del 90, es más amorfa y desestructurada. Es irracional, espontánea y descontrolada, con un alto componente de impulsividad, negligencia y desaprensión. No forma parte de un plan sino que se presenta como hechos aislados protagonizados por individuos particulares. En muchos casos no está asociada con un propósito o fin ulterior, ni va dirigida a un grupo específico, aun cuando sea posible identificar a algunos sectores que la padecen más que otros". Es la violencia abierta y sangrienta de un homicidio, pero también la violencia "no intencional" de un accidente de tránsito o la violencia implícita en la falta de cuidado por parte del Estado. De esto mueren hoy los jóvenes en Argentina: de desaprensión, de indiferencia, de abandono. Y de eso seguirán muriendo mientras no empiecen a reconstruirse los vínculos que cuidan la vida de cada uno al enlazarla con la vida de todos los demás.


Juan Carlos Volnovich

EL DIOS MERCADO


–¿Cómo podría interpretarse o explicarse el aumento de muertes de jóvenes por homicidios, suicidios y accidentes?


–Creo que, por un lado, está el dato de que mueren jóvenes y, por otro, el sentido que se le da a ese dato. Una posibilidad es que sirva para que la sociedad tome conciencia del grado de precariedad y de vulnerabilidad al que están expuestos una gran cantidad de pibes y de pibas, como ocurrió en Cromañón, que funcionó en cierto sentido como una especie de velo que caía delante de los ojos. Al mismo tiempo, ese hecho puede ser capitalizado para ocultar eso mismo, es decir, para pensar que la culpa la tienen esos muchachos que son unos vagos, que la culpa la tienen esas muchachas que con tal de divertirse no reparan en llevar a sus pibes y ponerlos en una "guardería" precaria, que la culpa la tienen los padres que no cuidan a sus hijos o que la culpa la tienen algunos funcionarios del Estado, ignorando que son funcionarios porque son funcionales al sistema. Cuando suceden estos accidentes no es que el sistema falle sino que triunfa, porque se trata de un sistema que funciona en base a la marginación y al descarte de grandes sectores de la población.

–Pero las víctimas no son solamente los que el sistema considera prescindibles.


–Eso es más escandaloso todavía, muestra que fue tal la codicia, fue tal la desesperación por acumular que los sectores más acomodados no repararon en los estragos que estaban generando y que hoy les impiden criar a sus propios hijos con tranquilidad. Ahí está Axel Blumberg, una especie de ángel que fue víctima de su éxito. Cuando uno ve los muchachos de clase media acomodada que quedan capturados por la droga, incluso aquellos superexitosos, como Juan Castro, queda claro que el sistema casi no hace diferencias de clase.

–Se suele hablar, para explicar ciertas conductas autodestructivas, de la declinación de los lugares de autoridad: el padre, el Estado, la escuela....


–Yo sería muy prudente en suscribir un concepto de este tipo, lo que ha dado en llamarse la sociedad sin padre, porque la ausencia de autoridad convive con la presencia de una autoridad prepotente y tiránica. La escuela se debilitó pero los imperativos neoliberales de éxito, de rendimiento, de productividad, se mantienen. Es una sociedad sin padre en la cual el mercado tiene un poder irrestricto. El mercado funciona no como un padre sino como un dios, casi como un padre divino.

–¿Cómo llegan los valores del neoliberalismo, del mercado, a encarnarse en la subjetividad de los jóvenes?


–Este es un sistema que tiene un proyecto de muerte, de exclusión y de descarte de grandes sectores de la población y ofrece una serie de representaciones que son tomadas por los propios adolescentes, al estilo de quien dice "Ma sí, matate", y el otro captura eso y se mata. O "mátense entre ustedes", y se matan entre ellos. Son representaciones violentas, autoagresivas o heteroagresivas, y para organizarse es necesario identificarse, tomar esas representaciones y hacerlas propias. Lo desesperante es ver cómo los jóvenes se matan entre ellos, cómo triunfa el sistema cuando los pobres ejercen la violencia entre ellos mismos y se borra el límite entre víctimas y victimarios.

Acción 974, segunda quincena de marzo de 2007

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