jueves, 15 de marzo de 2007

La vida breve


En la Argentina mueren jóvenes: más jóvenes que los que deberían morir, más de lo que indica el sentido común y las leyes de la vida. Periódicamente, alguna tragedia en la que pierden la vida adolescentes conmueve a la sociedad, y esa sensación difusa de vivir en un país que no cuida a sus hijos se encarna en rostros y nombres concretos. El incendio de Cromañón o de la discoteca Kheyvis, accidentes de tránsito como el que terminó con la vida de nueve estudiantes de la escuela Ecos, entre muchos otros, son solo la punta del iceberg de una realidad dolorosa y no del todo conocida. En efecto, las tasas de mortalidad juvenil por suicidios, accidentes y homicidios (lo que en términos estadísticos se denomina "muertes violentas") vienen aumentando históricamente, en una tendencia iniciada en los años 90 que, con algunos altibajos, parece mantenerse.

"Mientras cae la mortalidad infantil y aumenta la expectativa de vida –aseguró el ministro de Salud bonaerense, Claudio Mate, el año pasado, al dar a conocer las cifras de la provincia– la tasa de mortalidad de los adolescentes se duplicó en diez años. No ocurría algo así desde la Guerra del Paraguay, en 1865".
80 de cada 100.000 jóvenes de entre 15 y 24 años murieron durante el año 2003, según los últimos datos disponibles en el ministerio de Salud. Durante ese período, las llamadas "muertes violentas" fueron 3593: 611 de ellas correspondieron a accidentes de tránsito, 781 a otra clase de accidentes, 818 a suicidios y 832 a agresiones. Cuando se den a conocer las cifras de 2004, allí estarán incluidas las 194 víctimas de Cromañón y, como ocurre año a año, las incontables víctimas jóvenes del gatillo fácil, que representan, según un informe de la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional, el 70% del total. Por eso, y pese al tratamiento equívoco que a menudo le dan los medios a la también algo equívoca denominación de "muertes violentas", el término no alude a descontroladas bandas de delincuentes juveniles, ni siquiera se vincula en forma directa con la evolución de las tasas de delitos. Por el contrario, cuando se habla de violencia, los jóvenes son, sobre todo, víctimas.
El sociólogo Pablo Bonaldi, docente de la UBA e investigador del Instituto Gino Germani, analizó el fenómeno partiendo de la hipótesis de que la disolución de los lazos sociales en el mundo del trabajo, la familia, la política y la educación, debería tener algún correlato en las tasas de mortalidad. "Un dato sorprendente que encontré es el aumento, muy claro, de las muertes violentas en la población de los más jóvenes, sobre todo de los varones de 15 a 25 años, que es el grupo que experimenta el crecimiento más importante. Mientras para los otros grupos de edad, las tasas bajaban, y el promedio para la población general se mantenía estable, en el caso de los jóvenes aumentaba en forma considerable. El crecimiento fundamental –agrega– se da en la década del 90". Entre 1980 y 1999, mientras el grupo de 0 a 14 años y los mayores de 65 años experimentaron una reducción de más del 15% en las tasas de muertes por accidentes, homicidios y suicidios, entre los jóvenes de 15 a 24 años se produjo un aumento del 28%: se pasó de 46 por cada 100.000 habitantes en 1980 a 59 en 1999. Entre los varones, la tasa, que a principios de los 80 era de 70 por cada 100.000 habitantes, pasó a 96 muertes en 1999, lo que representa un crecimiento del 37%.

Cómo, cuándo, por qué

Padres que lloran a sus hijos; padres que piden justicia; madres del dolor, familiares de víctimas de la tragedia de Santa Fe, familiares de víctimas de Cromañón, Comisión de Familiares de Víctimas Indefensas de la Violencia Social-Policial-Judicial-Institucional, Organización por la vida... Que los padres vean morir a sus hijos no es, en la Argentina de hoy, un hecho excepcional, y si en otros tiempos fue el terrorismo de Estado, y en otras sociedades las guerras, los que operar una dolorosa inversión de las llamadas "leyes de la vida", hoy otros factores, más difíciles de identificar, han hecho de la muerte joven un hecho casi cotidiano. Los nombres de las víctimas y sus historias, que los medios difunden con criterios no exentos de prejuicios de clase (comparar, por ejemplo, las páginas dedicadas al asesinato de Axel Blumberg con el espacio que reciben las víctimas pobres del gatillo fácil), suelen ser rápidamente olvidados. Allí están, por ejemplo, Marcela Brenda Iglesias, la niña de 6 años que murió aplastada por una escultura en el Paseo de la Infanta en 1996. Juan Seoane, Matías Albani, Cristian Tissi y Juan Janón, los adolescentes muertos al derrumbarse el balcón del departamento en el que veraneaban en Pinamar en 1992; Camila Arjona, la adolescente de 14 años y embarazada de casi cinco meses, asesinada en abril de 2005 por un agente de la Policía Federal en la villa 20. Celia Carman y su hija Vanina, atropelladas en 1999 por Sebastián Cabello, un joven de 19 años que corría una picada por la Avenida Cantilo; Ariel Malvino, muerto en Ferrugem, Brasil, y Matías Bragagnolo, muerto en Recoleta, Buenos Aires, tras sendas peleas con otros jóvenes; Judith Calibar, de 10 años, muerta en 1996 al tocar la cerca electrificada de un vecino; Julio César Salinas, de 12 años, asesinado a puñaladas por un vecino por haber agujereado el vidrio de su casa de un piedrazo en Palermo, cerca de las vías del ferrocarril San Martín. Ezequiel Demonty, muerto en el Riachuelo en setiembre de 2002, luego de ser obligado a arrojarse al agua por efectivos de la Policía Federal. Sandra Mónica Banegas, una de los 22 adolescentes que se suicidaron en la localidad santacruceña de General Las Heras entre 1997 y 2000. Lorena Martínez (13), muerta tras ser alcanzada en el cuello por una bengala en el complejo Mundo Marino en 1992.
¿Tienen algo en común estas muertes? ¿Es lícito agrupar en una misma categoría hechos aparentemente tan disímiles como un caso de gatillo fácil, un suicidio y un accidente de tránsito? Para Bonaldi, "la categoría de muerte violenta es bastante heterogénea, pero es posible pensar a estas muertes, más allá de sus diferencias, como un efecto del proceso de desintegración social que ha vivido la Argentina. Más allá de las diferencias, estas formas de violencia son parte de un mismo fenómeno". El sentido común –agrega Bonaldi– "lleva a percibir a los accidentes como hechos fortuitos, que ocurren en forma imprevisible y sin responder a la voluntad de nadie, lo que obstruye la posibilidad de interrogarse seriamente por sus causas sociales". Y aunque suele pensarse que "este tipo de hechos existieron siempre, lo cierto es que en los últimos años los accidentes que podríamos tildar de "absurdos" han dejado de ser unos pocos casos aislados para convertirse en episodios cada vez más frecuentes y que adquieren mayor repercusión pública. Estas muertes y lesiones accidentales ocurridas como consecuencia de la desaprensión, la imprevisibilidad y la ausencia de controles efectivos, constituyen un elemento central para pensar la forma de violencia característica de nuestra época".

Peligros privados

El proceso de desmantelamiento del Estado llevado a cabo en los años 90 ha dejado extensos territorios sociales a merced del capital privado, que no tiene otro imperativo que el lucro. En esas zonas liberadas proliferan locales bailables sin salidas de emergencia, patovicas violentos, carne contaminada con bacterias letales, ómnibus y ascensores poco seguros, entre otros riesgos. Pero además, el neoliberalismo y otras versiones del "sálvese quien pueda" han hecho del desprecio por el otro una más de las costumbres argentinas, incluso entre los más perjudicados por las políticas de los 90. "Si quienes tienen el poder, las clases dominantes, han desmantelado las formas de regulación de las relaciones laborales, sociales y cotidianas –dice la socióloga Ana Wortman en un análisis sobre la tragedia de Cromañón publicado en la revista Argumentos, del Instituto Gino Germani– también las clases subordinadas interiorizan y reproducen ese modelo de desprecio de la vida humana, dando cuenta a través de la pérdida de nociones mínimas de convivencia social, de los derechos que los sujetos deberían tener presentes". Quebrada tanto la idea de futuro como los lazos que vinculan entre sí a las personas, el espacio social parece habitado por pequeños universos autónomos que giran sobre su propias posesiones o sus propias carencias, sobre sus necesidades o sus interminables apetencias de consumo. "Nuestros tiempos nos inundan con mandatos en los que el otro es prescindible. Para satisfacer el ‘deseo’ de consumo necesito del objeto y no del sujeto, para trabajar necesito que el azar recaiga en mí y no sobre el otro, porque no hay lugar para todos", aseguran las investigadoras Silvia Duschatzky y Cristina Correa en el libro Chicos en banda. El otro no solo no cuenta: molesta, es obstáculo y rémora. En este contexto, señala el psicoanalista Juan Carlos Volnovich (ver recuadro), se va borrando la diferencia entre quienes ejercen y quienes padecen la violencia. "La situación de extremo desamparo social, la experiencia de inermidad por la que transitan niñas, niños y adolescentes captura cualquier posibilidad de identificarse con algo más que con un deseo mortífero. En una sociedad que solo desea la desaparición de los marginales, de los que sobran, el deseo de muerte se inscribe en el inconsciente como discurso del Otro y se expresa a través de pasajes al acto destructivos hacia los demás y hacia si mismos. Violencia ejercida, violencia padecida, da lo mismo porque en esas pibas y en esos pibes se borra el límite entre víctimas y victimarios".
Si el Estado ha caído como instancia reguladora, también la autoridad escolar se ha devaluado y, en las familias, como señalan algunos especialistas, se ha producido una especie de renuncia a la función de padres de los padres, que ocupan cada vez menos el lugar de la ley y del saber y se parecen cada vez más, como observa el psiquiatra Juan Vasen, a Homero Simpson. Pero, al mismo tiempo, la sensación de vivir en una sociedad donde el peligro asoma en cualquier esquina propicia actitudes sobreprotectoras. "Tradicionalmente –aseguran Duschatzky y Correa– la familia era la encargada de instalar al niño en el mundo mediante una serie de prácticas de socialización que atendían a su autonomización progresiva. El mundo era apetecible en tanto prometedor de nuevas posibilidades". Hoy, en cambio, "la calle es peligrosa, amenazante, y en consecuencia el cuidado familiar no es aquel que fortalece al hijo para salir al mundo sino el que lo preserva de los riesgos".

Otras violencias

Hay quienes ubican acontecimientos como el de Cromañón en una serie que incluye otras tragedias y abarca distintos períodos históricos. "Hace décadas que vivimos en una sociedad filicida y amnésica", señaló la filósofa Diana Maffia a raíz del incendio en la discoteca de Once. Del mismo modo, la escritora Aída Bortnik establecía una línea común entre los desaparecidos, las víctimas de Malvinas, la represión policial y el incendio de Cromañón. Para Wortman, "acontecimientos terribles, horribles y trágicos, atravesados por el sinsentido vienen ocurriendo hace mucho tiempo en nuestro país, donde la mayoría de las veces los protagonistas son jóvenes (Trelew, última dictadura militar, muertes, exilios, desapariciones de jóvenes, y niños, guerra de Malvinas, persecución policial, secuestros, violencia entre jóvenes, atentado a la AMIA, a la Embajada de Israel, etc).
Pero los jóvenes de hoy mueren de una forma muy distinta. Para Bonaldi, a diferencia de la violencia política de los 70, organizada y ejercida con un fin determinado, "la violencia con la que convivimos actualmente, que emerge en la década del 90, es más amorfa y desestructurada. Es irracional, espontánea y descontrolada, con un alto componente de impulsividad, negligencia y desaprensión. No forma parte de un plan sino que se presenta como hechos aislados protagonizados por individuos particulares. En muchos casos no está asociada con un propósito o fin ulterior, ni va dirigida a un grupo específico, aun cuando sea posible identificar a algunos sectores que la padecen más que otros". Es la violencia abierta y sangrienta de un homicidio, pero también la violencia "no intencional" de un accidente de tránsito o la violencia implícita en la falta de cuidado por parte del Estado. De esto mueren hoy los jóvenes en Argentina: de desaprensión, de indiferencia, de abandono. Y de eso seguirán muriendo mientras no empiecen a reconstruirse los vínculos que cuidan la vida de cada uno al enlazarla con la vida de todos los demás.


Juan Carlos Volnovich

EL DIOS MERCADO


–¿Cómo podría interpretarse o explicarse el aumento de muertes de jóvenes por homicidios, suicidios y accidentes?


–Creo que, por un lado, está el dato de que mueren jóvenes y, por otro, el sentido que se le da a ese dato. Una posibilidad es que sirva para que la sociedad tome conciencia del grado de precariedad y de vulnerabilidad al que están expuestos una gran cantidad de pibes y de pibas, como ocurrió en Cromañón, que funcionó en cierto sentido como una especie de velo que caía delante de los ojos. Al mismo tiempo, ese hecho puede ser capitalizado para ocultar eso mismo, es decir, para pensar que la culpa la tienen esos muchachos que son unos vagos, que la culpa la tienen esas muchachas que con tal de divertirse no reparan en llevar a sus pibes y ponerlos en una "guardería" precaria, que la culpa la tienen los padres que no cuidan a sus hijos o que la culpa la tienen algunos funcionarios del Estado, ignorando que son funcionarios porque son funcionales al sistema. Cuando suceden estos accidentes no es que el sistema falle sino que triunfa, porque se trata de un sistema que funciona en base a la marginación y al descarte de grandes sectores de la población.

–Pero las víctimas no son solamente los que el sistema considera prescindibles.


–Eso es más escandaloso todavía, muestra que fue tal la codicia, fue tal la desesperación por acumular que los sectores más acomodados no repararon en los estragos que estaban generando y que hoy les impiden criar a sus propios hijos con tranquilidad. Ahí está Axel Blumberg, una especie de ángel que fue víctima de su éxito. Cuando uno ve los muchachos de clase media acomodada que quedan capturados por la droga, incluso aquellos superexitosos, como Juan Castro, queda claro que el sistema casi no hace diferencias de clase.

–Se suele hablar, para explicar ciertas conductas autodestructivas, de la declinación de los lugares de autoridad: el padre, el Estado, la escuela....


–Yo sería muy prudente en suscribir un concepto de este tipo, lo que ha dado en llamarse la sociedad sin padre, porque la ausencia de autoridad convive con la presencia de una autoridad prepotente y tiránica. La escuela se debilitó pero los imperativos neoliberales de éxito, de rendimiento, de productividad, se mantienen. Es una sociedad sin padre en la cual el mercado tiene un poder irrestricto. El mercado funciona no como un padre sino como un dios, casi como un padre divino.

–¿Cómo llegan los valores del neoliberalismo, del mercado, a encarnarse en la subjetividad de los jóvenes?


–Este es un sistema que tiene un proyecto de muerte, de exclusión y de descarte de grandes sectores de la población y ofrece una serie de representaciones que son tomadas por los propios adolescentes, al estilo de quien dice "Ma sí, matate", y el otro captura eso y se mata. O "mátense entre ustedes", y se matan entre ellos. Son representaciones violentas, autoagresivas o heteroagresivas, y para organizarse es necesario identificarse, tomar esas representaciones y hacerlas propias. Lo desesperante es ver cómo los jóvenes se matan entre ellos, cómo triunfa el sistema cuando los pobres ejercen la violencia entre ellos mismos y se borra el límite entre víctimas y victimarios.

Acción 974, segunda quincena de marzo de 2007

Datos personales

marina.garber@gmail.com

Buscar este blog

Seguidores