miércoles, 11 de febrero de 2009

Andrés Cascioli y el fin de la inteligencia

El primer número de Humor salió a la luz en tiempos de euforia y terror: junio de 1978, plena dictadura, comienzos del Mundial 78. La Junta Militar calificó a la revista como de «exhibición limitada» y su director, Andrés Cascioli, tuvo que comparecer ante la comisión de moralidad. Desde entonces, Humor fue, la mismo tiempo, objeto de persecuciones y amenazas y protagonista de un fenómeno de popularidad inesperado. A su redacción llegaban de todo el país más de cuarenta cartas por día, y el gran apoyo de los lectores fue, sin duda, un dato clave para entender cómo sobrevivió, con una postura cada vez más crítica hacia la dictadura, durante aquellos años. Las tapas de Humor, firmadas por Cascioli, soprenden por su audacia. Videla, Massera y Agosti reciben un tortazo. En plena guerra de Malvinas, el canciller argentino, Nicanor Costa Méndez, descubre en la cama al representante norteamericano (Alexander Haig) con Margaret Thatcher. Videla se hunde en el mar con una banda presidencial que dice «Industria Nacional». En un transatlántico llamado El proceso, naufragan Viola, Videla y Martínez de Hoz, mientras se aleja en un bote salvavidas Massera con Mirtha Legrand. Editoriales, pequeñas joyas artísticas, documentos históricos creados por el hombre que, además de Humor, fundó, junto con Oskar Blotta, la revista Satiricón, y hoy, escéptico, asegura que «se terminó el humor político en nuestro país».
-¿Qué cambió en las formas de hacer reír desde la época de Humor a la actualidad?
-A mí me parece que el humor venía muy pegado a la inteligencia, uno apostaba a que el lector iba a entender lo que estábamos sugiriendo. Ahora, en cambio, se lo explican todo, se ríen ellos antes que la gente, hablan todos juntos. Pero yo diría que la gran diferencia son los códigos. En la época de Humor o Satiricón, hacíamos humor riéndonos de los poderosos, enfrentándonos al poder. Tinelli, en cambio, hace humor con los débiles, con los que no pueden cantar, se ríe de la gente que no tiene capacidades para defenderse. Entonces, es el peso pesado que le pega al peso mosca. Me parece que es fácil, es tonto y es tan ridículo que la gente se ríe. Creo que con Tinelli se acabó la inteligencia. Además, no hay lugares donde hacer humor. Antes, habiendo revistas de humor, uno tenía grandes espacios donde desarrollar ideas. Ahora tiene un cuadradito en un diario y muchas veces tiene que responder a las inquietudes del diario.
-No hay espacios, pero, ¿hay público?
-No, creo que tampoco hay público. A mí me han preguntado por qué no volví con Humor, y yo creo que no está más la gente para comunicarse con eso, para entenderlo. Eso se acabó en los años 90, y eso tiene que ver con Menem y Menem tiene que ver con Tinelli, claro, y toda la banda de festejadores de esa porquería. Humor en la dictadura llegó a vender 330.000 ejemplares por semana. Caras en la época de Menem llegó a los 400.000. Quiero decir que la gente cambió. A la gente la convencieron de que estaba en el primer mundo.
-¿Te parece que es la misma gente que antes leía Humor y después leyó Caras?
-No toda, pero el 80%.
-¿Y se puede cambiar tanto?
-Y sí, la gente cambió mucho, desde el 89 la gente cambió mucho. Pero me parece que hay otro problema que tiene que ver con los editores, profesión que yo defiendo a muerte pese a que ahora renuncio a ser editor y estoy recuperando al dibujante. Creo que si no están los medios, no está la gente. Uno puede ser muy talentoso, pero si no tiene dónde publicar, la comunicación se agota..
-Si hubiera un editor audaz que se animara a hacerlo, ¿tendría hoy éxito una revista como Humor?
-Creo que no lo podría hacer, porque son revistas en las que el sponsor es la gente. No pueden tener publicidad.
-¿Te parece que antes la sociedad argentina tenía más capacidad para reírse de sí misma?
-Claro. Yo creo que ahora, por ejemplo, se podría hacer humor con la señora que sale en Barrio Norte a golpear al cacerola, pero esa señora seguramente no se bancaría ese humor. Además, estoy seguro de que algunos de los que salieron a golpear cacerolas fueron los que se quedaron con campos de las víctimas de la Esma, les hicieron firmar documentos, se quedaban con las tierras, y después salieron a golpear cacerolas.
-Decías que el público para hacer una revista como Humor hoy no está. ¿Sí están los humoristas, dibujantes y periodistas?
-Hay que volver a empezar, como antes. Debe haber gente que quizá está trabajando en otra cosa, pero que puede ser muy talentosa. Dolina, por ejemplo, no era un humorista ni nada por el estilo. Cuando empezó en Satiricón era un hombre que trabajaba en una radio y hacia publicidad. Se fue acostumbrando a ese estilo, después empezó con los cuentos y finalmente podía escribir cualquier cosa. Yo me acuerdo de que cuando empezamos con Satiricón, no había nada. Estaban los restos de Patoruzú y Tía Vicenta. Nosotros sabíamos qué revista queríamos hacer y fuimos a buscar a la gente. Grondona White nunca había publicado. Nosotros lo habíamos visto alguna vez en una revista que se llamaba Dibujantes porque había ganado un premio a los 14 años y dijimos, qué dibujante es este pibe, y lo fuimos a buscar. Trabajaba haciendo planos en Villa Constituición. Y así empezamos a rescatar gente y a armar la revista.
-¿Seguís en contacto con tus viejos lectores?
-Sí, hago muchas exposiciones con las tapas de Humor, he recorrido todo el país. Y ahí me reencuentro con toda la gente, la gente lo tiene muy presente. He estado con gente que se ha puesto a llorar porque ya no estaba la revista.
-Se extraña algo así...
-Si, se extraña, porque además ahora, en los medios, hay una concentración que hace que ya prácticamente no haya nada para leer. Acá ganaron los marketineros. Porque a ellos no les importa la gente. La gente es un gran mercado a la que hay que venderles cosas.
-El argumento sería que venden lo que quiere la gente.
-Sí, pero entre Bussi y Palito Ortega, ¿vos a quién preferís? No hay otras opciones. Los marketineros ganaron. Y mientras sigan ganando, es muy difícil que todo esto pueda cambiar.

martes, 10 de febrero de 2009

Humor argentino


En los medios argentinos todos ríen, pero muy pocos hacen reír. Ríen Tinelli y sus jurados, las chicas que bailan por un sueño, los enanos que juegan al fútbol resbalando una y otra vez sobre una pista de hielo, ríen Susana y sus furcios, los que resumen lo que pasa en los medios, los que aman a la TV, los que la bendicen, los que la registran, los conductores y locutores de las mañanas de la radio, los periodistas que monologan en el Maipo y hasta los conductores de los noticieros de la noche se hacen bromas más o menos sobrias, como si ellos o la televisión no terminaran de aceptar del todo su papel en un medio que no se toma nada demasiado en serio. También los diarios y revistas parecen haber acatado la consigna de no ser del todo serios. Se han alivianado de formalismos –y, en algunos casos, de la solemnidad de la gramática y la ortografía–, y cultivan un estilo distendido, hecho de abreviaturas simpáticas –compu, tele, peli, celu, finde, puede leerse en las páginas de más de un diario– y simpáticas frases cortas.


Pero, al mismo tiempo, es notoria la ausencia del humor tradicional, el de los viejos programas de sketchs, con guionistas, producción propia, libretos e ideas, con gente dedicada a pensar cómo disparar los mecanismos de la risa y, al mismo tiempo, contar lo que pasa en la sociedad. En los últimos años se ha ido extinguiendo este género que bien supo conocer nuestro país, con exponentes que eran una cita semanal obligada para cientos de miles de argentinos. «Con programas como Operación Ja Ja, se paralizaba el país. Era televisión en blanco y negro de pésima calidad, recibida por aire y sin embargo el país se paralizaba para ver eso. Pero hubo muchos otros programas, como Matrimonios y algo más, que tenían un público realmente masivo», recuerda Fernando Sendra, humorista, dibujante, autor de Yo Matías, la tira diaria de Clarín que ya se ha convertido en un clásico. Tomás Abraham, filósofo y escritor, quien hace unos meses se atrevió a disparar contra el sentido común televisivo al criticar al aire un informe del programa TVR, agrega otros hitos a la lista de la nostalgia. Para empezar, menciona revoluciones: «La revolución Chachachá, la revolución Juana Molina, Alfredo Casero, alguna cosa de cuando Sofovich no se dedicaba a los juegos sino a La peluquería de Don Mateo, y yendo más atrás, Verdaguer, que cuanto más tiempo pasa, más genial es. Olmedo, Polémica en el bar, que tuvo épocas gloriosas, cuando estaban Mario Sánchez, Minguito, Porcel, Portales, Julio de Grazia. En el humor político, Tato Bores y todos los que no recuerdo, y no vayamos a Niní Marshall y Pepe Arias porque estamos en el Paleolítico. Esa tradición, hoy día, no está». Eran otros tiempos y otros presupuestos: ya nadie está dispuesto a afrontar el costo que implica un programa de ese tipo. Hoy Juana Molina se dedica a la música, Sofovich juega al bowling con chicas siliconadas y Alfredo Casero cultiva –literalmente– alfalfa en San Luis.

Hay excepciones: el brillante Peter Capusotto y sus videos, que tiene a su favor, además de su talento, el hecho de trabajar en un canal estatal que lo libera de la presión constante por el rating. Pero, aunque se ha convertido en un programa de culto, con fanáticos que suben sus videos a Internet, y lleva ganados ya dos Martín Fierro, entre muchos otros premios, no deja de ser un fenómeno minoritario en materia de público, con apenas dos puntos y medio de rating. Más convencional y efímero, La risa es bella, producción de Freddy Villarreal, fue levantado antes de tiempo de la pantalla de Canal 13, aunque volvió como ciclo de verano. En el límite del género está el humor periodístico de CQC y, más allá, una serie interminable de versiones casi idénticas de una misma idea, que Abraham define como «televisión al cubo»: programas que se ríen de otros programas, largas cadenas que reproducen hasta el infinito el metalenguaje de una televisión que no puede encontrar otro objeto que sí misma. «No hay ninguna creatividad, todo es parasitario, todo el mundo vive del otro. Está lleno de tribunas, de pendejos por todas partes que gritan y de una televisión que sólo habla sobre la televisión», se lamenta Abraham.

La ley del archivo

Un título con siglas, un conductor más o menos carismático, larguísimas horas de archivo, mínimo presupuesto y casi nula producción: tal es la fórmula del seudo humor que reina hoy en la televisión argentina. Una vertiente que surgió en 1994, con Raúl Portal y su entonces novedoso Perdona Nuestros Pecados y terminó vaciada de contenido de tanto uso y abuso. RSM, TVR, Zapping, Yo amo a la TV, Duro de domar, El ojo cítrico, El podio de la TV, Ran15 son algunos de los ejemplos, actuales y pasados, de este recurso fácil y barato, que uniformiza la oferta televisiva de un modo tal que todo parece un único y extenso programa.

Mientras clásicos como La Tuerca, No toca botón, Hiperhumor u Operación Ja Ja o figuras como Tato Bores y Olmedo, convocaban a multitudes cada noche, la historia del humor gráfico argentino, que se remonta, con Caras y Caretas y El Mosquito, a fines del siglo XIX, registra hitos y popularidad similares. La revista Tía Vicenta, creada por Landrú en 1957, llegó a batir el récord de los 500.000 ejemplares en 1966. Satiricón, la publicación que en los 70 revolucionó las formas de hacer reír, pasó los 300.000 antes de ser clausurada por Onganía y Humor, una de las pocas voces críticas que se oyeron desde los medios contra la dictadura, llegó a los 330.000. «Hubo revistas, como Patoruzú y Rico Tipo, que vendían cientos de miles de ejemplares por semana en un país con 18 millones de habitantes. Hoy cualquier editorial estaría enloquecida con esos números», agrega Sendra. En la actualidad, en un país con más de cuarenta millones de personas, ninguna revista vende más de 100.000 ejemplares. 20.000 son, aproximadamente, los lectores que cada quince días compran Barcelona, la única publicación humorística que circula por fuera del circuito under. Sus responsables, sin embargo, se resisten a calificarla como una revista de humor. «Clarín me resulta muy divertido y los diarios en general me parecen muy graciosos», suele decir Pablo Marchetti, uno de los directores. Crítica, como la vieja revista Humor, del poder –un poder encarnado ahora, más que en los gobiernos, en los medios y los grandes grupos económicos–, incorrecta hasta el salvajismo, Barcelona es, quizá más que ningún otro producto cultural, un perfecto retrato de estos tiempos, pero su vocación por reírse, hasta las últimas consecuencias, de todo y de todos –empezando por sí misma, por el país, sus mitos y su «gente»–, marca el limite de su popularidad, ya que no todos están dispuestos a esa forma del humor radical que obliga a deponer lugares comunes, narcisismos y prejuicios.

La Asociación Argentina de Editores de Revistas no registra publicaciones en el rubro humor para adultos y, en cambio, consigna nueve títulos de la categoría historietas, la mayoría de las cuales son versiones de personajes importados, como Condorito o Power Rangers. Las excepciones made in Argentina son dos clásicos: Andanzas de Patoruzú, Correrías de Patoruzito y Locuras de Isidoro.

Es cierto que permanecen las páginas de humor de los diarios y que hay libros de humor –como los de Maitena, Liniers, Nik y su Gaturro– que son verdaderos best sellers. Pero son autores aislados, algo así como cuentapropistas del humor, que van armando su carrera en base a pequeños lugares conquistados en los grandes medios. Falta un proyecto común, lugares de encuentro, redacciones en las que, como sucedió con las de Humor y Satiricón en los 70 y 80, pueda confluir el talento y la pasión de gente que comparte no sólo el deseo de hacer reír sino también un interés por lo que pasa en la sociedad. «Se necesita un mundo común para ese humor, una complicidad, y eso parece haberse perdido –señala Abraham–. Y esta carencia implica que no hay una mirada sobre la costumbre, que es una fuente riquísima de la observación de la vida. Las costumbres, la vida, los detalles de la vida cotidiana. Todo esto te da una visión del mundo, y esta visión requiere una inteligencia del que trasmite y del que recibe».

«No sé dónde está el humor, creo que está en muy pocos lugares, casi nada en la gráfica. No hay lugares donde hacer humor, no hay lectores tampoco. Y aunque hay gente muy talentosa, muy buenos humoristas y dibujantes, casi todos están trabajando para afuera, porque no tienen el lugar. Acá no tienen medios para hacerlo», asegura por su parte Andrés Cascioli (ver recuadro), director y creador de la revista Humor, quien lamenta el rumbo que han tomado los productos gráficos y televisivos que, con cierta generosidad, se podrían denominar humorísticos: Tinelli y su galería de humillados, la costumbre de reírse del más débil que reemplazó a otra, más peligrosa, de reírse del poder. Cascioli arriesga una hipótesis: si Humor fue un emblema de los 70 y los 80, en los 90 la publicación paradgimática fue Caras. Eran, claro, los tiempos del menemismo más arrogante y, no casualmente, la edad de oro de programas como Videomatch, que inauguraron una escuela de humor cruel y algo cobarde. Así como Caras vendía un pasaje de ida al placer amargo de envidiar a los poderosos, el humor de las joditas y las cámaras ocultas ofrecía el antídoto contra los efectos no deseados de la contemplación de la prosperidad ajena: reírse de los aún menos favorecidos para estar, de un modo breve e ilusorio, del lado de los ganadores.

Si la revista Humor cuestionó al poder, una parte importante del humor de los 90 no sólo se alió con él sino que reprodujo algunos de sus mecanismos de exclusión y discriminación. «Es una forma de humor que se hace sobre alguien que no tiene poder, el humor como herramienta de humillación, ya sea con los extranjeros o los inmigrantes, agarrar de punto a alguno de la clase, la cámara oculta», señala Luis María Pescetti, humorista, músico, escritor, un fenómeno de ventas y popularidad entre los niños argentinos y sus padres. En esta clase de humor, Pescetti incluye también a los «talk shows de crítica a otros programas, televisión comiendo televisión. Una de las funciones que está cumpliendo el humor hoy sigue siendo esa: burlarse del otro para no ser el burlado. Sin embargo, a mí la que me parece más interesante es la del humor que sirve para reírnos de las taras, de las taras nuestras, propias». Reírse de sí mismo es, entre otras cosas, lo que hace Capusotto. Y con personajes como Micky Vainilla, un artista pop nazi que canta canciones racistas con melodías livianas, revela algunos de los aspectos más perversos de la ideología de cierta clase media individualista y reaccionaria. Si esta forma de humor escasea, quizá no sea tanto por falta de humoristas, sino de un público dispuesto a soportarlos.

El lugar que ha dejado vacante el humor de los viejos capocómicos ha sido ocupado por una serie de programas de género híbrido, entre el magazine y el mero archivo. El humor no desapareció, está disperso, fragmentado, mezclado con los programas pretendidamente serios: desde los noticieros hasta las telenovelas. «Yo tengo la sensación –señala Sendra– de que no hay humor libretado pero sí hay una situación mucho más distendida en la conducción de los programas de televisión y en la radio, que permiten meter el humor como una cosa natural de los conductores y de las personas que están acompañando al conductor. Todo lo que hace Tinelli tiene una cantidad de humor bastante importante, más allá de que a uno le guste o no le guste. Luego, en esta misma tónica, están todos estos programas que son repetidores de Tinelli, y que lógicamente tienen ese humor de Tinelli. Me parece que sí hay humor, pero es un humor diferente».

Pero, sobre todo, el humor está en la radio. «En los últimos años, a medida que la vida real se volvía más exasperada y amarga, la “vida radial” se llenaba de humor y de humoristas –dice en su libro Siempre los escucho el periodista Carlos Ulanovsky–. Pero con una diferencia importante en relación con los tiempos en que el humor lo hacían los capocómicos del teatro y del cine que también trabajaban en la radio, desde Niní Marshall a Los cinco Grandes del Buen Humor, desde Juan Carlos Mareco a El Relámpago y montones de personajes y ciclos exitosos. Ahora, además de los especialistas como chisteros, imitadores o cantantes, todos hacen humor. Por una curiosa y discutible exigencia de desacartonamiento e informalidad, cualquiera se le anima a la réplica intencionada, a la imitación, al canto festivo, al chascarrillo».

Risas de radio

«Eso no es humor», asegura el dibujante Rep sobre el elenco cómico estable de las emisoras radiales. «No son humoristas, son imitadores», agrega, pero rescata una excepción: Fernando Peña, cuyo programa, El parquímetro, se destaca desde el año 2000 por su originalidad algo brutal. Y, por las noches, felizmente ajeno a las nuevas tendencias, Alejandro Dolina continúa, como desde hace más de 20 años, con su humor elegante, respetuoso, culto hasta la erudición y al mismo tiempo popular, democrático, con mucho de calle y de barrio.

La mudanza del humor de la televisión a la radio tiene algunos célebres exponentes: Rolo Vilar, humorista estrella de Radio 10; Ariel Tarico, el joven imitador que comparte las mañanas de Mitre con Ernesto Tenenbaum y, hasta diciembre pasado, con Dady Brieva. Y, entre otras, una consecuencia: así como desaparecen los programas de humor puro, también desaparece la pura información. «¿Es el verdadero Luis D’Elía?», podría preguntarse, legítimamente, un oyente, ante algunas de las numerosas imitaciones de Tarico. No sólo se devalúa el humor: también pierden trascendencia las noticias. «La gravísima crisis de 2001 dejó una herencia polémica para la radio –subraya Ulanovsky–: la convicción de que lo que se haga en este medio deberá estar cruzado por el pasatismo y alivianado por el humor». Para el periodista, «el circuito del chacoteo se completa con las tandas publicitarias inundadas, en los últimos tiempos, de piezas de humor. Ahí el volumen de jarana alcanza su clímax porque, en un punto, programas y tandas se asemejan en concepto y estilo”. Algo similar ocurre en la televisión y en la gráfica: el humor se traslada a los avisos, donde es cada vez más frecuente la intención, más o menos lograda, de hacer reír.

El último gran refugio del humor es Internet. «El humor muta permanentemente –señala el periodista Diego Rotman, director del sitio Periodismo.com y autor del libro Ni yanquis ni marxistas… humoristas–. Y, en ese sentido, creo que en este momento, la nueva modalidad del humor la estamos viendo en Internet: videos en Youtube, blogs, sitios de humor. Es una nueva tendencia que podríamos definir como el actual under del humor, que está redefiniendo, sobre todo en las nuevas generaciones, el modo de reírse y de hacer reír». Abraham coincide con esta apreciación: «Las generaciones cambian pero el humor no se ha perdido, está en susurros, está entre líneas. Se puede ver en un caricaturista, en alguna cosa que uno lee, en lugares insospechados, por ejemplo en Internet. Pero no está ese humor masivo, que hace que uno al día siguiente le diga al otro: “¿viste lo que dijo tal en su programa? ¡Estuvo buenísimo!”. Ese humor que provoca una circulación entre la gente, no está. Se podrá vivir así, o habrá que reinventarlo».

El humor está en todas partes y, al mismo tiempo, en ninguna. Fragmentado y desperdigado entre varios géneros, escondido o camuflado, ha cambiado no sólo su forma sino también su función. Si en otros tiempos, con revistas como Humor como ejemplo paradigmático, fue el instrumento para decir lo que no se podía decir por otros medios, quizás hoy sirva, como en muchos programas de radio, para que no se note demasiado que nadie tiene nada para decir. Por eso, más que carcajadas, lo que se oye es una triste risa sin ganas.

Acción 1018, segunda quincena de enero de 2009

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