martes, 1 de julio de 2008

Tribus urbanas

Como personajes escapados de El extraño mundo de Jack u otra película de Tim Burton, con el gesto melancólico de Johnny Depp en El joven manos de tijera, las ojeras destacadas con sombra gris y el largo flequillo como un velo que los protege del mundo y sus inclemencias, andan por la ciudad, cabizbajos, frágiles, algo andróginos. Se juntan frente al palacio Pizzurno, en la plaza que ellos llaman “la de la galería Bond Street”, en el barrio porteño de Recoleta, son muy jóvenes y se hacen llamar emos. Una abreviatura de emocional, surgida a fines de los 80 en Estados Unidos para aludir a un subgénero de la música hardcore. Los de ahora y los de acá son, dicen, chicos sensibles, no tristes sino sentimentales. Como las bandas a las que siguen con devoción –My chemical romance, Panic at the disco, entre otras-, que, aunque están muy lejos de los grupos pioneros del género, son hoy, con razón o sin ella, reconocidas como ejemplos paradigmáticos de la música emo.
Hay ya una mitología emo según la cual estos personajes son depresivos, recurren a distintas formas de autoflagelación y tienen tendencias suicidas. Cortarse el cuerpo es un modo de expresar el dolor que les produce la hostilidad del mundo o el mero hecho de estar vivos. Esta reputación, sin embargo, parece desmentida por las sonrisas y el tono despreocupado con que hablan de sí mismos los emos vernáculos, quienes aseguran que lo que se dice sobre ellos “es puro prejuicio”. Algunos, muy pocos, muestran en sus muñecas o en su pecho una leve cicatriz, casi un rasguño. Pero parece ser una cuestión estética la que los lleva a autoinfligirse estas marcas, como si las heridas cumplieran la misma función que un tatuaje. Todos visten de negro, algunos usan tachas o un toque de color –por lo general rosa–, pero lo que los distingue es el flequillo. Lacio, hacia el costado, es condición imprescindible que les tape un ojo. Algunos dicen que eligen ver la mitad del mundo porque el mundo no les gusta. Otros, que lo hacen porque sí.
Un adulto relativamente informado podría confundirlos con cualquiera de sus primos, hermanos o antecesores –darks, góticos, alternativos, glams, metaleros, punkies– con quienes comparten la plaza de la calle Rodríguez Peña. Alguien menos enterado podría pensar que todos ellos son invitados a una fiesta de disfraces. Maquillaje, ropa extraña, un aire de ser distintos y mochilas con parches que constituyen una declaración de principios: desde una imagen de Boris Karloff que complementa el look fúnebre de un chico dark hasta una bandera anarquista en la mochila verde oliva de una chica anarco-punk.
Allí están, todos los sábados. Empiezan a llegar alrededor de las tres de la tarde y se van agrupando según afinidades estéticas o lazos de vecindad o amistad. Los góticos, en sus varias versiones, despliegan su estética de cadáveres o vampiros: negro y rojo, corsets, lazos que comprimen los cuerpos. Algo apartados del resto, como si quisieran demostrar su originalidad y resaltar los colores que los diferencian del resto, están los visual kei, orgullosos de sus nombres japoneses y algo despectivos en su mirada hacia los demás. “El visual kei es un estilo muy novedoso acá”, dice el joven Neko (perro en japonés), casi dos metros de estatura enfundados en encaje negro y raso naranja, pollera tipo tutú, corset con cintas naranjas, cejas depiladas, boca negra con forma de corazón dibujada sobre sus labios verdaderos. Dentro del pretendidamente amplio universo del visual kei, Neko y sus dos amigas pertenecerían a la rama “gothic lolita”, que se diferencia en algo –sólo ellos saben en qué- de las otras ramas. Los chicos visual kei parecen chicas, y las chicas parecen niñas. Ambos sexos usan polleras con encajes y puntillas, miriñaques, prendas insipiradas en el barroco y el rococó, como se encarga de explicar el muy informado Neko. Desde la vereda de enfrente, Francisco, alternativo-industrial, todo de negro a excepción de los jeans gastados, prolijo y arduo peinado de su autoría, ojos bien delineados, los define de otro modo. “Son personajes de manga (historieta japonesa) hechos humanos. Hadas. Una cosa rara que anda dando vueltas”.

Todo un estilo
Cerca de ellos rondan los otros: glams, neogóticos, alternos, industriales, screamos, punkies, anarcos, algún que otro metalero, chicos enfundados en vinilo negro, chicas con medias de red agujereadas, chicas disfrazadas de novias o igualitas a la foto de la primera comunión, tachas y cadenas mezcladas con accesorios naif y ositos de peluche. El catálogo podría ocupar varios tomos de una hipotética enciclopedia de la sociabilidad adolescente. Y para distinguir cada una de las categorías hay que tener el ojo entrenado y, sobre todo, haber nacido después de 1990. “Tribus urbanas”, definen antropólogos, sociólogos de la cultura y, sobre todo, los medios, que registran con algo de recelo la incesante multiplicación de estilos y acuden veloces cuando alguna pelea, por menor que sea, altera la convivencia más o menos pacífica de estos grupos. Hay, sin embargo, quienes consideran que el rótulo tiene un fuerte contenido estigmatizante y simplifica demasiado un fenómeno complejo. Proponen hablar, en cambio, de culturas juveniles.
Sea cual fuere la denominación, se trataría, según el sociólogo Mario Margulis, uno de los pioneros en el estudio del fenómeno en nuestro país, de “organizaciones fugaces, inmediatas y calientes, en las que priman la proximidad y el contacto, la necesidad de juntarse por el solo hecho de estar, como si se tratara de un refugio antes que de una empresa, de una estación en la que se reposa antes que de un camino que conduce hacia una meta clara”. Si la adolescencia es una etapa de crisis, de cambios abruptos, de separaciones y duelos, la tribu, señala la psicóloga Marta Vega, titular de la cátedra de Psicología Evolutiva de la UBA, “funciona como un espacio intermedio entre la familia y la sociedad en general, les permite adquirir cierta autonomía y cumple la función de paliativo ante el dolor de tener que apartarse de su núcleo íntimo”.
En esa etapa de “moratoria social” en la que hay tiempo para el ocio y el estudio y las responsabilidades adultas se encuentran todavía lejos, algunos jóvenes seleccionan, como si armaran un collage, los materiales de su futura identidad. Según los análisis más optimistas, de este modo estarían construyendo no sólo su subjetividad, sino también nuevos valores y solidaridades. Hay quienes ven en las tribus una manifestación de disidencia cultural “ante una sociedad desencantada por la globalización del proceso de racionalización, la masificación y la inercia que caracteriza la vida en las ciudades”, en palabras del sociólogo chileno Raúl Zarzuri. A pesar de sus vínculos efímeros y de la primacía de la imagen, esos jóvenes encarnarían una forma de resistencia a los imperativos del mercado y, sobre todo, a la imagen del “joven legítimo”: ese retrato del ganador cachorro que exhiben la televisión, la publicidad y la moda. Aunque las tribus actuales no enarbolen, como sus predecesores punks, banderas anarquistas, ni propongan, como sus abuelos hippies, una nueva sociedad pacifista y sexualmente liberada, estarían, a su manera sutil, casi invisible y, sobre todo, inofensiva, cuestionando el orden establecido.
Claro que el mercado no deja de tomar nota de estas nuevas resistencias, reales o imaginarias, ni de crear espacios para adaptarlas a su lógica de intercambio. Si la moda pudo ser punk, neohippie y gótica, podrá, también, ser visual kei o emo. Las chicas de pasarela lucen desde hace años versiones glamorosas de estilos recolectados de barrios obreros británicos o suburbios neoyorkinos, mientras esperan que algún diseñador de vanguardia o un ignoto cazador de tendencias incluya en el manual del vestuario legítimo los estilos que, en los circuitos alternativos, crearon, como un modo de diferenciarse, algunas bandas de chicos más o menos malos.

Nosotros y ellos
Como si hubieran leído un manual de antropología básica, aquel que indica que toda idea del “nosotros” se define en oposición a un “ellos”, los miembros de las tribus van dibujando, en sus discursos, el mapa de sus afinidades y rechazos. Entre los que frecuentan la galería Bond Street, el primer gran enemigo son los “fachos”, término que engloba a todos aquellos “cuya principal misión en la vida es agredir y discriminar a los que no son como ellos”. En esa categoría incluyen a la mayoría de los skinheads, muy pocos punks, algunos desclasados. “No todos los skins son fachos”, explica, didáctico, Francisco, el alternativo industrial. Como en el resto del mundo, muchos jóvenes argentinos de cabezas rapadas se definen como antifascistas. Algunos pertenecen a la rama sharp (skinheads contra el perjuicio racial, según la sigla en inglés) o rash (skins rojos y anarquistas). La diferencia, ilustra Francisco, son los cordones de sus borcegos: “El blanco equivale a facho. El rojo, a anarquistas”.
También quedan excluidos de ese nosotros cambiante otros jóvenes, separados por diferencias de look pero sobre todo, de clase: los “cumbieros”, “negros cabeza” o “villeros”, categorías que, en la jerga de las diferentes tribus, se confunden y se superponen. Ellos los definen así: “Zapatillas Nike, siempre con resortes, gorra con visera a 45 grados, música tropical, pelo negro teñido de amarillo, largas bermudas, ropa deportiva, voz finita. “No soporto que hablen con esa voz finita”, señala un atildado joven gótico. E imita el grito de guerra de la tribu enemiga: “Rescatate, fiera”.
Más cerca en términos socioeconómicos, pero en otro territorio simbólico, los “caretas” se dejan tentar por el canto de sirenas de las marcas. A esta categoría pertenece el subgénero de los floggers. Un poco más adaptados a una sociedad para la que, sin embargo, no son otra cosa que consumidores, menos oscuros, ajustados en sus pantalones chupines de colores, fotogénicos y sonrientes, se juntan todos los domingos a la tarde en las escaleras del shopping Abasto y llegan a ser multitudes. Si los emos y los darks pretenden representar la imagen de todo lo oscuro que tiene el ser humano, los floggers podrían entonar, todos juntos, un himno a la alegría. Una oda elemental, de pocas palabras, al consumo, el intercambio de SMS, la fotografía digital y otras cosas simples de la vida. El shopping es su hábitat y su lugar de encuentro, pero el escenario donde se sienten más a gusto es Internet, en particular, los fotologs, sitios personales donde publican sus fotos y reciben comentarios y firmas de otros floggers. Las otras tribus los acusan de tontos. Los cumbieros les gritan “chetos” como si se tratara de un insulto.
“En realidad nos envidian”, dice desde su trono en las escaleras del Abasto Jimena, 15 años, mientras posa para la foto. “Los que nos critican son gente que no tiene vida. Nos envidian porque usamos cosas lindas y nos compramos ropa de marca”. “Es la bronca de todos los villeros, porque son distintos”, completa su amiga Camila, 14 años y negro flequillo lacio, como la mayoría de sus colegas, que cultivan y planchan “flequis” idénticos, algo más ligeros que los de los emos pero igualmente importantes a la hora de definir su pertenencia al grupo.
Chetu, disidente capilar, pionera del peinado cacahuate, muestra orgullosa sus zapatillas de 360 pesos. “Cuanto más caro es lo que te ponés, más popular sos”, aclara.
La mayoría de los floggers pasa no menos de seis horas por día frente a la pantalla de su computadora. Nunca salen sin su cámara, adoran su propia imagen, son adictas s las fotos que cuelgan en sus páginas personales para que otros miembros de las tribus las vean y comenten cosas como:
aiii hola gorrr!!!!
me pasee
linda pikk ..
efeamos??
arre tipo te dejo mi msn nuebo
Donde gorrr es gorda, un apelativo cariñoso, pikk es foto, pasar es visitar un fotolog, effear es incluir a determinado fotolog entre los favoritos del fotolog propio, la ortografía es lo de menos y arre es una muletilla de significado incierto que aparece en una de cada cuatro palabras de los floggers más fanáticos.
La mayoría de los integrantes de las nuevas culturas juveniles tienen entre 14 y 18 años y pertenecen a la clase media. Deben poseer cierta capacidad de consumo que les permita adquirir los bienes materiales y simbólicos que definen la identidad de la tribu, pero no tanta como para pertenecer al grupo de privilegiados –los hijos de los sectores dominantes– que ya tienen resuelta la cuestión de la identidad, por motivos de clase, mucho antes de elegir el color de sus chupines o el largo de su flequillo. Para los otros, los más pobres, la identidad tampoco es un problema, o al menos no de primer orden, porque tienen otros más concretos y urgentes: a edades muy tempranas han sido arrojados violentamente a responsabilidades de la vida adulta, como la maternidad y el trabajo. Son los jóvenes “no juvenilizados”: los que no han tenido ni tiempo ni recursos para hacer lo que se supone que hace un adolescente.
Pero también a ellos les llegan los retazos de los looks inventados por los más favorecidos. Compran versiones falsificadas de marcas prestigiosas y visten con los mismos colores que los chicos del Abasto. Mientras el tiempo, que es veloz, degrada la originalidad de los nuevos estilos, convirtiéndolos en productos de consumo masivo, surgen otros, más nuevos aún, que completan el círculo –virtuoso o vicioso, según se prefiera– de la lógica del mercado.

Revista Acción Nº 1007, Primera quincena de julio de 2.008

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